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Artículo: “Domingo de Resurrección”

Por Alejandro Morales-Loaiza

Redactado y publicado originalmente el domingo 23 de marzo de 2008

Republicado especialmente para “Conversando con Dios” el domingo 12 de abril de 2009.

Ciudad y Municipio Maracaibo del Estado Zulia. República de Venezuela. América del Sur.


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“Al tercer día resucitó entre los muertos…”

EL DÍA DE HOY, QUERIDO LECTOR, aprovecho de llegar a usted en un tiempo que representa el gozo y la alegría más grande de toda la tradición cristiana: La resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Este suceso brinda el testimonio fiel de la misericordia de Aquel que, preexistiendo divinamente a todo lo creado, se hizo hombre, padeció y murió dentro de la más pura manifestación de amor por los seres humanos; hoy, día en que se conmemora un año más de su triunfo sobre la muerte, nos llama vivamente a seguir su ejemplo con base en nuestra propia Pasión.

Adivinará pronto la vista inteligente que esta reflexión no va a dirigida principalmente a aquellos que en buen aprovechamiento de su tiempo de descanso se dedicaron a la decadencia y la depravación típica de la temporada de Pascua, relegándose a asistir a la Santa Eucaristía por una tradición que quizá vuelva para ellos en el mes de diciembre. Es así que he querido hacer llegar mis letras con mayor énfasis a aquellos que, aún sin saberlo, tuvieron su propia semana de padecimiento y muerte espiritual y que hoy desde las profundidades esperan por una resurrección que les devuelva la tan anhelada paz a su menguada existencia.

Sí, usted que pasó cada momento de esta semana en un permanente ir y venir del pensamiento sobre la vida, la muerte y el porvenir, usted que estuvo dudando sobre si vale o no la pena conmemorar algo que sucedió hace más de dos mil años, usted que en varias oportunidades se dijo “Si existe alguien allá arriba de seguro me odia”, ¿habrá quedado ciego ante su propia Pasión? ¿Continuará de tal modo su preocupación por la existencia terrenal que hará que ignore la esperanza de una resurrección a toda muerte, de un alivio a todo dolor y de un remedio a todo mal? ¡Cuánto nos cuesta asumir las promesas de nuestro Señor Jesucristo en los momentos de crisis!

Ahora le pido que se detenga un momento y reflexione sobre la semana, sobre su propia semana de Pasión, esa semana que quizá duró meses o incluso años, y dígame ¿no merecemos acaso salir del tiempo de tribulación para gozar en Cristo una resurrección espiritual? Analicemos sinceramente y procuremos no engañarnos, ya bien dice mi querido amigo el Doctor Mervy Enrique González Fuenmayor que “también hay quien salta del Domingo de Ramos al Domingo de Resurrección sin pasar por la Pasión”; están con el resucitado pero no estuvieron con el crucificado, todo dentro del pensamiento humano de evitar a toda costa el sufrimiento. (Seguro estoy que, aunque la salud al Doc le trató duramente en los días precedentes, el día de mañana se reirá conmigo de aquello por lo que pasó).

Si bien mi mensaje clama por que abra usted su espíritu a ataviarse con la vestidura del Hombre Nuevo de la que habló San Pablo dejando atrás los momentos aciagos, procuro en él no despreciar al sufrimiento ni al dolor por considerarles un camino muy necesario a la reconversión cristiana. Tanto como el dolor -biológicamente considerado-, cumple con la función de informarnos de que algo no va bien con nuestro cuerpo, el padecimiento espiritual nos recuerda que debemos retomar las riendas de nuestra vida y hacer ese cambio que, a manera de aliciente o medicina nos cicatrice la herida sangrante que no nos deja continuar con buen pie. Considere lo que sería del ser humano si fuese totalmente incapaz de sentir dolor ¿Cuántos de nosotros no moriríamos de una simple congestión estomacal? Es así que Dios permite que el dolor exista para algo bueno: y esto es para que no muramos en la carrera por alcanzar la vida eterna. Recordando a Cristo en el Evangelio según San Mateo “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde la vida? ¿O cuánto podrá pagar el hombre por su vida?” Sería totalmente nuestro el mundo si no tuviésemos dolores ni padecimientos, pero ello nos condenaría a una muerte segura.

Si en algún momento de su vida piensa que la cruz que carga es muy grande, tómela sobre su hombro y condúzcase con la fe que le hará ver que en su tribulación sigue al Maestro, y que todo el que se crucifica con Él, de corazón, como lo hizo el ladrón arrepentido, recibirá una pronta resurrección y la vida eterna. Dése la oportunidad de sufrir, dése la oportunidad de reflexionar, pero dése también la oportunidad de resucitar a través de la misericordia y el perdón.

Finalmente, mi muy querido lector, pido a Dios Padre Todopoderoso, a nuestro Señor Jesucristo, a nuestro Espíritu Santo y con la intercesión de la bienaventurada virgen madre María, que con su bendición nos permitan despertar a la renovación espiritual en la esperanza de la vida eterna. Amén y Amén.

ADDENDUM – Comentario de Mervy Enrique González Fuenmayor.

“Estas reflexiones expresadas por el colega, amigo y dilecto discípulo: abogado Alejandro René Morales Loaiza, constituyen un verdadero aporte a la interpretación correcta del significado de la Semana Mayor, conocida también como Semana Santa. Se explanan en este artículo: “DOMINGO DE RESURRECCIÓN” con profundo y certero tino las diversas aristas de este tiempo de conversión o reconversión —según sea la hipótesis de la persona que se encuentra prisionera de sus disyuntivas, o de la vorágine que genera el mundanal ruido—, y que apuntan hacia una percepción totalmente distinta a la que hoy se tiene del cómo vivir este tiempo, considerado uno de los más importantes, dentro del ritual católico. Felicito al distinguido colega Morales Loaiza por su congruente, acertado —y por demás conforme a las precisiones teológicas—, examen, análisis y conclusiones sobre su apreciación del estado degenerativo en que se encuentra la sociedad actual respecto de los valores tradicionales, trascendentales y más puros del ser humano. Del mismo modo me permito testimoniarle mi felicitación por la claridad con la cual desarrolla los aspectos bíblicos del tema. ¡Avanti caro amico!

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Oración: “El cuerpo de Jesús”.

Por Mervy Enrique González Fuenmayor.

Tomada de su versión original del viernes 26 de septiembre de 1997.

Trasladada a la red el lunes 9 de marzo de 2009.

Ciudad y Municipio Maracaibo del Estado Zulia, República de Venezuela, América del Sur.

(Fragmentos elegidos de la sección: “MERVY GONZÁLEZ ESTÁ CONVERSANDO CON…” que formó parte de un programa radial en el que participó como conductor por espacio de cuatro años aproximadamente: 1996, 1997, 1998, 1999, que se trasmitía en una estación radioeléctrica ubicada en la ciudad de Maracaibo, Estado Zulia, República de Venezuela, América del Sur).

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ORACIÓN —

Te adoro ¡Oh! eterno Hijo

y te doy gracias por el amor infinito

con el que por mí quisiste

tomar la carne humana,

nacer en un pesebre,

ser educado en un taller

y padecer hambre,

sed, frío ,calor, penas, trabajos,

desprecios, persecuciones, azotes,

espinas, clavos y luego la muerte

en un madero durísimo de la Cruz.

Te rindo gracias con toda la iglesia

triunfante y militante,

por la infinita caridad con la que

instituiste el Santísimo Sacramento,

para manejar mi alma.

Te adoro, Señor, en todas las hostias

consagradas del mundo

y te doy gracias también

por aquellos que no te conocen

ni te tributan gratitud.

Quisiera dar la vida

para que seas conocido,

amado y honrado

en este Sacramento de amor

e impedir las irreverencias

que se cometen y los sacrilegios

que se ejecutan.

Te amo, Jesús, salvador nuestro

y deseo amarte y recibirte con el amor,

la pureza y los afectos

de tu santísima madre,

con el amor y perfección

de tu mismo purísimo corazón.

Amén y amén.



— APLICACIÓN A NUESTRA VIDA —

ES EXTRAORDINARIAMENTE MARAVILLOSO ENCONTRARNOS EN LA PRESENCIA DEL SEÑOR, en el cuerpo sacramentado de Jesús, al cual podemos acercarnos diariamente por medio del sacramento de la comunión. Pero es necesario que no pongamos barreras entre el Señor y nosotros. Debemos alabarle y bendecirle, glorificarle, manifestarle que Él es la verdad, la vida, el camino y la luz. Que nosotros hemos abierto nuestra mente, nuestro espíritu, nuestro cuerpo, para que Él sea nuestro guía, sea nuestro conductor. Para que dejemos a un lado todas nuestras conductas que están caracterizadas por actitudes y deseos que son contrarios a la justicia, al amor, a la equidad, a la solidaridad humana, al amor por Dios y al amor por el prójimo. Esas razones y muchas otras son imperativas para afirmar en este día que Cristo es el camino. No hay otro camino. Si quieres vencer debes vencerte, véncete y vencerás, esfuérzate y triunfarás. Después de los combates, después de los esfuerzos cotidianos, vuela al Sagrario, sea ése el manantial de aguas vivas, hasta donde bajas a refrigerar y reconfortar tu espíritu. Toda lucha debilita. Ve a buscar en el amor del Sagrario nuevas fuerzas y nuevas energías. No quieras buscarlas en otra parte: no hermano, no hermana, perderás tu tiempo. Los consuelos humanos, si bien a veces, son necesarios, no tendrán nunca la virtud de reponer tus energías. No sacies tu sed en las cisternas humanas, corre como el ciervo a la fuente, que sana toda herida y apaga toda sed. Las almas olvidan con frecuencia estas aguas, de allí que la sed que las consume sea inmensa e inapagable. Cualquiera que beba de otra agua, dice Jesús, tendrá otra sed. Quien bebiera del agua que yo le dé, jamás volverá a tener sed. Antes bien, el agua que le daré, vendrá a ser en su interior un manantial de agua que manará sin cesar hasta la vida eterna. Si estás triste, hermano y hermana que me lees, corre al Sagrario. Pero sí tienes también la alegría del triunfo, vuela a regocijarte con el amado, si experimentas cansancio, échate en los brazos del maestro y verás como las sombras se disipan, como las luces crecen y como las fuerzas se centuplican ¡Venid, venid a mí! que yo os aliviaré la carga ¡ÁNIMO!, ¡GOZO!, ¡ALEGRÍA!



— NOTA DEL AUTOR —

AMIGOS Y AMIGAS, esta oración con comentario incluido, forma parte de una larga lista de ellas y que movido por el Espíritu Santo, ofrendaba al Señor de Lunes a Viernes a las siete de la mañana, en un programa radial de opinión, en el que participaba en compañía de una periodista, en el cual mi persona le dedicaba tres minutos o más (dependiendo de la Producción y/o de Máster) a orar y analizar esa oración aplicándola a la cotidianidad de nuestra vida, de nuestros actos, de nuestras alegrías, tristezas, éxitos, fracasos, tragedias, tribulaciones, bonanza, prosperidad, bienestar, etc. Todo con la intención de establecer como verdad aquella según la cual Dios siempre está con nosotros, que todo lo que nos ocurre es para bien, que existe un plan o proyecto de salvación para cada uno de nosotros diseñado por el mismísimo Dios, cuyo cumplimiento, decisión y elección depende de ti. Así que —parafraseando la escritura bíblica— “DIOS NOS HIZO SIN NUESTRO CONSENTIMIENTO, PERO NO NOS SALVARÁ SIN QUE LE OFREZCAMOS ESE CONSENTIMIENTO”. Es decir, nuestro permiso y autorización. El Señor es un caballero, y estará siempre a las puertas de nuestro corazón, para que le abramos y que pueda entrar para guiar nuestra vida y ofrecernos su santidad, gozo, alegría, discernimiento, sabiduría, y sus infinitos dones espirituales y materiales.

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Oración: “Jesús es mi guía”.

Por Mervy Enrique González Fuenmayor.

Tomada de su versión original del martes 16 de septiembre de 1997.

Trasladada a la red el miércoles 21 de enero de 2009.

Ciudad y Municipio Maracaibo del Estado Zulia, República de Venezuela, América del Sur.

(Fragmentos elegidos de la sección: “MERVY GONZÁLEZ ESTÁ CONVERSANDO CON…” que formó parte de un programa radial en el que participó como conductor por espacio de cuatro años aproximadamente: 1996, 1997, 1998, 1999, que se trasmitía en una estación radioeléctrica ubicada en la ciudad de Maracaibo, Estado Zulia, República de Venezuela, América del Sur).


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ORACIÓN —


¡Oh! Jesús mío, esperanza y apoyo de mi alma

en el Santísimo Sacramento,

me aflige la visión de mis pecados pasados

y el pensamiento de que no he hecho penitencia de ellos.

El día en que habrás de ser mi juez se acerca

y esta mansedumbre inagotable

que me consuela hoy en el misterio del altar

se trocará en el semblante severo

con que examinarás toda mi vida.

Señor Jesús, yo sé que el Santísimo Sacramento

es la ofrenda y el sacrificio con el que pagas

la deuda de nuestros pecados.

Que no quede yo excluido de esta

misericordiosa compensación

y que en la hora de la justicia,

ella me presente salvo en tu divina presencia.

Señor Jesús, deseo hacer penitencia de mis pecados

y unir mis cortos y escasos sufrimientos

a los que tú aceptaste por mí en la tierra.

Jesús, fórmame en la escuela de la cruz,

para que yo repare las caídas

y lave las manchas de mi alma.

Amén y amén.



— APLICACIÓN A NUESTRA VIDA —


HERMANO Y HERMANA que me lees, en el Santísimo Sacramento, Jesús es nuestro guía, él es el apoyo necesario para lavar nuestras culpas, el que soportó toda clase de humillaciones, venciendo la muerte, venciendo al pecado y al maligno para ascender gloriosamente al cielo. Él es el único camino. Es la verdad. Él es el reino. Acerquémonos a él con un corazón humilde, con un corazón arrepentido de todas nuestras malas actitudes y conductas. Jesús en el Santísimo Sacramento, hermano y hermana que me lees, es nuestro guía. Dios dio a los israelitas una columna de nubes para que los guiara en el camino del desierto. Aquella columna les servía de luz en la noche, de sombra refrigerante en el día, y desde ella dispersó y confundió muchas veces a los enemigos de su pueblo. El Santísimo Sacramento es para el pueblo cristiano la columna que le guía en el desierto de esta vida. Allí está la luz. En tus dudas, en tus cavilaciones, en las tinieblas con que te ofuscan tus pasiones. No busques otro remedio más que la claridad divina del Santísimo Sacramento. En la fatiga del combate te sostiene contra tus enemigos. No busques otra sombra, refugio, ni descanso, sino esta nube misteriosa que Jesucristo nos formó con el Sacramento de su cuerpo y de su sangre, y acuérdate, hermano y hermana, que en el Santísimo Sacramento está tu defensor que pone en fuga a tus enemigos y te concede el gozo y la seguridad de la victoria. No solicites otro guía, ni otro maestro que Jesucristo en el Santísimo Sacramento. Aquí Él tiene para tu alma palabras de vida eterna y sólo obedeciéndole hallarás la Salvación. “Tendré puesta, siempre, mi vida en ti, Señor Jesús y vendré a buscar tu dirección y tus enseñanzas en el Santísimo Sacramento. No me apartes de tu lado y no me desprecies para que no vaya a perderme en el laberinto de mis culpas y de mis malas pasiones. ¡Oh! Señor Jesús, guía y maestro de mi alma, ten piedad de mí” ¡ÁNIMO!, ¡GOZO!, ¡ALEGRÍA!



— NOTA DEL AUTOR —


AMIGOS Y AMIGAS, esta oración con comentario incluido, forma parte de una larga lista de ellas y que movido por el Espíritu Santo, ofrendaba al Señor de Lunes a Viernes a las siete de la mañana, en un programa radial de opinión, en el que participaba en compañía de una periodista, en el cual mi persona le dedicaba tres minutos o más (dependiendo de la Producción y/o de Máster) a orar y analizar esa oración aplicándola a la cotidianidad de nuestra vida, de nuestros actos, de nuestras alegrías, tristezas, éxitos, fracasos, tragedias, tribulaciones, bonanza, prosperidad, bienestar, etc. Todo con la intención de establecer como verdad aquella según la cual Dios siempre está con nosotros, que todo lo que nos ocurre es para bien, que existe un plan o proyecto de salvación para cada uno de nosotros diseñado por el mismísimo Dios, cuyo cumplimiento, decisión y elección depende de ti. Así que —parafraseando la escritura bíblica— “DIOS NOS HIZO SIN NUESTRO CONSENTIMIENTO, PERO NO NOS SALVARÁ SIN QUE LE OFREZCAMOS ESE CONSENTIMIENTO”. Es decir, nuestro permiso y autorización. El Señor es un caballero, y estará siempre a las puertas de nuestro corazón, para que le abramos y que pueda entrar para guiar nuestra vida y ofrecernos su santidad, gozo, alegría, discernimiento, sabiduría, y sus infinitos dones espirituales y materiales.

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