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Posts Tagged ‘Juan El Bautista’


Vídeo Reflexivo: “Que él crezca; que yo disminuya”.

Grabado el miércoles 4 de marzo de 2009.

Trasladado a la red el martes 24 de marzo de 2009.

Comentario de Mervy Enrique González Fuenmayor

Ciudad y Municipio Maracaibo del Estado Zulia, República de Venezuela, América del Sur.

Tomaré prestada la siguiente nota (respetando los derechos de autor), para presentar UNA BREVE SEMBLANZA DE “LA VOZ QUE CLAMA EN EL DESIERTO”: JUAN EL BAUTISTA.

SAN JUAN BAUTISTA.

Precursor del Mesías. El sobrenombre de Bautista le proviene de su ministerio. Nacido, según algunos, en Judea, pueblecito de Judea; según otros, en Hebrón. Sus padres fueron Zacarías y Elizabeth, prima de la Santísima Virgen. — Fiesta: 24 de junio. Misa propia.

Es ciertamente una fiesta alegre y popular la del Bautista. En ella parece cumplirse aún la palabra con la que el ángel anunció a Zacarías su venida al mundo: «Muchos Se regocijarán en su nacimiento»; y se regocijaron, en efecto, cuando éste tuvo lugar en las montañas de Judea, y se regocijan todavía en todo el mundo, veinte siglos después.

Fue Juan el Precursor de Cristo, el que vino para preparar y alumbrar los caminos del Señor; por esto la Iglesia celebra su nacimiento, como celebra el de Jesús, distinguiéndolo en esto de los demás Santos. Y con este fin, en el día de su festividad, ha puesto en la Misa esta preciosa perícopa evangélica, que magníficamente nos muestra su predestinación divina

«A Isabel, se le cumplió el tiempo de su parto y dio a luz un hijo.
»Y se enteraron sus amigos y parientes de que el Señor había usado con ella de gran misericordia, y le daban el parabién.

»Y aconteció que al octavo día vinieron a circuncidar al niño, y le llamaban con el nombre de su padre, Zacarías; intervino su madre, diciendo: No, sino que se llamará Juan. Dijéronle: Nadie hay de tu familia que se llame con ese nombre. Hacían señas a su padre sobre cómo quería que se llamase. Él, pidiendo una tablilla, escribió en estos términos: Juan es su nombre. Y se maravillaron todos. Abrióse su boca de improviso, y su lengua quedó expedita, y hablaba bendiciendo a Dios. Y se espantaron todos los que vivían en su vecindad, y en toda la montaña de Judea se divulgaban todas estas cosas, y todos los que las oían las guardaron en su corazón, diciendo: “¿Qué será, pues, este niño?”. Porque, a la verdad, la mano del Señor visitó y rescató a su pueblo..”.

»Y Zacarías, su padre, fue lleno del Espíritu Santo, y profetizó diciendo: “Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque visitó y rescató a su pueblo…”».

¡Precursor de Jesús! Precursor es el que precede, el que va delante de otro para anunciar su inmediata aparición. Los profetas entretuvieron a la huérfana humanidad, delineando a grandes rasgos la hermosa figura del Redentor; crecía cada día el ansia por la llegada del Mesías y avivábase la confianza.
Juan el Bautista anuncia a Cristo no sólo con palabras, como los otros profetas, sino especialmente con una vida análoga a la del Salvador. Nace seis meses antes que Él; su nacimiento es vaticinado y notificado por el ángel Gabriel, como el suyo, y causa en las montañas de Judea una conmoción y regocijo semejantes a los que debían tener lugar poco después en las cercanías de Belén.

El nacimiento de San Juan Bautista es un prodigio, porque no fue obstáculo para él la ancianidad y esterilidad de Isabel, como no lo fue a María su purísima virginidad. En vida oculta y escondida consume los treinta primeros años de su existencia; nadie sabe de él, ni de él nos hablan los evangelistas, como tampoco nos hablan de Jesús en aquel mismo período, en que quedan ambos como eclipsados.

A los treinta años salen ambos: uno de su retiro de Nazaret, otro de sus soledades del Jordán; pero Juan, conforme a su oficio de Precursor, sale antes que Jesús.

Truena su voz en las márgenes de aquel río, síguenle las turbas, incrépanle los fariseos… Él habla con libertad a los pobres y a los poderosos. Hay quien le cree el Mesías. Hay quien escucha su voz como la Buena Nueva prometida, cuando en realidad no es más que su prólogo. Bien claro Juan lo afirma: «Está para venir otro más poderoso que yo, al cual yo no soy digno de desatar la correa de su calzado».

Pronto se extiende el renombre de su virtud, y aumenta la veneración del pueblo hacia él; los judíos acuden para ser bautizados, enfervorizados por sus palabras. Mientras predica y bautiza anuncia un bautismo perfecto: «Yo bautizo en el agua y por la penitencia, y el que vendrá, en el Espíritu Santo y el fuego».

Y cuando Jesús se acerca al Jordán para ser por él bautizado, Juan no se atreve a hacerlo. «¿Tú vienes a mí, cuando yo debería ser bautizado por Ti?» Mas Jesús insiste, y le bautiza entonces.

Encarcelado por Herodes Antipas por haberse atrevido a reprimir y censurar su conducta y vida escandalosa, le llega la noticia de que Jesús ha empezado su ministerio público. Jesús, por su parte, en su predicación asegura a los judíos que entre todos los hombres de la tierra no hay un profeta más grande que Juan.

Se ignora cuánto tiempo pasó en la cárcel. Aconteció que con motivo de una fiesta en celebración del nacimiento de Herodes, cuando el vino y los manjares y las danzas exaltaban a todos, Salomé, hija de Herodías, esposa ilegítima del rey, bailó ante Herodes. Entusiasmado éste, prometió darle cuanto pidiera, aunque fuese la mitad de su reino. Instigada por su madre, pidió Salomé la cabeza del Bautista. Herodes, no osando faltar a su palabra empeñada ante todos, ordenó fuese traída la cabeza de Juan, la cual en una bandeja fue presentada, efectivamente, a Herodías por su hija. Sus discípulos recogieron el cuerpo del Bautista y le dieron sepultura…

Las alegres fogatas que en la noche de la vigilia de San Juan coronan las montañas y alumbran nuestras calles y plazas, no parecen sino un reflejo, que pasa a través de los siglos, del popular alborozo con que fue saludado por los vecinos de Judea el nacimiento de uno de los santos más populares de la Iglesia.

© Copyright 2009. BIBLIOTECA ELECTRÓNICA CRISTIANA -BEC- VE MULTIMEDIOS™. La versión electrónica de este documento ha sido realizada por VE MULTIMEDIOS – VIDA Y ESPIRITUALIDAD. Todos los derechos reservados. La -BEC- está protegida por las leyes de derechos de autor nacionales e internacionales que prescriben parámetros para su uso. Hecho el depósito legal.

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Vídeo Reflexivo: “Maestro, ¿dónde vives?”.

Grabado el miércoles 4 de marzo de 2009.

Trasladado a la red el domingo 8 de marzo de 2009.

Comentario de Mervy Enrique González Fuenmayor

Ciudad y Municipio Maracaibo del Estado Zulia, República de Venezuela, América del Sur.

LA INTERROGANTE QUE SIRVE DE TÍTULO al vídeo reflexivo que someto a la consideración vuestra, es de gran importancia no solamente para los cristianos sino también para todo aquel que busca la verdad, la justicia y el paradigma del buen proceder. Esa interrogante se la formularon a Jesús de Nazaret dos de los discípulos de Juan El Bautista, aprovechando la oportunidad en la cual Jesús pasaba muy cerca de donde se encontraba ellos y en el momento en que El Bautista al verlo exclama: “ése es el cordero de Dios”. Narra la palabra de Dios que esos discípulos siguieron de cerca a Jesús y cuando le dieron alcance le preguntaron: “maestro, ¿donde vives?” Jesús les respondió “síganme”, ellos obedecieron y Jesús les llevó donde él vivía.

Ahora bien, lo importante no es el lugar donde materialmente Jesús vivía en la época en la que esto ocurrió. Lo que es importante, trascendente y digno de ser conocido, es que Jesús vive y mora en nuestro corazón. Partiendo del dogma de la Santísima Trinidad en el cual Dios es un Dios trino: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, entonces habrá que concluir que Jesús mora en nosotros, por ser una de las personas de esa santísima Trinidad que integran el Dios único pero trino. En palabras aún más sencillas, nunca estamos solos, pues siempre estamos guardados y protegidos por la presencia de Dios, por lo cual no debemos temer a ningún tipo de adversidad, ni dificultad, ni situación de la que pudiera inclusive verse amenazada nuestra propia vida. Dios vive en y con nosotros. Sus bendiciones, sus ángeles con sus fuerzas, su amor paternal, su amor filial y su amor espiritual nos invaden, nos preservan de la muerte eterna. Por ello debemos ser más fervorosos y fieles cumplidores de los designios de Dios. Realizar y ejecutar las cosas que le agradan a Dios, entre otras amarlo por encima de todas las cosas y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Esto último es el nuevo mandamiento del amor que Jesús nos trajo. Somos en consecuencia constructores junto con Cristo, sus apóstoles y sus ángeles, responsables en la edificación del nuevo reino del amor, de la justicia y de la verdad. ¿Qué esperamos entonces, para comenzar a entender que poco importa saber dónde vive Jesús, más que comprender que reside en nosotros?

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Vídeo Reflexivo: “La Buena Noticia del Reino”.

Grabado el viernes 08 de enero de 2009.

Trasladado a la red el martes 10 de febrero de 2009.

Comentario de Mervy Enrique González Fuenmayor

Ciudad y Municipio Maracaibo del Estado Zulia, República de Venezuela, América del Sur.

EL TEXTO BÍBLICO QUE ME HA SERVIDO para la difusión de este vídeo reflexivo es extraído del evangelio según San Marcos en su Capítulo primero, versículos 14 al 15 y cuyo tenor es el siguiente: “cuando entregaron a Juan, Jesús se fue a Galilea, a proclamar de parte de Dios la Buena Noticia. Decía: se ha cumplido el plazo, ya llega el reinado de Dios. Enmiéndense y tengan fe en esta Buena Noticia”. Observemos que en ese texto, según la inspiración que me ofrece el Espíritu Santo, resaltan dos situaciones: la primera de ellas tiene que ver con la llegada del reinado de Dios. Es el Reino de la verdad, de la justicia, de la caridad, de la solidaridad, de la luz, del amor. Hacia ese reino deben ir orientados todos nuestros esfuerzos, conductas y actitudes. Enmendarse es poner en práctica nuestro firme propósito de cambiar, de modificar nuestras conductas, nuestros patrones de vida, nuestros valores, nuestras conductas pecaminosas, hacer un alto definitivo a la búsqueda de metas, propósitos y objetivos que pudieren estar reñidos con la moral, con lo espiritual, con las cosas que le agradan al Señor. En definitiva, de lo que se trata es de arrepentirnos y dejar a un lado el libertinaje sexual, el uso de las drogas, los placeres mundanos, la explotación del Hombre por el Hombre, la cultura de la muerte, los antivalores etc. Como dice el apóstol San Pablo: “transformaos por la renovación de vuestra mente”, lo que traduce en asumir el cambio y aceptar y practicar las conductas, actitudes, ideas y pensamientos conformes a la justicia, a la verdad, a la solidaridad, a la caridad, al bien común, al respeto incondicional por los designios del Señor y un amor profundo también sin límites a Dios y a su doctrina. Es doblegarse totalmente ante el Señor, postrarse ante Él, requerir su auxilio y orientación en todas las acciones que debamos acometer en esta vida. Pero enmendarse también es arrepentirse y mostrar un corazón contrito, con la expresión sincera de no querer pecar nuevamente. De seguidas transcribiré un párrafo de mi autoría contenidos en la oración: “TRABAJAR CON DIOS Y EN DIOS”, cuyo pie de imprenta se señala al final de la cita. Quiera Dios y nuestra virgen madre Santísima María, pueda ser de utilidad para aquellos que lo necesitan:


“ESTAR EN LA PRESENCIA DEL SEÑOR y sostener con Él un diálogo marcado por el amor, la misericordia y la comprensión, nos llena de infinitas emociones e igualmente nos compromete a llevar una vida pletórica de justicia, de paz y de mucho amor. Pero también, hermano y hermana que me lees en este momento, es necesario asumir el compromiso de trabajar. Y cuando se habla de trabajo no necesariamente debemos referirnos a una actividad manual. Porque el trabajo tiene diferentes dimensiones, el trabajo manual es el trabajo que se ve, es el trabajo que puede medirse. Pero hay otro trabajo que no puede verse en lo inmediato, que es el trabajar en Dios y con Dios. Que se traduce en una actitud. En la actitud de comprensión, en una actitud de solidaridad con los hermanos, trabajar en Dios y con Dios no es únicamente cumplir con el deber de realizar una actividad para que de ello obtengamos el alimento necesario para la satisfacción de nuestras necesidades y de las necesidades de nuestra familia. Trabajar es más que eso, hermano y hermana, trabajar en Dios y con Dios, además de esa actividad remunerativa, es abrirnos de cuerpo, mente y corazón, para entender la problemática del mundo, para entender las causas de las injusticias que reinan en la sociedad, para entender el por qué existen ancianos y niños desprotegidos. El por qué no tenemos una justicia realmente justa. El por qué suceden acontecimientos que no tienen explicación, los homicidios, las violaciones, el genocidio de los países del tercer mundo. Todo ello nos compromete entonces a trabajar fuertemente en Dios y con Dios, aunado a la tarea cotidiana, la tarea del cristiano que es evangelizar, llevar la Palabra hasta el último confín del mundo y al mismo tiempo atesorar esa Palabra para ser nosotros mismos personas más buenas, más justas, personas más libres. Porque la Palabra del Señor libera. Así podrás encontrar, hermano y hermana que me lees en esta reflexión, el tesoro oculto. A Dios le buscamos demasiado fuera, le buscamos por las calles, cuando Él se encuentra en casa, le quieres encontrar en los libros y está en tu corazón. Queremos buscarle en la armonía de los cielos y no sabemos hallarlo en los pliegues de nuestro espíritu. ¡Oh! si supiéramos conocerle, si supiéramos hallarle en los secretos del corazón, ¡como gozaríamos! Es el tesoro oculto. ¡Cuán pocos saben encontrarlo! Él quizás les está hablando y porque hay mucho ruido a su alrededor, no aciertan a oírle. Se comunica tan suavemente. Quizás te está pidiendo a estas horas que le escuches, que entres en tu interior donde el está. Ama el silencio, el recogimiento y llegarás a encontrarle y comprenderlo. Es tan dulce. Es el espíritu y el espíritu no se le puede escuchar cuando es muy grande la inquietud de los sentidos. No quieras, hermano y hermana, buscar a Dios demasiado fuera de ti mismo. Esfuérzate por entrar en tu alma y encontrarás en ella todo el encanto de sus secretos divinos y encontrarás a Dios que es sublimidad, es espíritu, es amor y es justicia ¡ÁNIMO! ¡GOZO! ¡ALEGRÍA!.”

(Tomado de GONZÁLEZ FUENMAYOR, Mervy Enrique. Oración: “Trabajar con Dios y en Dios”. SPE/SPI 2008. Disponible en: http://www.mervyster.blogspot.com).

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Vídeo Reflexivo: “Jesús es bautizado”.

Grabado el viernes 08 de enero de 2009.

Trasladado a la red el martes 03 de febrero de 2009.

Comentario de Mervy Enrique González Fuenmayor

Ciudad y Municipio Maracaibo del Estado Zulia, República de Venezuela, América del Sur.

TRANSCRIBO A MANERA DE INTRODUCCIÓN estas reflexiones que ruego a DIOS Y A NUESTRA VIRGEN MARÍA MADRE DE DIOS Y MADRE NUESTRA, sirvan para clarificar nuestras dudas. Dejo a salvo lo que oficialmente opina la Santa Iglesia Católica, tanto en su Catecismo, como en los otros documentos de impretermitible cumplimiento:


“EL BAUTISMO DE JUAN

El bautismo de Juan era un rito de iniciación bajo formas nuevas. Tiene su modelo tanto en los ritos bautismales de los esenios del Qumrán, que acogía mediante este bautismo a los nuevos miembros en su alianza religiosa, determinada por la idea escatológica. El bautismo de Juan es bautismo de penitencia en orden al perdón de los pecados y por ello exige frutos dignos de penitencia (Mt 3,8). Es preparación para el futuro reino de Dios y a la vez una referencia al bautismo por «el Espíritu y el fuego», que Cristo nos proporcionará (Lc 3, 16). El bautismo por tanto es conferido también a los judíos ya circuncidados y sólo se recibe una vez. Tertuliano considera el bautismo de penitencia de Juan como la acción anticipada del bautismo y santificación auténticas en Cristo. El concilio de Trento formula: “el que diga que el bautismo de Juan tiene el mismo efecto de grada que el bautismo de Cristo, sea anatema” (D 857).

EL BAUTISMO DE JESÚS.

Jesús se hace bautizar por Juan (Mc 3,13) para que se cumpla toda justicia (Mt 3,15), porque Cristo ha tomado sobre sí (Jn 1,29) los pecados del mundo como cordero de Dios (lb Jn 19,36). Al mismo tiempo Juan pedirá en la revelación de después del bautismo de Jesús la prometida claridad acerca del Mesías (Jn 1,31). El bautismo cristiano ha de estar configurado y preparado en el bautismo de Cristo. El bautismo que los apóstoles confirieron siguiendo el bautismo de Juan, era igualmente, contra la opinión de san Agustín y de santo Tomás, un mero bautismo de penitencia, como el bautismo del Precursor. Si el bautismo en el Jordán ha de considerarse como base radical del bautismo cristiano instituido por él después de la muerte y resurrección, esta revelación de Dios con motivo del bautismo de Jesús, es de gran importancia también para entender el sentido del bautismo cristiano.

La Iglesia es el cumplimiento del antiguo püeblo de Dios y como aquél, tiene también su propio rito de iniciación, que consiste en el bautismo ordenado y fundado por Cristo, como resulta del primer sermón de san Pedro en la fiesta de Pentecostés, donde a la pregunta del pueblo, “¿hermanos, qué hemos de hacer?”, da la respuesta: “Convertíos, y que cada uno de vosotros se bautice en el nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hch 2,38). La comunidad primitiva confirió el bautismo desde el comienzo, y sin excepción y en forma obligatoria, como lo muestra la narración de los Hechos de los Apóstoles (2,41), en la fiesta de Pentecostés: (8,12); Felipe en Samaría (836); el etíope, (9,18); Pablo, (10,47); Comelio por medio de Pedro (19,5); los discípulos de Juan en Éfeso. Y esto ya desde el siglo III, según consta por las Catequesis mistagógica de de San Cirilo de Jerusalén.

EL BAUTISMO FUE INSTITUIDO POR JESUCRISTO

Ésta es la doctrina de la revelación, subrayado en Trento (D 844 – DS 1601) y en el decreto Lamentabili (1907). La predicación de Jesús en los sinópticos menciona como condiciones para la entrada en el reino de Dios únicamente la conversión y la fe. Sólo del resucitado se narra (Mt 28, 19) que en su mandato misional, que es la base de su fundación de la Iglesia, ordenó bautizar en el nombre del Padre y del Hlio y del Espíritu Santo. Juan nos informa acerca de la conversación nocturna del fariseo Nicodemo con Cristo, en la que éste explica como condición para la entrada en el reino de Dios: “Quien no nace de agua y de espíritu, no puede entrar en el remo de Dios” (Jn 3,3). En la siguiente narración sobre el bautismo que Jesús ordenó administrar a los apóstoles, por lo que éstos disputaron con los discípulos de Juan (Jn 3.22), muestra que con este renacimiento se hace alusión al hecho del bautismo.

San Pablo en su carta a Tit 3,5 llama al bautismo “baño regenerador del Espíritu Santo” y explica el bautismo sobre la base de su místíca de Cristo, en el sentido teológico-mistérico (GaI 3,27 en 1ª Cor 12,13 y en Rom 6,2). El bautismo cristiano, prefigurado ya en el bautismo de Juan, fue anunciado por los profetas. Así habla Ez 36,25: “Os rociaré con agua limpia, quedaréis limpios… Os daré un corazón nuevo y pondré en vuestro interior un espíritu nuevo; quitaré de vuestro cuerpo el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Pondré mi espíritu en vuestro interior y haré que procedáis según mis leyes… Residiréis en el país que di a vuestros padres y seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios”. De forma similar dice Zac 13, 1: “En aquel día habrá una fuente abierta para los habitantes de Jerusalén contra el pecado y la inmundicia”. En la época de Jesús era convicción general que el bautismo del perdón de los pecados debería ser proporcionado por el Mesías, por lo que los enviados de los fariseos preguntan a Juan el Bautista (Jn 1,25): “‘Entonces ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías…?”

El carácter de iniciación y el efecto de remisión de los pecados por el bautismo resulta visible en la tipologfa Adán = Mesías conocida ya por el judaísmo en tiempos de Jesús: “el primer Adán terreno es figura del segundo Adán celestial, Cristo (1 Cor 15,45). Como el primer Adán condujo a la humanidad al pecado, así el segundo Adán ha proporcionado la salvación a todos (Rom 5,12). Cristo trae por ello la nueva creación (2 Cor 5,17), él es el primogénito de toda la creación (Col 1,15), y cada uno de los hombres debe despojarse del hombre viejo (Adán) y vestir el hombre nuevo (Cristo) (Col 3,9). Aquí resulta con claridad el sentido histórico-salvífico del bautismo como rito de iniciación cristiana.

En la edad media sobre todo, surgió una controversia sobre cuándo y como instituyó Cristo el sacramento del bautismo, y hay diversas oplniones: Según San Bernardo de Claraval. Estius y otros, en la conversación con Nicodemo (Jn 3,1). Según San Gregorio Magno, San Agustín, el seudo-Dionisio Areopagita, Pedro Lombardo, Santo Tomás de Aquino y el Catecismo romano, Jesús instituyó el bautismo en su propio Bautismo. Aquí, según la doctrina de estos teólogos, Cristo santificó el agua, aquí se manifestó la Trinidad, en cuyo nombre se confiere el bautismo. La mayor parte de los teólogos ven la institución del bautismo en el mandato de bautizar dentro del envío misional después de la resurrección del Señor (Mt 28,19). Así lo afirma Tertuliano: “Nuestra muerte sólo pudo borrarse por la pasión del Señor, nuestra vida no se ha podido restaurar sin su resurrección. Lo mismo enseñan Juan Crisóstomo, San León Magno y Alejandro de Hales. Hay que preguntarse si el mandato del bautismo no supone la institución del bautismo como fundación de Cristo y hasta qué punto la formulación del mandato misional no es ya teología de la comunidad. San Buenaventura compendia inteligentemente los diferentes momentos: Cristo instituyó el bautismo materialmente en su propio bautismo por Juan. Formalmente en el mandato de bautizar, efectivamente por su muerte y por la misión del Espíritu Santo, y finalmente en la conversación de Nicodemo, donde muestra su necesidad. Cristo insinuó primeramente el bautismo (Mt 3,13); después lo instituyó (Jn 3,22 y finalmente lo ordenó (Jn 19.34), que son las tres etapas de desarrollo que siguió en la institución de la eucaristía y en el primado de Pedro.”

(Tomado de MARTÍ BALLESTER, Jesús. Discurso sobre la Suma Teológica de Santo Tomas de Aquino. El Sacramento del Bautismo. SPE / SPI).

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