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Oración: “Al Sagrado Corazón de Jesús”.

Por Mervy Enrique González Fuenmayor.

Tomada de su versión original del viernes 06 de junio de 1997.

Trasladada a la red el domingo 26 de abril de 2009.

Ciudad y Municipio Maracaibo del Estado Zulia, República de Venezuela, América del Sur.

(Fragmentos elegidos de la sección: “MERVY GONZÁLEZ ESTÁ CONVERSANDO CON…” que formó parte de un programa radial en el que participó como conductor por espacio de cuatro años aproximadamente: 1996, 1997, 1998, 1999, que se trasmitía en una estación radioeléctrica ubicada en la ciudad de Maracaibo, Estado Zulia, República de Venezuela, América del Sur).

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ORACIÓN —

Te saludamos, corazón admirable de Jesús,

te alabamos, te bendecimos, te glorificamos,

te damos gracias, te ofrecemos nuestro corazón,

te lo entregamos y consagramos, recíbelo y poséelo entero.

Purifícalo, ilumínalo y santifícalo

a fin de que vivas y reines en él, perpetuamente.

Señor nuestro, Jesucristo,

contemplando tu corazón abierto por la lanza,

deseamos completar en nuestra carne

lo que falta de tu pasión.

Danos la valentía de reparar

nuestras propias injusticias

y las de nuestros hermanos.

Queremos hoy reconocer las injusticias

que se cometen en nuestra comunidad

y luchar por la liberación

de todos los hijos de Dios,

en unión con nuestra señora del sagrado corazón,

te rogamos por nosotros pecadores,

para que sepamos salir de nuestros egoísmos

y buscar la felicidad de nuestros hermanos.

Amén y amén.



— APLICACIÓN A NUESTRA VIDA —


CONTEMPLANDO EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS, como lo contempló nuestra virgen madre en la cruz con el corazón traspasado por la lanza, se reflexiona en el dolor que sintió nuestro Señor y también su madre, la virgen María. Pero ese dolor se transforma en alegría y gozo cuando resuenan en nuestra memoria las palabras de Jesús: yo bajaré al sepulcro, resucitaré al tercer día y luego ascenderé al cielo, para sentarme a la diestra del padre, para garantizarles la vida eterna, porque nadie va al Padre sino es por mí. Porque Jesús nos dijo: yo soy el camino, soy la verdad y soy la vida. Gracias Jesús, gracias por ofrecernos ese, tu corazón, colmado de una infinita ternura y de una infinita capacidad de amor y de perdón. SEÑOR MÍO, JESUCRISTO, limpio de corazón y pureza para mi alma, una vez más te repito: quiero ser feliz, y tú me dirás: vive como un bienaventurado, pon en práctica el código de vida feliz que yo te he dado. En uno de sus momentos Jesús dice: “felices los que tienen el corazón puro, porque ellos verán a Dios. Felices los que tienen ojos limpios, sólo el que tenga ojos limpios podrá ver todo con mucha claridad”. El apóstol Pablo nos pidió que nos revistiéramos de Ti, evitando satisfacer los deseos la carne, de esa carne que atenta contra el espíritu. Si nos dejamos conducir por tu espíritu de amor no seremos arrastrados a los deseos de la carne. Todo esto me conmueve y atrae a mi inteligencia, aunque a veces mi voluntad se aleja débil e irresoluta. No me doy cuenta de que mi cuerpo está incorporado a Ti y es templo del Espíritu Santo, ¡oh! Sagrado Corazón de Jesús. Si tratamos con respeto a los templos de piedra, no profanándolos, con cuanta mayor razón tenemos que considerar como cosa sagrada a nuestro cuerpo, a nuestro corazón que nos dio nuestro Señor Jesucristo, piedra viva de la construcción, de su reino. ¡Oh! Sagrado Corazón de Jesús, sé que mis pecados de impureza atentan contra mi propio cuerpo y que no me pertenezco a mí mismo. Sé también que el pecado comienza en el interior de mi corazón, aunque no se haya traducido en obra externa. Pero sé también, que por ese sagrado corazón tuyo, señor Jesús, seré colmado también de perdón y de amor, de misericordia y de redención, porque tú lo prometiste y porque tú no incumples lo que prometes. Tú nos dijiste: el que mire una mujer ajena deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Reconozco entonces que tanto mi alma como mi cuerpo han sido comprados por el precio de tu sangre. ¿Que sería de tu corazón traspasado por aquella lanza, señor Jesús? Imagino en este momento el recorrido de tu preciosa sangre, pagando los pecados de toda la Humanidad, los pecados del pasado, los pecados del presente y aun aquellos que vendrán, gracias ¡oh! Sagrado Corazón de Jesús. Por ello, hermano y hermana que me lees, ¿Por qué no tener un corazón puro como el de Jesús? Vamos a enamorarnos profundamente de ese Sagrado Corazón de Jesús, practicando la templanza y la mortificación de nuestros sentidos, siendo prudentes y puros en nuestras palabras, no buscándonos a nosotros mismos sino al hermano, en apertura generosa. ¡Oh! Sagrado Corazón de Jesús, a ti pertenecemos. Señor, quiero ver a tu Padre a través de ti y llenarme de felicidad eterna y plena. ¡ÁNIMO!, ¡GOZO!, ¡ALEGRÍA!


— NOTA DEL AUTOR —


AMIGOS Y AMIGAS, esta oración con comentario incluido, forma parte de una larga lista de ellas y que movido por el Espíritu Santo, ofrendaba al Señor de Lunes a Viernes a las siete de la mañana, en un programa radial de opinión, en el que participaba en compañía de una periodista, en el cual mi persona le dedicaba tres minutos o más (dependiendo de la Producción y/o de Máster) a orar y analizar esa oración aplicándola a la cotidianidad de nuestra vida, de nuestros actos, de nuestras alegrías, tristezas, éxitos, fracasos, tragedias, tribulaciones, bonanza, prosperidad, bienestar, etc. Todo con la intención de establecer como verdad aquella según la cual Dios siempre está con nosotros, que todo lo que nos ocurre es para bien, que existe un plan o proyecto de salvación para cada uno de nosotros diseñado por el mismísimo Dios, cuyo cumplimiento, decisión y elección depende de ti. Así que —parafraseando la escritura bíblica— “DIOS NOS HIZO SIN NUESTRO CONSENTIMIENTO, PERO NO NOS SALVARÁ SIN QUE LE OFREZCAMOS ESE CONSENTIMIENTO”. Es decir, nuestro permiso y autorización. El Señor es un caballero, y estará siempre a las puertas de nuestro corazón, para que le abramos y que pueda entrar para guiar nuestra vida y ofrecernos su santidad, gozo, alegría, discernimiento, sabiduría, y sus infinitos dones espirituales y materiales.

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Artículo: “Domingo de Resurrección”

Por Alejandro Morales-Loaiza

Redactado y publicado originalmente el domingo 23 de marzo de 2008

Republicado especialmente para “Conversando con Dios” el domingo 12 de abril de 2009.

Ciudad y Municipio Maracaibo del Estado Zulia. República de Venezuela. América del Sur.


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“Al tercer día resucitó entre los muertos…”

EL DÍA DE HOY, QUERIDO LECTOR, aprovecho de llegar a usted en un tiempo que representa el gozo y la alegría más grande de toda la tradición cristiana: La resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Este suceso brinda el testimonio fiel de la misericordia de Aquel que, preexistiendo divinamente a todo lo creado, se hizo hombre, padeció y murió dentro de la más pura manifestación de amor por los seres humanos; hoy, día en que se conmemora un año más de su triunfo sobre la muerte, nos llama vivamente a seguir su ejemplo con base en nuestra propia Pasión.

Adivinará pronto la vista inteligente que esta reflexión no va a dirigida principalmente a aquellos que en buen aprovechamiento de su tiempo de descanso se dedicaron a la decadencia y la depravación típica de la temporada de Pascua, relegándose a asistir a la Santa Eucaristía por una tradición que quizá vuelva para ellos en el mes de diciembre. Es así que he querido hacer llegar mis letras con mayor énfasis a aquellos que, aún sin saberlo, tuvieron su propia semana de padecimiento y muerte espiritual y que hoy desde las profundidades esperan por una resurrección que les devuelva la tan anhelada paz a su menguada existencia.

Sí, usted que pasó cada momento de esta semana en un permanente ir y venir del pensamiento sobre la vida, la muerte y el porvenir, usted que estuvo dudando sobre si vale o no la pena conmemorar algo que sucedió hace más de dos mil años, usted que en varias oportunidades se dijo “Si existe alguien allá arriba de seguro me odia”, ¿habrá quedado ciego ante su propia Pasión? ¿Continuará de tal modo su preocupación por la existencia terrenal que hará que ignore la esperanza de una resurrección a toda muerte, de un alivio a todo dolor y de un remedio a todo mal? ¡Cuánto nos cuesta asumir las promesas de nuestro Señor Jesucristo en los momentos de crisis!

Ahora le pido que se detenga un momento y reflexione sobre la semana, sobre su propia semana de Pasión, esa semana que quizá duró meses o incluso años, y dígame ¿no merecemos acaso salir del tiempo de tribulación para gozar en Cristo una resurrección espiritual? Analicemos sinceramente y procuremos no engañarnos, ya bien dice mi querido amigo el Doctor Mervy Enrique González Fuenmayor que “también hay quien salta del Domingo de Ramos al Domingo de Resurrección sin pasar por la Pasión”; están con el resucitado pero no estuvieron con el crucificado, todo dentro del pensamiento humano de evitar a toda costa el sufrimiento. (Seguro estoy que, aunque la salud al Doc le trató duramente en los días precedentes, el día de mañana se reirá conmigo de aquello por lo que pasó).

Si bien mi mensaje clama por que abra usted su espíritu a ataviarse con la vestidura del Hombre Nuevo de la que habló San Pablo dejando atrás los momentos aciagos, procuro en él no despreciar al sufrimiento ni al dolor por considerarles un camino muy necesario a la reconversión cristiana. Tanto como el dolor -biológicamente considerado-, cumple con la función de informarnos de que algo no va bien con nuestro cuerpo, el padecimiento espiritual nos recuerda que debemos retomar las riendas de nuestra vida y hacer ese cambio que, a manera de aliciente o medicina nos cicatrice la herida sangrante que no nos deja continuar con buen pie. Considere lo que sería del ser humano si fuese totalmente incapaz de sentir dolor ¿Cuántos de nosotros no moriríamos de una simple congestión estomacal? Es así que Dios permite que el dolor exista para algo bueno: y esto es para que no muramos en la carrera por alcanzar la vida eterna. Recordando a Cristo en el Evangelio según San Mateo “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde la vida? ¿O cuánto podrá pagar el hombre por su vida?” Sería totalmente nuestro el mundo si no tuviésemos dolores ni padecimientos, pero ello nos condenaría a una muerte segura.

Si en algún momento de su vida piensa que la cruz que carga es muy grande, tómela sobre su hombro y condúzcase con la fe que le hará ver que en su tribulación sigue al Maestro, y que todo el que se crucifica con Él, de corazón, como lo hizo el ladrón arrepentido, recibirá una pronta resurrección y la vida eterna. Dése la oportunidad de sufrir, dése la oportunidad de reflexionar, pero dése también la oportunidad de resucitar a través de la misericordia y el perdón.

Finalmente, mi muy querido lector, pido a Dios Padre Todopoderoso, a nuestro Señor Jesucristo, a nuestro Espíritu Santo y con la intercesión de la bienaventurada virgen madre María, que con su bendición nos permitan despertar a la renovación espiritual en la esperanza de la vida eterna. Amén y Amén.

ADDENDUM – Comentario de Mervy Enrique González Fuenmayor.

“Estas reflexiones expresadas por el colega, amigo y dilecto discípulo: abogado Alejandro René Morales Loaiza, constituyen un verdadero aporte a la interpretación correcta del significado de la Semana Mayor, conocida también como Semana Santa. Se explanan en este artículo: “DOMINGO DE RESURRECCIÓN” con profundo y certero tino las diversas aristas de este tiempo de conversión o reconversión —según sea la hipótesis de la persona que se encuentra prisionera de sus disyuntivas, o de la vorágine que genera el mundanal ruido—, y que apuntan hacia una percepción totalmente distinta a la que hoy se tiene del cómo vivir este tiempo, considerado uno de los más importantes, dentro del ritual católico. Felicito al distinguido colega Morales Loaiza por su congruente, acertado —y por demás conforme a las precisiones teológicas—, examen, análisis y conclusiones sobre su apreciación del estado degenerativo en que se encuentra la sociedad actual respecto de los valores tradicionales, trascendentales y más puros del ser humano. Del mismo modo me permito testimoniarle mi felicitación por la claridad con la cual desarrolla los aspectos bíblicos del tema. ¡Avanti caro amico!

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Artículo: “¿Jesús Resucitó?”

Por Mervy Enrique González Fuenmayor.

Redactado y publicado el sábado 11 de abril de 2009

Ciudad y Municipio Maracaibo del Estado Zulia. República de Venezuela. América del Sur.


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NO SOLAMENTE LOS INCRÉDULOS sino también los creyentes —en algunas oportunidades—, han dudado de la resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Esto sucede cuando no se tiene una fe vigorosa, cuando no hay una verdadera conversión, cuando decimos que creemos en Dios, pero “por si acaso”, “de que vuelan… vuelan”, implicando tal afirmación la debilidad de nuestra fe y la creencia en más de un solo señor, creer en brujos, hechiceros, espiritistas, rosacruces, etc. Algunos han calificado a este tipo de personas como verdaderos positivistas, es decir, personas que creen únicamente en lo que ven y en aquello que puede ser probado. Son también —según afirman los expertos—, escépticos, que dudan de todo y no creen en nadie, no obstante que pudieran andar frecuentemente predicando incluso la Palabra de Dios, con la Biblia bajo el brazo, pero dudando de lo que predican y de la certeza de la Palabra del Señor.

Existe una expresión según la cual “la duda mata la fe”. Esta sentencia afecta la estructura, la base, el fundamento y los postulados supremos del cristianismo. La catolicidad, la doctrina cristiana, presumen la existencia de dogmas de fe, que deben aceptarse sin cuestionamientos. A nadie se le obliga a ser católico cristiano, y si aceptamos serlo, por ese sólo hecho debemos también aceptar los dogmas de fe. Dios nos concedió libre albedrío, libre arbitrio, la posibilidad de decidir, de escoger, de admitir cualquier idea, creencia, fe o inclinación. De allí la respuesta a la proliferación de las numerosas sectas que hoy invaden a la Humanidad. Hay “iglesias” para todos los gustos, colores y sabores. Muchos “pastores” de esas falsas iglesias, de esas sectas, manipulan, interpretan y acomodan la Palabra de Dios según su propia conveniencia, que en definitiva no es más que una conveniencia económica. La Humanidad, la Historia y la Sociedad, han dado cuenta de estas falsas doctrinas que terminan siempre con el descubrimiento de que las cabezas visibles de esas sectas son estafadores de oficio, engañadores, tramposos, embaucadores y personas que llevan una doble vida. Por supuesto deben hacerse excepciones, que son aquellas relacionadas con los individuos que realmente creen que su predicación es la que acertadamente se conforma al Texto Sagrado, aunque sabemos que están equivocados, porque Dios fundó una sola iglesia en la cabeza de Pedro, primer pontífice de la Iglesia Universal Católica Cristiana. Todas las demás “iglesias” son fundadas por hombres y en consecuencia no son verdaderas, ni legítimas, ni auténticas, ni mucho menos fundadas por Dios. De allí que haya de afirmarse de una manera categórica y precisa que la única iglesia documentada, acreditada y legitimada por las Santas Escrituras, es nuestra Santa Iglesia Católica.

La interrogante sobre la resurrección de nuestro Señor Jesucristo generalmente surge de individuos y personas que están alejadas de las enseñanzas del Señor, o aquellas que siendo creyentes poseen una fe débil y enclenque, además de no participar en su profesión de fe, están alejados del cumplimiento de los mandatos de Dios, no celebran la eucaristía de manera frecuente y cuando lo hacen, son o asumen la actitud de los convidados de piedra, de asistentes a una fiesta de la cual no participan, son aguafiestas, meros espectadores de la realidad circundante. Por otro lado se trata también de gentes que no escudriñan la Palabra de Dios, que no oran, que no se preocupan por conocer aún más de la grandeza, de la misericordia y del amor de nuestro buen Jesús, el Hijo de Dios. Son analfabetas bíblicos o analfabetas cristianos. Desconocen la importancia, la trascendencia y la necesidad de vincularse con la Palabra de Dios. Todas estas situaciones se combinan para dilatar, engrandecer y generar mayores dudas sobre la resurrección de Jesucristo.

Quienes se encuentren en esta situación, necesariamente no cuentan con una sólida base de cognición espiritual para sostener y defender en cualquier foro, lugar o rincón, la certeza, la firmeza, la categórica e irrefutable verdad sobre el hecho o situación de que Jesucristo resucitó al tercer día después de su muerte. Sin embargo, se podrá incluso carecer de los conocimientos bíblicos necesarios para creer en esa resurrección y aún así aceptar que la misma ocurrió, bastando para ello la tenencia o posesión de una fe firme, fuerte y resistente ante cualquier duda o contrariedad. Algo así como la fe de Moisés, de Pedro, de Job, del centurión romano, de Jairo, del paralítico, de Bartimeo, de Pablo, etc.

De manera que negar la resurrección de Jesucristo es una necedad y una posición que no resiste ni el más leve análisis. Jesucristo resucitó según las profecías. Dan cuenta de ello las apariciones que hizo después de su muerte. Así como las continuas investigaciones arqueológicas que se han venido desarrollando a lo largo de estos últimos 2000 años.

De seguidas transcribiré algunos párrafos extraídos de el libro “CIEN PREGUNTAS A LOS CATÓLICOS” del autor HERBERT MADINGER (Caracas Venezuela. Ediciones Paulinas. Págs. 136-138), que permitirán al lector adquirir algunas informaciones elementales sobre algunos hechos y circunstancias vinculados con la resurrección de nuestro señor Jesucristo.

“Tú te preguntas si hay realmente milagros. Sí, efectivamente ocurren milagros hechos por Cristo y su iglesia es una prueba de que Dios está actuando.

Jesucristo se remite en varias ocasiones a sus milagros: “si no hago las obras de mi Padre, no me creáis” (San Juan 10:37). “Las obras que Yo realizo dan testimonio de mi, que es el Padre quien me ha enviado” (San Juan 5:2.36). Estas obras de Cristo son auténticos milagros. Las curaciones a distancia, la resurrección de un muerto que llevaba ya cuatro días en el sepulcro, la multiplicación de los panes, etc. Son obras imposibles de realizar por un ser humano, pues los hombres no somos omnipotentes.


El milagro más decisivo y más importante de Cristo es su resurrección. La fe de la iglesia primitiva se basó especialmente en este milagro. La resurrección de Cristo de entre los muertos fue el tema esencial de la predicación en la comunidad primitiva cristiana. Las predicaciones de San Pedro y las cartas del apóstol San Pablo conservadas hasta el presente se remiten continuamente a la resurrección de Cristo. Los apóstoles casi consideraron como su verdadera misión dar testimonio de la resurrección de Cristo. Por esa razón en la elección del nuevo apóstol Matías exige San Pedro: “es pues necesario que de en medio de los varones que nos han acompañado durante todo el tiempo en que entre nosotros entró y salió el señor Jesús, se haga con nosotros testigo de su resurrección” (Hechos de los apóstoles 1: 22). Por ese testimonio ellos abrazaron también la muerte.

En su predicación San Pedro se remite de continuo a la resurrección de Jesús como prueba de que Cristo es realmente el Mesías. En el discurso de Pentecostés, en el interrogatorio ante el Sinedrio, en la instrucción para el bautismo de Cornelio, en la curación de un tullido de nacimiento, etc., San Pedro predica constantemente: “a quien Dios ha levantado de entre los muertos; de lo cual nosotros somos testigos” (Hechos de los Apóstoles 3:15).


Del mismo modo, las predicaciones San Pablo en Antioquia, Tesalónica, Atenas y Cesárea, reseñadas en los Hechos de los Apóstoles, pregonan continuamente la resurrección de entre los muertos. En su primera carta a los corintios, escrita en el año 56, San Pablo se remite incluso a 500 hermanos en Cristo a los que se les apareció el Señor repentinamente y Pablo escribió en aquella ocasión: “de los cuales la mayor parte viven hasta ahora” (primera carta a los corintios 15:6).


La Biblia describe con gran insistencia la muerte real de Jesús, su última exclamación, la lanzada abierta en su costado, para asegurarse de su muerte; el desprendimiento, la sepultura, la colocación de la losa sepulcral y la guardia del sepulcro.


DOCE APARICIONES DE JESÚS, DESPUÉS DE SU MUERTE, DOCUMENTADAS EN LA SANTA BIBLIA:


Total, la Biblia nos habla del 12 apariciones del resucitado:1.- A María Magdalena “el primer día de la semana” (domingo de la resurrección); 2.- A las mujeres que fueron a visitar el sepulcro; 3.- A los discípulos de Emaús; 4.- A Pedro el domingo de resurrección; 5.- A los once apóstoles reunidos en el cenáculo el día de la resurrección; 6.- A los discípulos en la reunión durante la cual San Pedro fue instituido pastor supremo del rebaño de discípulos —incluido Tomás—, ocho días después; 7.- La aparición junto al mar de Tiberíades; 8.- La aparición en el monte de Galilea, durante la cual Cristo transfigurado impartió la orden de la misión; 9.- Los últimos avisos del resucitado en Jerusalén 10.- La ascensión a los cielos ; 11.- La aparición a los 500 hermanos; Al Apóstol Santiago; y 12.- finalmente el Señor transfigurado se le apareció aún a Saulo delante, camino de Damasco.


Los apóstoles no eran hombres crédulos. Dudaron continuamente de los relatos de las personas a las que se había aparecido el Señor. Pero estos relatos aparecieron ante los ojos de ellos como un delirio, y no les dieron crédito (San Lucas 24: 11). “…pero tampoco a ellos les creyeron” (San Marcos 16: 13). Y cuando Jesús aparece repentinamente a sus discípulos, “ellos creían ver un espíritu” (San Lucas 24:37). Jesús tiene que comer y beber con sus Apóstoles, dejarse tocar por ellos y mostrarle su manos y sus pies antes de que ellos crean. Pese a todas éstas pruebas, Tomás duda aun: “si yo no veo en sus manos las marcas de los clavos, y no pongo mis manos en su costado, de ninguna manera creeré” (San Lucas 20:25). Ocho días después: “Alarga tu mano y métela en mi costado y no seas incrédulo, sino creyente” (San Lucas 20:27. Sólo podemos pedir al Dios que también nosotros podamos responder con Tomás en un modo cada vez más profundo: “¡Señor mío y Dios mío!” (San Juan 20:28).”

Termino con una frase extraída del Nuevo Testamento: “DICHOSOS AQUELLOS QUE CREEN EN MÍ SIN HABERME VISTO” ¡Ánimo! ¡Gozo! ¡Alegría!

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La Nota Corta: “Semana Santa… non sancta”.

Por Mervy Enrique González Fuenmayor.

Redactada el miércoles 8 de abril de 2009

Publicada en la Red el viernes 10 de abril de 2009.

Ciudad y Municipio Maracaibo del Estado Zulia, República de Venezuela, América del Sur.

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NO PRETENDO SERMONEAR A MIS LECTORES en relación con la manera más apropiada de vivir la Semana Mayor o Semana Santa. Si la interpretación que pudiere atribuirle cualquiera se subsume en la categoría del sermón, es pura coincidencia. Lo que trato a través de esta cortas líneas es simplemente relatar como veo yo de manera particular la conducta asumida por la mayor parte de los habitantes de este país llamado Venezuela, y de gran parte de los países que integran el globo terráqueo, donde se conmemora la Semana más importante Del Año.

En Venezuela este periodo de recogimiento, de reflexión y de reencuentro con la vida, pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo, se ha transformado en un verdadero relajo y en la concreción de actividades que transitan por la vía del irrespeto, la vulgaridad, el libertinaje, el abuso, el consumo excesivo de licor, ello sin contar los episodios trágicos en los que se involucra de manera influyente el sexo, el placer, las desviaciones de todo tipo, el consumismo ilimitado, todo impregnado en una atmósfera licenciosa y en la que todos los que participan en aquella quieren satisfacer la realización de alguna actividad, algún deseo o apetencia de diversa naturaleza. No se salvan de esta enfermiza situación ni los ancianos ni los niños.

Podrá usted ver cómo niñitas son vestidas a la usanza de los adultos, con minúsculas prendas y bañadores de esos que suelen llamar hilos dentales. Realmente es una vergüenza tal conducta. Se influye de manera negativa en nuestros niños y desde la infancia se les “enseña” que mostrarse, exhibirse, mostrar la piel desnuda o alguna de sus partes “es normal”. Después vienen los lamentos, cuando se producen actos tan abominables como violaciones de niños, incluyendo la muerte de los mismos. Llegan algunos de estos irresponsables al extremo de culpar a Dios porque permitió que ocurrieran estos lamentables hechos. ¡VAYA CARADURISMO! Desplazamos nuestras culpas hacia Dios, haciéndolo responsable de nuestros errores, de nuestras debilidades, de nuestras transgresiones éticas y morales, en fin, de nuestra desobediencia a los preceptos que nos imponen las Sagradas Escrituras. No entendemos que si caminamos en la oscuridad, la consecuencia es que más temprano que tarde nos golpearemos con los obstáculos de nuestra existencia. En cambio quien camina en la luz nunca tropezará, siempre que se subordine sin límite a la orientación, dirección y protección de Dios.

La Semana Santa es un tiempo de gran reflexión y de acercamiento íntimo a Dios. Muy por el contrario la gente toma esta época del año para “descansar” bebiendo grandes cantidades de alcohol, desplazándose a playas, montañas, lagos, ríos para “disfrutar del asueto” y otros le dan rienda suelta al desenfreno drogándose, participando en actividades sexuales promiscuas y desviadas, como francachelas, ballet rosados, encerronas, orgías etc. Mientras tanto el Redentor, el Mesías, el Hijo de Dios, el Salvador, recibe más ofensas y agravios en esta semana que en cualquier otra del año. ¿Y nosotros? Muy bien ¡Gracias!

Por ello me pregunto: ¿La Semana Mayor es la semana mayor o la mayor semana del libertinaje, de la corrupción corporal, de la comisión de grandes ofensas al Señor o del desenfreno de quienes todavía no han querido tener un encuentro personal con Jesús?

Elevo a Dios Padre, a Dios hijo, a Dios Espíritu Santo, a nuestra virgen Madre María, y a todos los Santos, nos concedan la sabiduría y el discernimiento, para poder llevar una vida en santidad y gracia. Amen y amen…

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Oración: “Dame un corazón sano”.

Por Mervy Enrique González Fuenmayor.

Tomada de su versión original del miércoles 9 de julio de 1997.

Trasladada a la red el viernes 27 de marzo de 2009.

Ciudad y Municipio Maracaibo del Estado Zulia, República de Venezuela, América del Sur.

(Fragmentos elegidos de la sección: “MERVY GONZÁLEZ ESTÁ CONVERSANDO CON…” que formó parte de un programa radial en el que participó como conductor por espacio de cuatro años aproximadamente: 1996, 1997, 1998, 1999, que se trasmitía en una estación radioeléctrica ubicada en la ciudad de Maracaibo, Estado Zulia, República de Venezuela, América del Sur).

[CORAZÓN+DAME+UN+NUEVO+B.MEGF.JUEVES+26+MARZO+2009.468854864_0cb2024c42.jpg]


ORACIÓN —

Éstas son mis cuentas, Señor.

Mi corazón está de pie

y mi vida transcurre en el trabajo.

Mis manos tejen horas

a tu servicio y sin descanso.

Tuya es mi vida, Tú sólo mi salario.

Dame un corazón sano.

Guarda mi corazón

de levadura de maldad

y cámbialo sinceramente

en fermento de bondad.

Quiero en esta mañana

tan limpia y virginal

prometerte con fe

ser levadura de humildad.

Mis labios te confiesan ¡Oh! Señor.

Me gozo ante los ángeles del cielo

y ante los hombres de la tierra

de proclamar tu nombre, mi Señor,

con arpa y con salterio de alborada,

con platillos sonoros de montañas.

Que todos los momentos de este día

aplaudan a Jesús, el Salvador.

Te espero iluminado en el corazón,

te busco y te requiero

y espero con amor la boda.

Hoguera son mis ojos

y lenguas de deseos son mis manos.

¿Quien más amado que el amor

clavado en cruz y bautizado en sangre?.

Ven señor y termina ya la noche,

y brille tu fulgor al levantarme.

Amén y amén.



— APLICACIÓN A NUESTRA VIDA —


¡QUÉ MARAVILLOSO ES ESTAR EN LA PRESENCIA DEL SEÑOR Y CONVERSAR CON ÉL! Es un conjunto de emociones y sensaciones que toca lo mas profundo de nuestra alma. Platicar con el Señor es dejar todo en sus manos. Es glorificarle, es santificarle, es decirle: Señor Jesús estoy en tu presencia, límpiame y sáname. Es importante en este momento, hermano y hermana que me lees, saber que nuestra vida es un regalo de Dios y que debemos asumirla con todas las alegrías, pero también con las adversidades. Y ello nos lleva nuevamente a afirmar que debemos llevar la cruz que en justicia nos ha tocado en esta vida. Debes entender que la cruz es tu verdadera gloria. Señor Jesús, muerto en el madero de la cruz para darnos gloria y vida. A los ojos de la carne la cruz fue tu gran fracaso, tu tremenda derrota, sin embargo mirándote en la cruz con los ojos de tu Padre descubrimos que convertiste el madero infamante en árbol de gloria. Por la ignominia de la muerte conquistaste la vida, la reconquistaste. Por el paso patético de la cruz nos ganaste el gozo de la gloria. Por eso no consideramos a tu cruz como un instrumento de suplicio, sino como nuestra señal, como nuestro signo y ese signo no es de muerte, es de vida y victoria. Los apóstoles te predicaron crucificado, pero ellos quisieron mostrarte pagando un precio de redención, para obsequiarnos el fruto de ese pago cruento: la gloria de tu reino, que es el mismo reino de tu padre, Cristo sinónimo de vida, tu ya pasaste por la cruz, pero nosotros todavía debemos pasar por tu cruz, el Padre no te la ahorró. Pues bien, no es el discípulo mayor que su maestro. ¿Seremos capaces, hermanos y hermanas que me leen, de beber el cáliz que el Señor Jesús bebió? ¿Podremos atravesar su sacrificio, triunfantes como él? ¿Soportaremos la prueba para recibir la corona de vida que nos prometió Jesús a quienes le aman? ¿Nos alegraremos por la cruz, felices por compartirla o la rechazaremos como algo que se debe evitar? ¿Sabremos que tú fuiste Jesús, varón de dolores para que nosotros fuésemos gozosos beneficiarios del cielo? ¿Acaso me daré cuenta de que debo unirme a tu cruz para resucitar contigo? ¿Reconoceré que sin sangre no hay salvación y que mi felicidad tiene un precio: el de tu entrega en la cruz? Señor Jesús, dame la felicidad de saber que en la cruz reside tu gloria. ¡ÁNIMO!, ¡GOZO!, ¡ALEGRÍA!



— NOTA DEL AUTOR —

AMIGOS Y AMIGAS, esta oración con comentario incluido, forma parte de una larga lista de ellas y que movido por el Espíritu Santo, ofrendaba al Señor de Lunes a Viernes a las siete de la mañana, en un programa radial de opinión, en el que participaba en compañía de una periodista, en el cual mi persona le dedicaba tres minutos o más (dependiendo de la Producción y/o de Máster) a orar y analizar esa oración aplicándola a la cotidianidad de nuestra vida, de nuestros actos, de nuestras alegrías, tristezas, éxitos, fracasos, tragedias, tribulaciones, bonanza, prosperidad, bienestar, etc. Todo con la intención de establecer como verdad aquella según la cual Dios siempre está con nosotros, que todo lo que nos ocurre es para bien, que existe un plan o proyecto de salvación para cada uno de nosotros diseñado por el mismísimo Dios, cuyo cumplimiento, decisión y elección depende de ti. Así que —parafraseando la escritura bíblica— “DIOS NOS HIZO SIN NUESTRO CONSENTIMIENTO, PERO NO NOS SALVARÁ SIN QUE LE OFREZCAMOS ESE CONSENTIMIENTO”. Es decir, nuestro permiso y autorización. El Señor es un caballero, y estará siempre a las puertas de nuestro corazón, para que le abramos y que pueda entrar para guiar nuestra vida y ofrecernos su santidad, gozo, alegría, discernimiento, sabiduría, y sus infinitos dones espirituales y materiales.

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Artículo: ¿Acudir a los médicos para curarnos y tomar medicinas es contrario a la Biblia?

Por Mervy Enrique González Fuenmayor.

Redactado el domingo 22 de febrero de 2009.

Publicado en la Red el miércoles 25 de febrero de 2009.

Ciudad y Municipio Maracaibo del Estado Zulia. República de Venezuela. América del Sur.

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EL CONTENIDO DEL PRESENTE ARTÍCULO, más que un artículo propiamente dicho, constituye la presentación sistemática, coherente, orgánica, del resultado de un conjunto de investigaciones de mi autoría en las cuales, después de haber empleado largas horas de trabajo visitando las fuentes que me han servido para poner a consideración de mis lectores el siguiente trabajo, contienen las conclusiones a las que han llegado varios investigadores respecto del tema de la vinculación de la medicina con la teología y la relación de la ingesta de medicamentos y nuestra fe. Confieso que he tenido que batallar en esta presentación documental que hoy muestro, con voces muy autorizadas provenientes de la Psicología, de la Filosofía, de la Antropología a la Teología, la Sociología, la Doctrina Social de la Iglesia Católica, el Protestantismo, el Judaísmo, etc., opiniones que como ya he dicho tienen un peso específico elevado en el concierto del tema sobre la fe, la deidad, la religión, la creencia en Dios y otros temas vinculados con el Hombre y su sintonía con el Creador. No ha sido fácil. No obstante asumo de una vez mi criterio y posición, pues soy de los que piensan que la circunstancia de acudir a los médicos buscando la salud e ingiriendo el medicamento prescrito, sean drogas u otras especies curativas, no nos hacen mejores o peores cristianos. Antes por el contrario, ya el propio Dios a través de sus profetas y apóstoles nos sugiere —y en otros casos nos ordena— acudir al médico y someternos a sus tratamientos. No hay que olvidar que los médicos con seres humanos, son criaturas de Dios, son hijos de Dios, por ello también cumplen la gran misión de coadyuvar con Dios en llevarle y mantenerle la salud sus congéneres. A propósito de ello es prudente recordar el viejo adagio según el cual. “Dios dirige las manos y el discernimiento de los médicos en el ejercicio de su noble profesión”. Por ello cuando vamos al médico buscando la diagnosis de nuestra enfermedad y su sanación, esto no se traduce en la negación de nuestra fe o en la falta de creencia en Dios. Por el contrario incurriríamos en un pecado grave, como es no realizar lo que fuese necesario para salvar nuestra vida, que es un don y regalo de Dios, y ello sería como no ir al consultorio médico cuyo tratamiento ha sido probadamente eficiente y eficaz para la cura de los males que padecemos. De allí que ni es pecado, ni falta de fe, ni falta de amor o creencia en Dios, acudir al médico para curar nuestras enfermedades, ni mucho menos tomar los medicamentos que él nos prescribe. Los médicos son una bendición de Dios. De allí que debemos orar para que existan mayor cantidad de médicos, mayor cantidad de buenos médicos, mayor cantidad de buenos y santos médicos.

Pasemos lista entonces a las fuentes consultadas y al final encontraremos algunas líneas a manera de conclusiones:

Primera Parte: Antecedentes históricos sobre los aspectos de la fe, el médico y la medicina.


Planeta Médico


La Medicina en los textos sagrados

Los textos de la Biblia, sobre todo el Antiguo Testamento, y el Talmud ofrecen testimonios literarios importantes que marcan claramente las relaciones de aquel pueblo, el hebreo, con temas relacionados con la salud; sobre todo, cómo prevenirla y cómo tratarla.


Antiguo Testamento

Casi todo lo que realmente conocemos de la medicina hebrea se encuentra en el Levítico, tercer libro del Pentateuco.

Los hebreos en el período que abarca el Antiguo Testamento (S. XIII a II a. de C.) seguían creyendo, como los mesopotámicos, que la enfermedad estaba relacionada con un castigo divino, siendo la manifestación externa del pecado. También heredaron de la medicina asiria-babilónica la práctica del aislamiento de los impuros y, de alguna forma, la dedicación del sábado al descanso (un día de cada siete). Curiosamente, y por temor al maligno Séptimo Espíritu, los médicos en Mesopotamia no actuaban en los días divisibles por siete.

• Entre uno y otro pueblo, mesopotámico y hebreo, había, a pesar de estas similitudes, notables y esenciales diferencias. Los semitas, aunque admitían una causa sobrenatural para las enfermedades, no creían en la influencia de los malos espíritus o demonios. Jehová era el único administrador de la salud individual y colectiva. Por ello, la enfermedad, conceptuada según el Antiguo Testamento como instrumento providencial y castigo divino, ha condicionado la actitud colectiva frente a la terapéutica desde remotas fechas hasta el presente, tanto en los mundos judaico, cristiano e islámico. Dios era el médico del alma y del cuerpo. La actitud refractaria del judaísmo ante el médico en los tiempos precristianos estuvo condicionada por esta idea de la influencia divina. En consecuencia, no pudo desarrollarse una Medicina auténticamente judía.


“Y Yahvé dijo a Satanás, he aquí Job, está en tu mano; mas guarda su vida; entonces salió Satanás de la presencia de Yahvé e hirió a Job desde la planta del pie a la coronilla con una sarna maligna” (Job).

Dice así Moisés en el Antiguo Testamento (II, Éxodo, 15, 26): “Si de veras escuchas la voz de Yahvé, tu Dios, y haces lo que es recto a sus ojos, dando oídos a sus mandatos y guardando todos sus preceptos, no traeré sobre ti ninguna de las plagas que envié sobre los egipcios; porque Yo soy Yahvé, el que sana (Deuteronomio). “El que sana todas tus dolencias” (Salmos).

Pero son sobre todo las preocupaciones sanitarias las que quedan muy reflejadas en el Levítico, donde destacan las referentes a las condiciones higiénico-sanitarias del pueblo, haciendo referencia a la higiene personal y a ciertas normas preventivas: “No llevéis la cabeza desgreñada, ni rasguéis vuestros vestidos…cuando hayáis de entrar en la Tienda del Encuentro, no bebáis vino ni bebida que pueda embriagar, ni tú ni tus hijos…”

La normativa en cuestiones de alimentación se ve asimismo influenciada por motivaciones ‘divinas’, clasificándose los alimentos en puros e impuros, pero en razón, sobre todo de prohibiciones religiosas muy antiguas: “Es puro lo que puede acercarse a Dios, son por el contrario impuros los que pareciendo al hombre repugnantes o malos, se cree que desagradan a Dios” (J.A. Ubieta, 1975).

Por ello, aparecen claramente expuestas algunas reglas en materia de alimentación, que por ser sagradas, deben ser cumplidas scrupulosamente: “Yhavé habló a Moisés y a Aarón diciéndoles: Hablad a los israelitas y decidles: de entre los animales terrestres podréis comer… cualquier animal de pezuña partida, hendida en mitades y que rumia… pero no comeréis camello… ni liebre… ni cerdo. No comeréis su carne ni tocaréis sus cadáveres; serán impuros para vosotros”.

Según Lyons (1978), la prohibición de comer carne de cerdo se relacionó por la competitividad con el hombre en cuanto a la utilización del agua y el grano, lo que no ocurriría con el ganado vacuno y ovino que consume relativamente poca agua y mordisquea el forraje que no es comestible para el hombre”.

La prohibición de comer otros animales se extiende también a los que viven en las aguas: “De entre los animales que viven en las aguas, podréis comer estos: cuantos tienen aletas y escamas”. La prohibición se extiende a las aves: “No se podrán comer por ser abominación: el águila, el quebrantahuesos, toda clase de cuervos, el avestruz, la gaviota, la cigüeña, la abubilla y el murciélago”.
Asimismo, el concepto de contagio, presente en ambas culturas, era diferente. Para los hebreos no representaba un traslado del espíritu maligno del enfermo al sano, sino un signo de impureza espiritual por haber estado en contacto con el enfermo castigado por Dios. El concepto de contagio tiene un carácter simbólico y religioso: el alejamiento de todo lo que contamina al hombre y encarna la idea de pecado.

Hay varias citas en el Antiguo Testamento que relacionan de una u otra forma el pecado con la enfermedad: “El hijo de David y Betsabé enfermó gravemente y murió a causa del pecado de adulterio de sus padres”. “Los hermanos Moisés, María y Aarón, que fueron castigados con una enfermedad de la piel por murmurar contra Moisés” (Números).

Pero sí hay que resaltar que al aspecto punible de la enfermedad se le añaden otros significados de carácter constructivo espiritual, de obtención del perdón, de alabanza a Dios, convirtiéndose la enfermedad de esta forma en una experiencia que rebaja el orgullo del hombre y le acerca a su propia debilidad: “Bendice, alma mía, a Yahvé…Él es quien perdona todas tus iniquidades y sana todas tus dolencias” (Salmos).

Las normas de prevención en lo que afecta a la transmisión de la infección por contagio van más allá, teniendo algo que ver con el mundo de los muertos y el contacto con sus cuerpos: “El que levante alguno de sus cadáveres tendrá que lavar sus vestidos y quedará impuro cualquier objeto sobre el que caiga uno de sus cadáveres… ya sea un instrumento de madera, o un vestido, una piel, un saco o cualquier utensilio”. Se sigue observando la influencia que las connotaciones religiosas tienen sobre la Medicina y sus normas sanitarias.

En cuanto a las enfermedades que los hebreos padecían en aquellos tiempos, son numerosas en la Biblia las menciones a la lepra, enfermedad muy temida por miedo al contagio, temor que infundadamente ha llegado a nuestros días en forma de cabalístico maleficio. La enfermedad aparece citada muchas veces en el Levítico, aunque sí sabemos que la lepra era frecuentemente confundida en sus manifestaciones clínicas, y por tal podían entenderse otros procesos como psoriasis, diferentes tiñas o sífilis.

“Yahvé habló a Moisés y a Aarón diciendo: Cuando uno tenga en la piel de su carne tumor, erupción o mancha blancuzca brillante, y se forme en la piel de su carne como una llaga de lepra, será llevado al sacerdote… examinará la llaga… si el pelo en la llaga se ha vuelto blanco, y la llaga parece mas hundida que la piel de su carne, es llaga de lepra; le declarará impuro. Más si hay en la piel de su carne una mancha blancuzca brillante sin que parezca más hundida que la piel, y sin que el pelo se haya vuelto blanco, el sacerdote recluirá durante siete días. Pasados estos siete días, el sacerdote lo examinará nuevamente: si ve que la llaga ha perdido su color y no se ha extendido en la piel, el sacerdote lo declarará puro; no se trata más que de una erupción. Lavará sus vestidos y quedará puro”.

A lo largo de los textos bíblicos se relatan otras enfermedades que son muy bien apuntadas por el doctor Raúl García Pérez. Se nos habla de ataques epilépticos o accidentes vásculo-cerebrales (“La mano que había extendido contra él se le secó y ya no la pudo enderezar” -Reyes I-), de úlcera de Egipto que correspondería a la Leishmaniasis cutánea o botón de Oriente, de “carcoma de los huesos” refiriéndose a la osteomielitis, de “flujos” para definir las menorragias o leucorreas, de peste bubónica, tisis y muy variadas enfermedades de los ojos, desde cataratas a tracomas o diferentes tipos de ceguera.

La mujer puérpera y el fruto de su gestación también se veían afectados por los mandamientos religiosos. La mujer israelita que daba a luz en un taburete circular, ayudada por la comadrona, se convertía en “impura” por el hecho de parir, y más impura aún si había alumbrado una hembra: “Cuando una mujer conciba y tenga un hijo varón, quedará impura durante siete días… Mas, si da a luz una niña, durante dos semanas será impura…”

Los aspectos obstétricos y patológicos de carácter sexual también estaban contemplados en los textos bíblicos, que incurren una y otra vez en señalar la impureza que causan las enfermedades.

La actividad sexual en cuanto al concepto de pureza también comprometía, ya que si “padece flujo seminal es impuro a causa del flujo. En esto consiste la impureza causada por su flujo: sea que su cuerpo deje destilar el flujo, o lo retenga, es impuro, y no sólo su cuerpo quedaba impuro sino todo lecho…quien toque el lecho…quien toque el cuerpo del que padece flujo…lavará sus vestidos…El hombre que tenga derrame seminal lavará con agua todo su cuerpo y quedará impuro hasta la tarde. Si el que padece flujo sana de él, se contarán siete días para su purificación; después lavará sus vestidos, se bañará en agua viva y quedará puro. Cuando una mujer se acueste con un hombre, produciéndose efusión de semen, se bañarán ambos con agua y quedarán impuros hasta la tarde”.

También los métodos anticonceptivos aparecen en los textos sagrados. La manifestación escrita más antigua sobre un método de contracepción procede, ni más ni menos, que del Génesis (38: 8-10) y hace referencia al mandato que recibió Onán de procrear en su cuñada viuda, para asegurar de esta forma la sucesión de la tribu, mandato que él desobedeció al practicar con ella el método anticonceptivo más espontáneo y antiguo que existe, el coitus interruptus: “…pero Onán, sabiendo que la prole no sería suya, cuando entraba en la mujer de su hermano se derramaba en tierra. Por lo cual el Señor le hirió de muerte por acción tan detestable”.

Lo que no deja de tener tintes curiosamente cómicos es que el patronímico de Onán, que protagonizó, como queda dicho, el más famoso coitus interruptus bíblico, al beneficiarse por mandato paterno de su cuñada, ha sido utilizado a lo largo de la Historia para furtivamente denominar al onanismo, práctica sexual que nada tiene que ver, como es sabido, con la que, según el Génesis, practicó Onán.

Pero el papel del médico era muy discutido entonces, y lo fue durante muchos siglos, en cuanto a la eficacia de sus métodos. Incluso en la Biblia alternan las manifestaciones positivas y negativas sobre la práctica utilizada en sus curaciones.

Los médicos, según el Antiguo Testamento, debían pertenecer a la tribu sacerdotal de los Levitas y, bien porque el diagnóstico se basase exclusivamente en la inspección o por otras razones de componente religioso, no podían tratar a los enfermos en habitaciones oscuras o al anochecer o en días nublados, así como tampoco si tenían insuficiencias visuales. Generalmente entre los hebreos los médicos eran tenidos en gran estima. “Cuando te sientas enfermo implora a Dios y busca al médico, porque los hombres prudentes no desprecian los remedios de la tierra”.

El Libro del Eclesiástico (cap. 38) alaba a los médicos: “Atiende al médico antes de que lo necesites…pues del Altísimo tiene la ciencia de curar, y el rey le hace mercedes. Hijo mío, si caes enfermo…llama al médico porque el Señor lo creó y no le alejes de ti”.

Pero el diagnóstico de las enfermedades se basaba, sobre todo, en la inspección. Todo lo más, se completaba con el examen de la orina como medio de rutina para conocer el estado funcional de los riñones, habiendo espacio en los libros sagrados para regular las relaciones conyugales, la esterilidad, el trabajo y el descanso, la eliminación de basuras y excrementos, etc.

En su “Apología de médico” (XXXVIII, 1-4) Jesús, hijo de Sirach (también denominado el Eclesiástico), hace figurar al médico como instrumento de Dios: “Da al médico, por sus servicios, los honores que merece, que también a él le creó el Señor. Pues del Altísimo viene la curación, como una dádiva que del rey se recibe”.

La terapéutica en la Biblia hace referencia a variados remedios naturales, como la mandrágora, esencias y bálsamos. Son pocas, sin embargo, las menciones a prácticas quirúrgicas, excepción hecha de la circuncisión que se practicaba, como es sabido, más como motivo religioso que higiénico.

Entre las normas preventivas contra las enfermedades infecciosas, en las que dominaba la idea del contagio, resaltaba como actitud única el aislamiento del enfermo fuera de las ciudades, que no sólo se reservaba para los procesos cuarentenables, sino que lo sufrían también algunos enfermos afectos de psicosis: “Fue echado de entre los hombres -refiriéndose al rey Nabucodonosor- y comía hierba como los bueyes…” -Daniel-.

Porque si algo parca, por lo que sabemos, era la medicina semita en cuanto a la terapéutica farmacológica y quirúrgica, no lo era tanto en cuanto a lo que hoy llamamos medicina preventiva, que normas en este sentido habíalas y muy numerosas y bien reguladas. El Deuteronomio ya reseña que “todo guerrero debe llevar, entre sus armas, una estaca para cavar una fosa y cubrir sus excrementos”.

Son abundantes los consejos en esta misma línea de prevención, y los hay acerca de las relaciones sexuales en cuanto a su frecuencia, de los baños tras el coito y la menstruación, de los vestidos, de la vivienda, de las comidas, del lavado antes de ellas, de la cuarentena y de la fumigación de las casas.

El Talmud (siglo II a. de C. – IV d. de C.)

Su texto está notablemente influenciado por las culturas de aquellos otros pueblos con los que el judío se vio obligado a convivir (persa, babilonio, griego) durante el largo período de redacción de la obra (cinco o seis siglos).
Para los semitas, con arreglo al Talmud, la enfermedad está causada por demonios actuando a través del mal de ojo o la magia; demonios a veces especializados en determinados males, como los que originaban la rabia, la lepra, la locura o el crup. Sin embargo, cuando asimilaron las teorías helénicas, atribuían, como los griegos, las enfermedades a un desequilibrio de los cuatro humores orgánicos: flema, sangre, bilis amarilla y bilis negra.
Adquirió importancia entre los hebreos el examen anatómico postmorten, tanto de los animales sacrificados a Dios, con objeto de averiguar si estaban contaminados por gusanos, como los llevados a cabo en cadáveres humanos.

Se pensaba también que la carencia de sal podía producir enfermedades y que los males que afectaban a la médula espinal producían parálisis.

Por otra parte, se prohibía realizar la circuncisión a niños con antecedentes familiares de hemofilia.

En cuanto a las prácticas quirúrgicas, se describen técnicas generales para tratar heridas y luxaciones, describiendo el texto minuciosamente algunas intervenciones muy especializadas y de rara incidencia, como es el ano imperforado, cuya técnica quirúrgica se describe con minuciosidad.

Se describen otras muchas enfermedades, desde la rabia del perro al delirium tremens o el yerakon (de yerek = verde) para significar algún caso de ictericia o de anemia ferropénica.

Persistían, también, con todo su alcance las normas ya reseñadas de medicina preventiva del Antiguo Testamento: “La limpieza corporal lleva a la limpieza espiritual” (Avoda Zara en el Talmud de Jerusalén).

Aunque intervenciones menores eran practicadas por barberos o curanderos, el ejercicio médico estaba reservado a los rophe, médicos-cirujanos, con apoteca propia. Los sacerdotes tuvieron sus propios médicos del templo. Eran muy propensos a afecciones probablemente virales, condicionadas por el frío, a causa de los baños fríos, las ropas livianas y a caminar descalzos sobre las gélidas losas. También existían profesionales dedicados exclusivamente a intervenciones quirúrgicas, los uman.

Aunque criticados por algunos, los médicos generalmente eran respetados y en los libros sagrados se contemplan aspectos prácticos del ejercicio médico, como pueden ser sus honorarios. Léese en el segundo Libro de Moisés (Éxodo XXI, 18-19): “Si dos hombres riñen, y uno hiere a otro con una piedra o el puño, pero no muere, sino que después de guardar cama puede levantarse y andar por la calle, apoyado en su bastón, el que le hirió quedará exculpado, pero pagará el tiempo perdido y los gastos de curación completa”.

Muy demostrativa, en este sentido, es esta bella sentencia: “El Señor puso en la tierra medicinas, el varón prudente no las desdeña”.

No obstante, el judaísmo de los tiempos talmúdicos también evidenció escasa confianza en los médicos: “No vivas en una ciudad cuyo rector sea un médico… No bebas ningún medicamento. No te dejes arrancar ningún diente”.

Aunque en Alejandría, baluarte de la Medicina antigua, vivía una importante colonia donde trabajaban médicos judíos, la Medicina de Palestina permaneció libre de toda influencia. Las prácticas mágicas continuaron matizando acusadamente el quehacer de los médicos judíos. Cuando un fiel se sentía aquejado por alguna enfermedad, recurría preferentemente a los remedios religiosos: oraciones, votos o sacrificios.

Sin embargo, no perduraron con el paso del tiempo las recomendaciones médicas del Talmud, que fueron reemplazándose por otras concepciones donde no se tenía en cuenta el concepto mágico de enfermedad, que quedaba relegado a nivel de las medicinas populares.


Dr. Ángel Rodríguez Cabezas Miembro de la Asociación Española de Médicos Escritores y de la Sociedad Española de Historia de la Medicina

Segunda Parte: Una versión del Protestantismo sobre los medicamentos y el médico.

¿Es correcto visitar médicos y tomar medicinas? Esta pregunta ha levantado controversia entre algunos círculos de personas, pero según lo que la Palabra del Señor en 1 de Timoteo 5:22 donde dice: “No impongas con ligereza las manos a ninguno, ni participes en pecados ajenos. Consérvate puro”. Le esta dando consejo de no participar en pecados de conservarse puro, le esta dando consejo de santidad, y en el siguiente versículo dice: “Ya no bebas agua, sino usa un poco de vino por causa de tu estómago, y de tus frecuentes enfermedades”. Al parecer, Timoteo padecía de algunas enfermedades estomacales y el agua le caía mal; entonces Pablo le esta dando aquí un consejo medicinal. No le esta diciendo bebe vino para ponerte alegre o porque hay alguna fiesta, le esta diciendo que beba vino a causa de una enfermedad que tiene en el estómago que le esta molestando frecuentemente, aquí se ve el vino como una medicina. También recuerda que se cree, según los datos de la historia, que Lucas (uno de los discípulos de Jesús) era médico. Dentro de nuestro equipo, tengo médicos que nos ayudan a evaluar a las personas que quieren testificar que han sido sanas. Hay otra escritura que me agrada mucho y la aplico a este asunto. En Santiago 1:17 dice: “Toda buena dádiva y todo don perfecto descienden de lo alto”. En lo personal, yo creo que la medicina es una buena dádiva, así que no hay nada de malo en hacer uso de la medicina y de los doctores. Uno de los doctores que nos ayudan a examinar los testimonios, fue sano de diabetes en una de nuestras reuniones. Tenemos los exámenes médicos que demuestran como estaba antes y como esta ahora, para la buena honra y gloria de nuestro Señor. No piense que es pecado visitar un médico o tomar alguna medicina, pero tampoco permitas que eso ayude a que no ejerzas fe para recibir un milagro de sanidad.

(Tomado de la predica de Cash Luna).

A modo de conclusiones

1. NO ES ANTI-CRISTIANO ACUDIR AL MÉDICO PARA CURARNOS.

2. TOMAR MEDICAMENTOS NO DAÑA NUESTRA FE.

3. En Santiago 1:17 dice: “Toda buena dádiva y todo don perfecto descienden de lo alto”. En lo personal, yo creo que la medicina es una buena dádiva, así que no hay nada de malo en hacer uso de la medicina y de los doctores. 4.- LO QUE AFIRMA EL LIBRO DE ECLESIATICO Y SU RELACIÓN CON LOS MEDICOS Y LAS MEDICINAS : CAPÍTULO 38 Los buenos servicios del médico 38:1 Honra al médico por sus servicios, como corresponde, porque también a él lo ha creado el Señor. 38:2 La curación procede del Altísimo, y el médico recibe presentes del rey. 38:3 La ciencia del médico afianza su prestigio y él se gana la admiración de los grandes. 38:4 El Señor hizo brotar las plantas medicinales, y el hombre prudente no las desprecia. 38:5 ¿Acaso una rama no endulzó el agua, a fin de que se conocieran sus propiedades? 38:6 El Señor dio a los hombres la ciencia, para ser glorificado por sus maravillas. 38:7 Con esos remedios el médico cura y quita el dolor, y el farmacéutico prepara sus ungüentos. 38:8 Así, las obras del Señor no tienen fin, y de él viene la salud a la superficie de la tierra. 38:9 Si estás enfermo, hijo mío, no seas negligente, ruega al Señor, y él te sanará. 38:10 No incurras en falta, enmienda tu conducta y purifica tu corazón de todo pecado. 38:11 Ofrece el suave aroma y el memorial de harina, presenta una rica ofrenda, como si fuera la última. 38:12 Después, deja actuar al médico, porque el Señor lo creó (…).

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