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Vídeo Reflexivo: “Las exigencias de Jesús”.

Grabado el jueves 19 de marzo de 2009.

Trasladado a la red el domingo 05 de abril de 2009.

Comentario de Mervy Enrique González Fuenmayor

Ciudad y Municipio Maracaibo del Estado Zulia, República de Venezuela, América del Sur.

POR LO GENERAL MOLDEAMOS LA PALABRA DEL SEÑOR según nuestras propias conveniencias e intereses, pero lo cierto es que la Escritura Sagrada contiene mandatos y preceptos que deben ser cumplidos conforme a sus propias exigencias y no a las nuestras. De allí que a Dios no se le pueda “meter gato por liebre” y bien incautos, farsantes e insensatos seríamos si en efecto lo hiciésemos. Desafortunadamente un gran porcentaje de nuestra sociedad actúa de esa forma. Es por ello que la ausencia de Dios en nuestras vidas, la corrupción, la delincuencia, la prostitución, las guerras, las injusticias, la indolencia, los homicidios, las perversiones y demás conductas toxicas integran el marco de la existencia humana en la época presente.

Me permito, respetando los derechos de autor, transcribir las siguientes líneas, que reflejan el sentido de las exigencias que nos hace Jesús, contenidas en el Evangelio según San Lucas 9,57-62.

“Hoy en el mundo son millones los que nos decimos ser seguidores de Jesús y de su Causa; pero muchas veces cada uno interpreta y acomoda el mensaje de Jesús a su manera o de acuerdo a sus intereses. En el relato evangélico de hoy esto es muy claro. Nadie distinto de Jesús puede establecer las reglas del juego en el seguimiento de Jesús; solamente Él. Seguirlo equivale a conocer y aceptar el modo como debemos hacerlo. Sabemos que el seguimiento de Jesús, no fue ni es una realidad fácil. Es un camino que comporta consecuencias trascendentales para la vida y que muchas veces desemboca en un fin trágico, similar al de Jesús. No podemos declararnos sus seguidores si no nos confrontamos con el Evangelio y con las exigencias radicales que le siguen. Jesús, en la primera escena del relato (9, 57-56), pone de manifiesto la inseguridad que le espera a todo aquel que se disponga a seguirlo de verdad.

La segunda escena del relato (9, 59-60) nos presenta a uno que es llamado por Jesús, pero no es capaz de asumir la causa que Jesús le propone, porque los lazos de la carne y de la sangre son más fuertes. Para Jesús, el Reino de Dios es el absoluto de todo hombre y mujer y por lo tanto Dios no admite excusa alguna. Dios no es un agregado más a lo que el ser humano ya tiene o hace, sino el punto de partida para su existencia. Para Jesús, el seguimiento está relacionado con la vida, por eso hay que dejar atrás el mundo muerto, representado en la figura del padre que había muerto.

La tercera escena que nos presenta el evangelio (9, 61-62) se trata de un caso similar al anterior, pero en el que el hombre se presenta espontáneamente sin recibir una invitación explícita de Jesús. Este hombre pone una condición para poder seguirlo, pero Jesús la rechaza, porque sabe que el valor del Reino es mayor que el de cualquier relación existente en la historia. Jesús, no se opone al amor, a la familia, esto hay que entenderlo muy bien; Jesús, lo que deja bien en claro, es que no se puede anteponer nada, absolutamente nada, al valor del Reino”.

Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica).

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La Nota Corta: “Una elección importante: ¿Conocimiento o sabiduría?”

Por Mervy Enrique González Fuenmayor.

Publicada en la Red el miércoles 1 de abril de 2009.

Ciudad y Municipio Maracaibo del Estado Zulia, República de Venezuela, América del Sur.

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SOLICITARLE AL SEÑOR QUE NOS DÉ SABIDURÍA es un privilegio y un beneficio que hemos obtenido por el sacrificio de Jesús, pues si bien es cierto que por el pecado de un hombre entró la muerte a todos los hombres, también por el sacrificio limpio, puro, sin mancha, desde donde sale el sol hasta el ocaso, entró la gracia y el perdón, ese sacrificio de nuestro buen Jesús, que nos redimió tanto de las culpas pasadas, como de las presentes y también de las futuras. Todas esas razones nos llevan a afirmar que es muy importante la sabiduría en el ser y esa sabiduría no llega del conocimiento humano; la sabiduría es un tesoro que proviene de lo alto. No importa cuál sea tu situación, ve y pídele al Señor sabiduría, serenidad para aceptar aquellas cosas que no puedes cambiar; aunque tú hagas los esfuerzos que hagas, aunque tú proyectes y programes lo que a bien tengas, hay cosas que no podrás cambiar nunca. Pero entonces, también pídele al Señor que te dé valor, valor para cambiar aquéllas cosas que sí puedes cambiar. Pero todas estas invocaciones, imploraciones y solicitudes que le haces al Señor no serían válidas, no serían legítimas, si no le ruegas al Señor que te dé la sabiduría para distinguir entre aquellas cosas que no puedes cambiar y aquellas que sí puedes cambiar. Y en estas últimas, también debes rogar al Señor para que te dé la fuerza suficiente, el valor necesario, para emprender el cambio de esas cosas. A veces son realidades exteriores a nuestra vida, pero la mayor parte de ellas son realidades de nuestra interioridad. El cambio viene de dentro hacia fuera, no de fuera hacia dentro. Debemos cambiar nosotros mismos para poder obtener una transformación exterior y del mundo que nos rodea. Cambiar la pobreza en riqueza de espíritu, la injusticia en justicia, lo malo en lo bueno, lo oscuro en luz, el hambre en abundancia física y espiritual. El secreto de todo está en comprender el gran problema de la vida y la misión que a cada uno nos ha asignado el Hacedor Supremo. El problema de la vida lo conoces bien. Somos viajeros del tiempo que vamos camino a la eternidad. Dios nos ha dado a cada uno el tesoro inapreciable de la vida. Encerrando en la cárcel de un cuerpo de barro, la realidad de un espíritu inmortal. Nuestra misión, que llamaríamos interna, no puede entonces ser otra que la de cuidar y hermosear nuestra alma, la de purificarla, aquilatarla y llenarla de los supremos encantos del amor divino. La misión externa la debes deducir del medio ambiente en que te encuentras, del malestar social, familiar, que tu alrededor adviertas, de las necesidades morales o materiales que vayas palpando, y también de tus propias inclinaciones, actitudes y aptitudes para aliviar el mal de los demás, bien sea espiritual, religioso, moral o económico. Es necesario comprender las obligaciones que impone el precepto de Cristo de amarnos los unos a los otros. No somos partículas sin cohesión, dispersas y perdidas en la sociedad, sin obligaciones sociales. Somos células vivas de una sociedad en marcha, no podemos despreocuparnos de su mejoramiento ni de su bienestar, ya que éstos son el resultado lógico de la colaboración de todo el organismo, de cada una de sus partes y de cada una de sus células. Tu misión como cristiano debe ser, entonces, el apostolado de la verdad y del bien, la irradiación de la luz y de la belleza, de la bondad y del amor del divino Evangelio de Jesús. ¡Ánimo! ¡Gozo! ¡Alegría!

(Tomado parcialmente de GONZÁLEZ FUENMAYOR, Mervy Enrique. Oración “Espíritu de Sabiduría”. Venezuela. 2008. SPE/SPI [En línea] http://mervyster.blogspot.com).

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Artículo: Perezosos Mentales

Por Mervy Enrique González Fuenmayor.

Redactado el lunes 30 de marzo de 2009

Publicado en la Red el martes 31 de marzo de 2009

Ciudad y Municipio Maracaibo del Estado Zulia. República de Venezuela. América del Sur

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¿CUÁNTA GENTE HABRÁ VISTO, TRATADO Y/O ESCUCHADO USTED que solamente se expresa en términos, palabras y actuaciones negativas y derrotistas? Seguramente dirá que son muchísimas, y está en lo cierto, pues un porcentaje muy elevado de la población mundial vive en una continua y permanente sombra de ignorancia, apatía, fracaso y desesperanza. Han olvidado que son seres vivos, criaturas hechas a imagen y semejanza de Dios, que han nacido para ser prósperos, exitosos, triunfadores, para alcanzar cualquier meta o propósito que se hayan trazado. Los seres humanos están dotados de inteligencia, de capacidad mental, de facultades extraordinarias tanto sensoriales como extrasensoriales, para vencer cualquier obstáculo o adversidad. Por allí existe una máxima que repiten aquellos que utilizan su mejor esfuerzo para cumplir sus ideales: “QUERER ES PODER”. Aclaro que cuando utilizo el vocablo extrasensorial no necesariamente me estoy refiriendo a la parapsicología, al espiritismo, al esoterismo, a la cábala, al rosacrucismo, a la Nueva Era o a cualquier otra secta reñida con mi profesión de fe católica. A lo que me refiero son a los dones del Espíritu Santo: el don de ciencia, el don de la palabra, el don de piedad etc.

Tal como lo has leído… “SI LO QUIERES… LO PUEDES”. Lo primero que debes hacer es establecerte una meta o fin, algo que quisieras lograr: un titulo profesional, el triunfo o campeonato en algún deporte, ser un empresario próspero, ser un destacado sacerdote, distinguirte por tu solidaridad con los demás, el reconocimiento social por la justicia con la que actúas, ser auténtico seguidor de Cristo, alcanzar la presidencia u otro cargo político de importancia, ser un buen docente, profesor o maestro. Una vez que hayas delimitado tu aspiración, es tiempo entonces de realizar todas aquellas actividades tendentes a facilitar su logro. Es muy, pero muy importante el ejercicio de una facultad con la cual Dios nos dotó: la facultad de imaginar, de hacer representaciones mentales, de visualizar aquello que deseamos. Mientras más vívida sea la visualización mental, mientras más te vincules con ella, más deseos e inquietudes te sobrevendrán para materializarla. Hay que soñar despierto. Soñar despierto es vivir interna e intensamente lo que deseamos y queremos.
Pero siempre hay perezosos mentales que son incapaces de generar un sólo esfuerzo para alcanzar algo. Son como aquel personaje del chiste que se cuenta en mi ciudad de Maracaibo, que fue a buscar trabajo, el patrono le dijo que efectivamente contaba con una vacante y que debía comenzar desde ese mismo momento, a lo cual este personaje contestó: ¡EL TRABAJO QUE BUSCO NO ES PARA MÍ, SINO PARA MI HERMANO!. Aquí la pereza además de mental es física. Para ser un ciudadano digno, ejemplar, capaz y decente, se requiere en principio ser un buen cristiano, y además ejercitarnos con asiduidad en el gimnasio de la fe, de la esperanza y del esfuerzo.

A continuación tomo prestadas las siguientes líneas, tendentes a reforzar lo que ya expuse:


“LA EFICACIA DE LA ORACIÓN: ¿Por qué pedimos y no recibimos?


Dios no necesita que le expongamos nuestras necesidades, dice el Evangelio. “Bien sabe vuestro Padre lo que necesitáis” (Lc. 12, 30), pero en la práctica quiere que humildemente se las expongamos como si no las conociera; que le pidamos con fe (oración de corazón) y humildad todo cuanto necesitemos, pero dejando en Sus manos la solución.


En el Evangelio se dice que TODO CUANTO PIDIEREIS EN LA ORACIÓN. Observen que dice “Todo cuanto pidiereis en la oración, como tengáis fe de conseguirla, se os concederá” (Mc. 11, 24). Dos cosas son necesarias: 1º Fe y 2º No vacilar.


Muchas personas se preguntan: ¿por qué Dios no responde a nuestras oraciones? O en otras palabras: ¿por qué nuestra oración no es siempre eficaz, o por lo menos parece no serlo?


Entre los católicos, unos dicen que no somos oídos porque no oramos con la debida humildad; otros porque nos falta la perseverancia; otros porque no nos resignamos a la voluntad de Dios; y la verdadera razón, si no la única de que nuestra oración deje de ser eficaz, es pura y llanamente PORQUE ANDAMOS VACILANDO. Y esto no es opinión nuestra, es sentencia de Cristo: “En verdad os digo que, si tenéis fe y no andáis vacilando, no solamente haréis lo de la higuera, sino que, aun cuando digáis a ese monte, arráncate al mar, así lo hará, y todo cuanto pidiereis en la oración, si tenéis fe, lo alcanzaréis” (Mt. 21, 22)

Y a Sor Josefa Menéndez la reveló particularmente esta misma doctrina que estamos enseñando, al decirle: “Si vacilan, si dudan de Mí, no honran mi Corazón. Pero si esperan firmemente lo que me piden, sabiendo que sólo puedo negárselo si es conveniente al bien de su alma, entonces me glorifican”


Cristo no puso un límite ni a su omnipotencia ni a nuestra confianza. Dios quiere que le pidamos como a Padre, con entera confianza de hijos. Al Padre le toca discernir si las concede o no.


Basados en estos mismos principios de Fe y Esperanza, Santiago y Juan, los hijos del Zebedeo, le hicieron aquella famosa petición que tanto molestó al resto de los apóstoles. “Maestro, quisiéramos que nos concedieses TODO CUANTO TE PIDAMOS”. Y el Señor, sin reprenderlos en lo más mínimo por la palabra TODO, les preguntó: ¿Qué cosa deseáis que os conceda? Y cuando la oyó, les contestó: “No sabéis lo que pedís” (Mt. 20, 22). Sin embargo, a pesar de que “no sabían lo que pedían”, sacaron al final un asiento muy elevado en el reino de Dios: “Os sentaréis (les dijo a los doce) sobre doce sillas, juzgando a las doce tribus de Israel”. Y en la última cena, cuando instituyó la Eucaristía, el Sacramento del Amor, se sentaron uno a la derecha y el otro –según revelaciones de Anna Catalina Enmerich- a la izquierda.


Muy pocas personas hay en este mundo que, de una manera constante y ordinaria, sepan pedir lo que ellas mismas quieren en las diversas ocasiones de la vida. El andar vacilando de una cosa a otra es lo más común, y aunque en ocasiones tomemos una resolución que aun a nosotros mismos nos parezca definitiva, todavía pasa, con demasiada frecuencia que “llevamos la procesión por dentro” temiendo que hayamos hecho un disparate. Es el “no sabéis lo que pedís”. O dicho de otro modo: “vacilamos en nuestra oración”, pues algo nos dice en nuestro interior que esa petición estaba viciada de pasión o ambición personal desde la raíz.


¿Por qué Dios, decimos en ocasiones, no ha escuchado mi oración? Esto es lo que se llama el problema de la oración no respondida. Nuestra respuesta es la de Santiago: “Pedimos y no recibimos, porque pedimos mal” (St. 4. 3). Y pedimos mal, porque pedimos –entre otras cosas- sin la debida fe, y sobre todo porque andamos vacilando, amén de querer satisfacer nuestras pasiones poco ordenadas.

EN DIOS NO HAY EXCLUSIÓN DE PERSONAS


Cuando Jesús dijo: “Todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama se le abrirá” (Mt. 7, 8), no hizo exclusión de ninguno, fuera israelita, romano o cananeo; y así Cristo, admirando la fe de la mujer sirio fenicia (de religión pagana), le concedió inmediatamente lo que pedía, obrando un portento a favor, no de ella, que era la que creía, sino a favor de la hija (creyera o no), por la cual la madre, llena de fe, suplicaba.


Nadie puede considerarse excluido. Todo el que pide con fe, sin andar vacilando, recibe, aunque no sea cristiano, sea protestante, o sea un católico muy pecador. Queda, pues, echada por tierra la objeción de algunos: ¿Cómo voy yo a pedirle a Dios tal o cual cosa, si soy un desastre que le fallo a Dios constantemente?


Sobre estas almas, que por haber pecado se sienten alejadas del Señor, dice algo muy consolador el propio Jesús a Sor Josefa Menéndez: “Estas almas no me conocen; no han comprendido lo que es mi divino Corazón…porque precisamente sus miserias y sus faltas son las que inclinan hacia ellas mi Bondad. Si reconocen su impotencia y debilidad, si se humillan y vienen a Mí llenas de confianza, me glorifican mucho más que antes de haber caído”

Todos, por tanto, hombres y mujeres, justos y pecadores, católicos, protestantes, moros o judíos están incluidos en aquellas palabras de “el que pide, recibe”. Dios quiere que todos los hombres se salven, sean justos o pecadores, todos son obra de sus manos, y todo el que pide con fe, sin vacilar, le da Dios ampliamente y con generosidad. La eficacia de la oración está en razón directa de nuestra confianza.


Pero hacemos notar que no se trata de la confianza en la oración, sino de nuestra confianza en Dios. No hay que tener fe en nuestra fe, sino fe en Dios. Creer en la bondad de Dios Padre, que me ha prometido darme todo lo que necesite, si se lo pido sin vacilar. Pero el problema que se suele dar es que el que vive en pecado habitual, el que es consciente de estar separado de Dios por un concreto estado de pecado, y más aún si el pecado concreto es de caridad (odiar o sentir rencor por otros) influye en que disminuya su confianza, y que por tanto su oración sea ineficaz. Por eso el santo es el que más recibe, no porque sea santo, sino porque confía más que nosotros en el amor de Dios. Está más unido a Él y conoce bien su infinita Bondad y su deseo de dar.


“Por medio de la confianza obtendrán copiosísimas gracias para sí mismas y para otras almas. Quiero que profundicen esta verdad porque quiero que revelen los caracteres de mi Corazón a las pobres almas que no me conocen” (El Señor a Sor Josefa Menéndez)


Hay personas que afirman: Le he pedido a Dios que me diera dinero para poder atender a mi hijo que estaba muy enfermo y no me ha escuchado. Conclusión: Dios no me ha oído, luego no existe. Y desde entonces su confianza actual en Dios se ha reducido a cero.


NO SE HAGA MI VOLUNTAD, SINO LA TUYA


Si tú tienes la fortuna de saber de un modo cierto “lo que realmente quieres”, tendrás mucho adelantado al hacer tu oración, pues no andarás vacilando de una petición a otra.


Suponiendo que sepas lo que quieres, queda aún por averiguar: ¿Es esto lo que te conviene? Aquí entran de nuevo las vacilaciones. Cristo Nuestro Señor no se comprometió a darte siempre lo que más te conviniera, sino lo que le pidieras con confianza. Por ejemplo. San Francisco de Borja, antes de entrar a jesuita, rezaba por la salud de su esposa enferma con total confianza. El Señor se le apareció y le dijo: “Te concedo lo que me pides: la salud de tu esposa, pero te advierto que ni a ti ni a ella os conviene”. El santo entonces, aceptó con generosidad la voluntad de Dios y su esposa falleció a los pocos días. Por eso, cuando pedimos a Dios algo –sobre todo si es material o de orden natural- conviene que añadamos, al igual que San Francisco de Borja o el mismo Jesús en el Huerto de los Olivos, “no se haga mi voluntad, sino la tuya”. O bien: “Que se haga, Señor, como tu dispongas”.


Había un padre muy querido en una poderosa ciudad. Enfermó de tifus, y, a pesar de haberle dado la mejor asistencia, siendo asistido por los mejores médicos, su fin se acercaba irremisiblemente, en opinión de los facultativos. Pero fueron tantas y tan fervientes las oraciones que por su salud se hicieron, que finalmente sanó, siendo el caso considerado, por muchos, como milagroso. La oración había triunfado….Dos años más tarde moría en un sanatorio mental, presa de una locura espantosa… Una de las personas que más había rogado, nos decía compungida: “¡Cuánto mejor hubiera sido que muriera de tifus!”. (Cf. Padre Heredia. Pág. 91 Una fuente de Energía)


De aquí deducimos una cosa bien clara: si al orar no nos ponemos en las manos de Dios, diciéndole: “Hágase tu voluntad”, llevamos siempre las de perder, aun en el caso de que nos conceda lo que pidamos.


Sobre esto, en concreto, dice San Agustín:


<>. Luego –concluye San Agustín en uno de sus sermones- no siempre es bueno recibir lo que se pide.


Esto no quiere decir que no pidamos. Todo lo contrario. Hay que pedirle muchas cosas, todas las que necesites, pero mostrándole en esta petición, nuestro sincero deseo de que se cumpla sólo Su santa Voluntad, demostrando con este gesto lo mucho que nos fiamos de Él. La Voluntad de Dios es siempre lo mejor y el mayor bien para el hombre. Este ejercicio continuo de pedir y dejarnos en sus manos irá formando en nosotros el verdadero hábito de la oración y de la confianza. Y esto nos dará paz. Paz aun en medio de la tribulación, la enfermedad o la soledad. Hay personas que nunca tienen paz, porque no terminan de confiar en Dios, y porque creen que sólo si Dios les da lo que ellas creen bueno estarán contentas. Debemos, por tanto, acostumbrarnos a pedir y a depender después de Dios en nuestra petición, que es lo que Cristo nos enseñó de palabra y con el ejemplo.


Pero si, a pesar de todo, nosotros queremos hacer nuestra propia voluntad y continuamos pidiéndole a Dios lo que queremos, considerando que nuestra felicidad está en que me dé aquello y sólo aquello que yo interpreto como lo mejor para mí, puede ocurrir que Él, en algunas ocasiones, te lo conceda, pero…no te quejes después si el resultado no era como tú habías imaginado. Como dice el refrán: “Tú lo quisiste, fraile mostén; tú lo quisiste, tú te lo ten”(sic).

(por mariamensajera @ 14:41).

Finalmente hay que permitir que Dios entre en nuestra corazón, en nuestra mente y en nuestro espíritu, pero esa entrada debemos desearla, quererla sinceramente, espontáneamente, decisivamente, solamente así tendremos la seguridad de que el proyecto de salvación elaborado por Dios para nosotros se cumpla. ¡Ánimo! ¡Gozo! ¡Alegría!

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Vídeo Reflexivo: “Todos ansiamos la felicidad”.

Grabado el martes 30 de diciembre de 2008.

Trasladado a la red el domingo 25 de enero de 2009.

Comentario de Mervy Enrique González Fuenmayor.

Ciudad y Municipio Maracaibo del Estado Zulia, República de Venezuela, América del Sur.

HE AQUÍ ALGUNAS NOTAS que extraje de la Red, a propósito de nuestros deseos de alcanzar la felicidad:


HAZ USO DEL MAPA ADECUADO


Hay quienes van por la vida como autómatas, sin propósito ni dirección, y acaban metiéndose en callejones sin salida. No dejes que eso te pase a ti.
La Biblia es el mapa que ha guiado por el camino de la felicidad a gente de toda época y condición social.

Su lectura hace que la vida cobre sentido y color. Sigue sus instrucciones y no te perderás.

Un proverbio dice que “hay un camino que al hombre le parece derecho, pero su fin es camino de muerte”

Los buenos deseos no bastan para elegir bien. Debes seguir las indicaciones del mapa.

Jesús dice: “YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD, Y LA VIDA”.


PIENSA: YA ES HORA DE RECONOCER QUE PODEMOS ESTAR EQUIVOCADOS.

Ya es hora de que digas NO al egoísmo y a todo lo que te deshumaniza. Este es el momento de dar la vuelta. No es sensato que continúes en la dirección equivocada; la obstinación puede costarte la vida.


La Biblia dice que “la paga del pecado es la muerte, pero el don de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro”.


Pídele a Dios que te dirija. Haz esta sencilla oración: Señor Jesús, estoy perdido y necesito que me ayudes. Perdona mi rebeldía. Toma mi mano y guíame durante el resto de mi vida.


CAMINA


Empieza a caminar con Jesús.


La Biblia dice que el que se une a Jesús es una nueva persona; “las cosas viejas pasaron; he aquí, todas son hechas nuevas”


Ahora tienes la oportunidad de empezar una nueva vida. No importa lo que hayas sido antes. Dios ha borrado pasado y te ha hecho hijo suyo.

¡Enhorabuena! Te sugerimos que hagas lo siguiente:


Lee la Biblia. Empieza con el evangelio de Juan.


Habla con Dios diariamente como lo harías con un amigo. Eso es orar. La oración es el medio por el cual puedes cultivar tu relación personal con Dios.
Busca una iglesia en la que la Biblia sea la base absoluta de su fe, y Jesucristo el centro de su predicación.


1 Proverbios 14:12 2 Juan 14:6 3 Romanos 6:23 4 2ª Corintios 5:17

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