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Artículo: “¿Jesús Resucitó?”

Por Mervy Enrique González Fuenmayor.

Redactado y publicado el sábado 11 de abril de 2009

Ciudad y Municipio Maracaibo del Estado Zulia. República de Venezuela. América del Sur.


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NO SOLAMENTE LOS INCRÉDULOS sino también los creyentes —en algunas oportunidades—, han dudado de la resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Esto sucede cuando no se tiene una fe vigorosa, cuando no hay una verdadera conversión, cuando decimos que creemos en Dios, pero “por si acaso”, “de que vuelan… vuelan”, implicando tal afirmación la debilidad de nuestra fe y la creencia en más de un solo señor, creer en brujos, hechiceros, espiritistas, rosacruces, etc. Algunos han calificado a este tipo de personas como verdaderos positivistas, es decir, personas que creen únicamente en lo que ven y en aquello que puede ser probado. Son también —según afirman los expertos—, escépticos, que dudan de todo y no creen en nadie, no obstante que pudieran andar frecuentemente predicando incluso la Palabra de Dios, con la Biblia bajo el brazo, pero dudando de lo que predican y de la certeza de la Palabra del Señor.

Existe una expresión según la cual “la duda mata la fe”. Esta sentencia afecta la estructura, la base, el fundamento y los postulados supremos del cristianismo. La catolicidad, la doctrina cristiana, presumen la existencia de dogmas de fe, que deben aceptarse sin cuestionamientos. A nadie se le obliga a ser católico cristiano, y si aceptamos serlo, por ese sólo hecho debemos también aceptar los dogmas de fe. Dios nos concedió libre albedrío, libre arbitrio, la posibilidad de decidir, de escoger, de admitir cualquier idea, creencia, fe o inclinación. De allí la respuesta a la proliferación de las numerosas sectas que hoy invaden a la Humanidad. Hay “iglesias” para todos los gustos, colores y sabores. Muchos “pastores” de esas falsas iglesias, de esas sectas, manipulan, interpretan y acomodan la Palabra de Dios según su propia conveniencia, que en definitiva no es más que una conveniencia económica. La Humanidad, la Historia y la Sociedad, han dado cuenta de estas falsas doctrinas que terminan siempre con el descubrimiento de que las cabezas visibles de esas sectas son estafadores de oficio, engañadores, tramposos, embaucadores y personas que llevan una doble vida. Por supuesto deben hacerse excepciones, que son aquellas relacionadas con los individuos que realmente creen que su predicación es la que acertadamente se conforma al Texto Sagrado, aunque sabemos que están equivocados, porque Dios fundó una sola iglesia en la cabeza de Pedro, primer pontífice de la Iglesia Universal Católica Cristiana. Todas las demás “iglesias” son fundadas por hombres y en consecuencia no son verdaderas, ni legítimas, ni auténticas, ni mucho menos fundadas por Dios. De allí que haya de afirmarse de una manera categórica y precisa que la única iglesia documentada, acreditada y legitimada por las Santas Escrituras, es nuestra Santa Iglesia Católica.

La interrogante sobre la resurrección de nuestro Señor Jesucristo generalmente surge de individuos y personas que están alejadas de las enseñanzas del Señor, o aquellas que siendo creyentes poseen una fe débil y enclenque, además de no participar en su profesión de fe, están alejados del cumplimiento de los mandatos de Dios, no celebran la eucaristía de manera frecuente y cuando lo hacen, son o asumen la actitud de los convidados de piedra, de asistentes a una fiesta de la cual no participan, son aguafiestas, meros espectadores de la realidad circundante. Por otro lado se trata también de gentes que no escudriñan la Palabra de Dios, que no oran, que no se preocupan por conocer aún más de la grandeza, de la misericordia y del amor de nuestro buen Jesús, el Hijo de Dios. Son analfabetas bíblicos o analfabetas cristianos. Desconocen la importancia, la trascendencia y la necesidad de vincularse con la Palabra de Dios. Todas estas situaciones se combinan para dilatar, engrandecer y generar mayores dudas sobre la resurrección de Jesucristo.

Quienes se encuentren en esta situación, necesariamente no cuentan con una sólida base de cognición espiritual para sostener y defender en cualquier foro, lugar o rincón, la certeza, la firmeza, la categórica e irrefutable verdad sobre el hecho o situación de que Jesucristo resucitó al tercer día después de su muerte. Sin embargo, se podrá incluso carecer de los conocimientos bíblicos necesarios para creer en esa resurrección y aún así aceptar que la misma ocurrió, bastando para ello la tenencia o posesión de una fe firme, fuerte y resistente ante cualquier duda o contrariedad. Algo así como la fe de Moisés, de Pedro, de Job, del centurión romano, de Jairo, del paralítico, de Bartimeo, de Pablo, etc.

De manera que negar la resurrección de Jesucristo es una necedad y una posición que no resiste ni el más leve análisis. Jesucristo resucitó según las profecías. Dan cuenta de ello las apariciones que hizo después de su muerte. Así como las continuas investigaciones arqueológicas que se han venido desarrollando a lo largo de estos últimos 2000 años.

De seguidas transcribiré algunos párrafos extraídos de el libro “CIEN PREGUNTAS A LOS CATÓLICOS” del autor HERBERT MADINGER (Caracas Venezuela. Ediciones Paulinas. Págs. 136-138), que permitirán al lector adquirir algunas informaciones elementales sobre algunos hechos y circunstancias vinculados con la resurrección de nuestro señor Jesucristo.

“Tú te preguntas si hay realmente milagros. Sí, efectivamente ocurren milagros hechos por Cristo y su iglesia es una prueba de que Dios está actuando.

Jesucristo se remite en varias ocasiones a sus milagros: “si no hago las obras de mi Padre, no me creáis” (San Juan 10:37). “Las obras que Yo realizo dan testimonio de mi, que es el Padre quien me ha enviado” (San Juan 5:2.36). Estas obras de Cristo son auténticos milagros. Las curaciones a distancia, la resurrección de un muerto que llevaba ya cuatro días en el sepulcro, la multiplicación de los panes, etc. Son obras imposibles de realizar por un ser humano, pues los hombres no somos omnipotentes.


El milagro más decisivo y más importante de Cristo es su resurrección. La fe de la iglesia primitiva se basó especialmente en este milagro. La resurrección de Cristo de entre los muertos fue el tema esencial de la predicación en la comunidad primitiva cristiana. Las predicaciones de San Pedro y las cartas del apóstol San Pablo conservadas hasta el presente se remiten continuamente a la resurrección de Cristo. Los apóstoles casi consideraron como su verdadera misión dar testimonio de la resurrección de Cristo. Por esa razón en la elección del nuevo apóstol Matías exige San Pedro: “es pues necesario que de en medio de los varones que nos han acompañado durante todo el tiempo en que entre nosotros entró y salió el señor Jesús, se haga con nosotros testigo de su resurrección” (Hechos de los apóstoles 1: 22). Por ese testimonio ellos abrazaron también la muerte.

En su predicación San Pedro se remite de continuo a la resurrección de Jesús como prueba de que Cristo es realmente el Mesías. En el discurso de Pentecostés, en el interrogatorio ante el Sinedrio, en la instrucción para el bautismo de Cornelio, en la curación de un tullido de nacimiento, etc., San Pedro predica constantemente: “a quien Dios ha levantado de entre los muertos; de lo cual nosotros somos testigos” (Hechos de los Apóstoles 3:15).


Del mismo modo, las predicaciones San Pablo en Antioquia, Tesalónica, Atenas y Cesárea, reseñadas en los Hechos de los Apóstoles, pregonan continuamente la resurrección de entre los muertos. En su primera carta a los corintios, escrita en el año 56, San Pablo se remite incluso a 500 hermanos en Cristo a los que se les apareció el Señor repentinamente y Pablo escribió en aquella ocasión: “de los cuales la mayor parte viven hasta ahora” (primera carta a los corintios 15:6).


La Biblia describe con gran insistencia la muerte real de Jesús, su última exclamación, la lanzada abierta en su costado, para asegurarse de su muerte; el desprendimiento, la sepultura, la colocación de la losa sepulcral y la guardia del sepulcro.


DOCE APARICIONES DE JESÚS, DESPUÉS DE SU MUERTE, DOCUMENTADAS EN LA SANTA BIBLIA:


Total, la Biblia nos habla del 12 apariciones del resucitado:1.- A María Magdalena “el primer día de la semana” (domingo de la resurrección); 2.- A las mujeres que fueron a visitar el sepulcro; 3.- A los discípulos de Emaús; 4.- A Pedro el domingo de resurrección; 5.- A los once apóstoles reunidos en el cenáculo el día de la resurrección; 6.- A los discípulos en la reunión durante la cual San Pedro fue instituido pastor supremo del rebaño de discípulos —incluido Tomás—, ocho días después; 7.- La aparición junto al mar de Tiberíades; 8.- La aparición en el monte de Galilea, durante la cual Cristo transfigurado impartió la orden de la misión; 9.- Los últimos avisos del resucitado en Jerusalén 10.- La ascensión a los cielos ; 11.- La aparición a los 500 hermanos; Al Apóstol Santiago; y 12.- finalmente el Señor transfigurado se le apareció aún a Saulo delante, camino de Damasco.


Los apóstoles no eran hombres crédulos. Dudaron continuamente de los relatos de las personas a las que se había aparecido el Señor. Pero estos relatos aparecieron ante los ojos de ellos como un delirio, y no les dieron crédito (San Lucas 24: 11). “…pero tampoco a ellos les creyeron” (San Marcos 16: 13). Y cuando Jesús aparece repentinamente a sus discípulos, “ellos creían ver un espíritu” (San Lucas 24:37). Jesús tiene que comer y beber con sus Apóstoles, dejarse tocar por ellos y mostrarle su manos y sus pies antes de que ellos crean. Pese a todas éstas pruebas, Tomás duda aun: “si yo no veo en sus manos las marcas de los clavos, y no pongo mis manos en su costado, de ninguna manera creeré” (San Lucas 20:25). Ocho días después: “Alarga tu mano y métela en mi costado y no seas incrédulo, sino creyente” (San Lucas 20:27. Sólo podemos pedir al Dios que también nosotros podamos responder con Tomás en un modo cada vez más profundo: “¡Señor mío y Dios mío!” (San Juan 20:28).”

Termino con una frase extraída del Nuevo Testamento: “DICHOSOS AQUELLOS QUE CREEN EN MÍ SIN HABERME VISTO” ¡Ánimo! ¡Gozo! ¡Alegría!

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Vídeo Reflexivo: “Las exigencias de Jesús”.

Grabado el jueves 19 de marzo de 2009.

Trasladado a la red el domingo 05 de abril de 2009.

Comentario de Mervy Enrique González Fuenmayor

Ciudad y Municipio Maracaibo del Estado Zulia, República de Venezuela, América del Sur.

POR LO GENERAL MOLDEAMOS LA PALABRA DEL SEÑOR según nuestras propias conveniencias e intereses, pero lo cierto es que la Escritura Sagrada contiene mandatos y preceptos que deben ser cumplidos conforme a sus propias exigencias y no a las nuestras. De allí que a Dios no se le pueda “meter gato por liebre” y bien incautos, farsantes e insensatos seríamos si en efecto lo hiciésemos. Desafortunadamente un gran porcentaje de nuestra sociedad actúa de esa forma. Es por ello que la ausencia de Dios en nuestras vidas, la corrupción, la delincuencia, la prostitución, las guerras, las injusticias, la indolencia, los homicidios, las perversiones y demás conductas toxicas integran el marco de la existencia humana en la época presente.

Me permito, respetando los derechos de autor, transcribir las siguientes líneas, que reflejan el sentido de las exigencias que nos hace Jesús, contenidas en el Evangelio según San Lucas 9,57-62.

“Hoy en el mundo son millones los que nos decimos ser seguidores de Jesús y de su Causa; pero muchas veces cada uno interpreta y acomoda el mensaje de Jesús a su manera o de acuerdo a sus intereses. En el relato evangélico de hoy esto es muy claro. Nadie distinto de Jesús puede establecer las reglas del juego en el seguimiento de Jesús; solamente Él. Seguirlo equivale a conocer y aceptar el modo como debemos hacerlo. Sabemos que el seguimiento de Jesús, no fue ni es una realidad fácil. Es un camino que comporta consecuencias trascendentales para la vida y que muchas veces desemboca en un fin trágico, similar al de Jesús. No podemos declararnos sus seguidores si no nos confrontamos con el Evangelio y con las exigencias radicales que le siguen. Jesús, en la primera escena del relato (9, 57-56), pone de manifiesto la inseguridad que le espera a todo aquel que se disponga a seguirlo de verdad.

La segunda escena del relato (9, 59-60) nos presenta a uno que es llamado por Jesús, pero no es capaz de asumir la causa que Jesús le propone, porque los lazos de la carne y de la sangre son más fuertes. Para Jesús, el Reino de Dios es el absoluto de todo hombre y mujer y por lo tanto Dios no admite excusa alguna. Dios no es un agregado más a lo que el ser humano ya tiene o hace, sino el punto de partida para su existencia. Para Jesús, el seguimiento está relacionado con la vida, por eso hay que dejar atrás el mundo muerto, representado en la figura del padre que había muerto.

La tercera escena que nos presenta el evangelio (9, 61-62) se trata de un caso similar al anterior, pero en el que el hombre se presenta espontáneamente sin recibir una invitación explícita de Jesús. Este hombre pone una condición para poder seguirlo, pero Jesús la rechaza, porque sabe que el valor del Reino es mayor que el de cualquier relación existente en la historia. Jesús, no se opone al amor, a la familia, esto hay que entenderlo muy bien; Jesús, lo que deja bien en claro, es que no se puede anteponer nada, absolutamente nada, al valor del Reino”.

Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica).

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La Nota Corta: “Hablar con autoridad”

Por Mervy Enrique González Fuenmayor.

Redactada el sábado 28 de marzo de 2009.

Publicada en la Red el lunes 30 de marzo de 2009.

Ciudad y Municipio Maracaibo del Estado Zulia, República de Venezuela, América del Sur.

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UNA DE LAS CAUSAS POR LAS CUALES EL MUNDO NOS OBSERVA con desconfianza y hasta con cierta ironía y sorna, es la relacionada con nuestra doble moral, con la falta de autoridad con la que hablamos, actuamos y pensamos. No somos auténticos cristianos y mucho menos personas que se involucran con los problemas de la sociedad. Nos creemos terrenos aislados, compartimientos estancos desvinculados del entorno social, de la vida en común y de la humanidad. A propósito, y algunas veces por ignorancia, olvidamos que somos hijos de Dios, hermanos de Jesucristo y el tope de la creación de nuestro Señor. En la palabra de Dios, Jesús siempre habla con autoridad, autoridad que es capaz de resucitar a un muerto, sanar a un paralítico, hacer ver a un ciego, sanar a una hemorroisa, expulsar demonios y cualquier otro acto o milagro inimaginable. Así es el gran poder de Dios. Y ese poder, esa autoridad, también reside en nosotros, porque somos santos y porque el propio Jesús así se lo manifestó a sus discípulos. Nuestra palabra, al igual que la palabra del Señor, tiene poder. Lo que ocurre es que a veces le damos más importancia a las técnicas humanas que a nuestra propia fe y por ello los resultados no son siempre los que se desean. De allí que en algunos casos seamos el hazmerreír, con la agravante de que sometemos al entredicho la Palabra de Dios y su gran poder. Desconfiamos frecuentemente de la enseñanza que Dios nos legó por intermedio de sus profetas en el Viejo Testamento y las excelsas y sublimes contenidas en el Nuevo Testamento, procedentes del mismísimo Dios en la persona de Jesús. A tales efectos resulta de gran pertinencia traer a colación las palabras del Papa Pablo Sexto quien nos recuerda en su exhortación sobre la evangelización del mundo contemporáneo: “Tácitamente o a gritos pero siempre con fuerza se nos pregunta: ¿creen verdaderamente en lo que anuncian? ¿Viven en lo que creen? ¿Predican lo que viven? Hoy más que nunca el testimonio de la vida se ha convertido en una condición esencial con vistas a una eficacia real de la predicación. Sin andar con rodeos, podemos decir que en cierta medida nos hacemos responsables del evangelio que proclamamos” (números 76, siguientes).

No se trata entonces de referirnos al texto bíblico o a la palabra de Dios como un manantial de fuerza, de poder, de gracia, de misericordia, de piedad y de milagros. De lo que se trata realmente es de nuestra forma de conducirnos y de actuar en la sociedad. ¿Hasta qué punto somos auténticos cristianos atribuidos de la autoridad con la cual Cristo nos enseñó y delegó en nosotros tan extraordinaria facultad y poder? Se trata de nuestra ninguna o poca fidelidad o lealtad hacia el Señor y su palabra. Nuestros rasgos carnales y la debilidad de esa carne nos lleva a dudar de la fuerza, del poder, de la magnificencia, de la verdad y del extraordinario amor con el cual Dios se ha manifestado no solamente en obras, sino también en la persona del verbo encarnado, de su hijo amado: nuestro buen Jesús.

Es triste ver como depreciamos nuestra vida en asuntos banales, triviales, sin importancia y preñados de vacíos e insustancialidades. Todavía no nos hemos dado cuenta que Jesús vino para que construyamos el reino del amor a través del perdón, de nuestro sacrificio por el prójimo, por el poder de la autoridad que él representa y que nosotros estamos obligados a extenderla con nuestras iniciativas, con nuestra fe inquebrantable en su palabra, en su amor, en su fidelidad y en recordar siempre que Dios no miente y que siempre cumple lo que promete. En nuestras relaciones interpersonales debemos tener siempre presente que somos hijos de Dios y que como tal ha de ser nuestro comportamiento, nuestro proceder y nuestra actitud. De otro modo comprometemos peligrosamente de la fe de los demás e igualmente la firmeza, veracidad e imperatividad de los mandatos, preceptos y enseñanzas contenidas en la Santa Biblia. No queramos pasar a la historia de nuestro ciclo vital como desertores o traidores del Señor.

En conclusión se nos pide y se nos exige que hablemos con la autoridad que el Señor nos legó. Es demasiado trascendente e importante la misión que nosotros tenemos en la edificación del reino de Dios. En razón de ello debemos comportarnos de manera honesta, decente y cumplidora, no solamente de las obligaciones sociales, legales y terrenales, sino también subordinarnos a la preceptiva, designios, enseñanzas y mandatos expresados en el texto sagrado por boca de los profetas enviados por Dios y por la boca del mismísimo Jesús, el Verbo Encarnado, el Mesías, el Hijo amado de nuestro Señor.

Asumir el compromiso de ser cristiano va unido a la circunstancia de hablar con autoridad donde quiera que vayamos, y la tarjeta de presentación de la autoridad con la cual debemos proceder es la Palabra de Dios. No temamos cuando nos involucremos en las causas justas y en las cuales podemos arriesgar incluso nuestra propia vida. Es preferible mil veces que nos recuerden por haber muerto cuando interveníamos a favor del débil, del desprotegido o de una causa noble, que haber muerto cometiendo un hecho ilícito, haber abusado de nuestro prójimo, o haber cometido un pecado mortal. Tuya es la decisión, por lo tanto también tu futuro. ¡Ánimo! ¡Gozo! ¡Alegría!

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Vídeo Reflexivo: “Transformarnos y hacernos dignos”.

Grabado el jueves 19 de marzo de 2009.

Trasladado a la red el viernes 27 de marzo de 2009.

Comentario de Mervy Enrique González Fuenmayor

Ciudad y Municipio Maracaibo del Estado Zulia, República de Venezuela, América del Sur.

ENMENDARSE Y CORREGIRSE NO SON TAREA FÁCIL. Precisamente en la palabra del Señor, el Evangelio de San Mateo 4,12-18 se orienta en ese sentido al proclamar: “Enmiéndense que ya llega el reinado de Dios”. Y es aquí que resulta propicia la ocasión para insistir en la necesidad de renovarnos, de cambiar, de modificar nuestras actitudes y nuestras formas de percibir el mundo y la vida. Es el tiempo de desplazar toda esa podredumbre que hemos elevado a la categoría de tesoros y riquezas, como son la avaricia, la codicia, la fortuna mal habida, las perversiones, las engañifas, las falsas creencias, la vanidad, la envidia, la gula, las corruptelas de toda clase, las injusticias, las conductas adulteras, las fornicaciones, las borracheras, las lujurias etc. Ya San Pablo enseñaba que debíamos “transformarnos por la renovación de nuestra mente”. Es sencillamente edificarse en el hombre nuevo, dejando la indumentaria, el vestido de hombre viejo, manchado de omisiones, actitudes y conductas reprochables, para dar paso al hombre digno, noble, justo, amoroso y cumplidor de todos los asuntos de Dios.

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Vídeo Reflexivo: “Sanación del hijo del funcionario”.

Grabado el jueves 19 de marzo de 2009.

Trasladado a la red el jueves 26 de marzo de 2009.

Comentario de Mervy Enrique González Fuenmayor

Ciudad y Municipio Maracaibo del Estado Zulia, República de Venezuela, América del Sur.

CON MUCHA FRECUENCIA OLVIDAMOS que la palabra de Dios tiene poder y que si nosotros confiáramos más allá de cualquier duda en esta gran verdad, todos nuestros problemas resultarían resueltos, o en el peor de los casos minimizados, todo conforme al proyecto de salvación que Dios tiene particularmente para cada uno de nosotros. En el episodio bíblico que se narra en este vídeo, relacionado con la sanación del hijo del funcionario real, con marcada nitidez resalta la humildad y la fe con la cual este funcionario le pide a Jesús que sane a su hijo que está muriendo, y por otra parte destaca el gran poder del Hijo de Dios cuando le dice “ponte en camino, que tu hijo vive”. El hombre sin añadir más, se pone en camino y logra comprobar que su hijo mejoró en la hora en la que Jesús se lo manifestó. Ojala todos nosotros tengamos esa clase de fe, que no permite que la duda la impacte, la neutralice, la extinga. Es necesario volvernos hacia Dios, para reencontrar la sensatez, la prudencia, la justicia, la verdad, la paz, la alegría, que esta sociedad materialista y en decadencia ha proscrito.

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Vídeo Reflexivo: “Fuente de agua viva”.

Grabado el miércoles 4 de marzo de 2009.

Trasladado a la red el martes 24 de marzo de 2009.

Comentario de Mervy Enrique González Fuenmayor

Ciudad y Municipio Maracaibo del Estado Zulia, República de Venezuela, América del Sur.

“Los pueblos del Medio Oriente comprendían y comprenden mejor que nosotros el valor del agua. Además, es un tema tan frecuente en la literatura oriental y en la misma Biblia que ha llegado a convertirse en una realidad de alto simbolismo teológico y espiritual.

Se la señala como fuente y fuerza de vida. Sin ella, la tierra se vuelve un desierto, y los hombres y los animales se ven condenados a una muerte segura. También la Biblia habla de las aguas purificadoras que se utilizan para el uso doméstico, pero, sobre todo, para el culto del templo, donde el rito del baño y las abluciones reciben un significado sagrado.

Bástenos recordar las páginas de la creación, en las primeras líneas del Génesis. Allí el autor sagrado nos describe la obra de Dios Creador y menciona explícitamente la separación de las aguas para dar origen a la vida (Gn 1, 2.6-7). En el paraíso, el Señor Yahvé colocó un manantial de frescas aguas que regaba todo el jardín y lo llenaba de flores y de frutos hermosos (Gn 2, 10). Más tarde, las aguas del diluvio (Gn 7-8) y el paso de los israelitas por el mar Rojo (Ex 14) vinieron a ser como el símbolo del bautismo, que destruyen el pecado y dan origen a una nueva alianza de Dios con el hombre. Y cuando los hebreos estuvieron a punto de morir de sed en el desierto del Sinaí, Dios hizo brotar el agua de la roca en el Horeb (Ex 17, 1-7). Y Yahvé transformó para ellos aquella agua amarga e insalobre de Mará en un agua dulce y deliciosa (Ex 15, 22-27).

También los profetas vieron en el agua un símbolo de vida y como el cumplimiento de las promesas mesiánicas: “Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación” (Is 12, 3). Isaías repite una y otra vez al pueblo desesperanzado: “Los pobres y los menesterosos buscan el agua y no la hallan; su lengua está seca por la sed. Pero yo, Yahvé, haré brotar manantiales de agua fresca en las alturas peladas y fuentes en medio de los valles.Tornaré el desierto en estanque, y la tierra seca en corrientes de aguas” (Is 41, 17-18; 43, 18-21). “¡Oh vosotros los sedientos, venid a las aguas, aun los que no tenéis dinero!” (Is 55, 1).

Y el río de aguas frescas y medicinales que sale del nuevo templo, del que habla Ezequiel y el Apocalipsis del apóstol Juan, son como otro símbolo de la vida eterna que Dios nos ofrece (Ez 47, 1ss; Ap 22, 1-5).

Debido a la grandes carestías en Palestina, los israelitas hicieron la experiencia de recoger el agua de la lluvia en cisternas; si éstas estaban construidas sobre la roca, el agua se purificaba sola y se volvía fresca y potable. Pero aunque estuviera bien administrada, siempre se agotaba y su falta se convertía en una terrible amenaza. Por eso, un pozo era considerado como un gran tesoro, tanto más si se trataba de una fuente de “agua viva”, como el que dio Jacob a su familia, del que nos habla el Evangelio de hoy.

Aquella mujer samaritana tenía que acudir por necesidad todos los días, como tantísimos otros habitantes del lugar, a aquel pozo para poder saciar su sed, la de sus animales, y transportarla en cántaros a sus casas para sus usos domésticos.

Pero aquel día, de una forma totalmente insospechada, se encuentra con un judío junto al pozo. Y lo más extraño es que le dirige la palabra y le pide de beber. El evangelista tiene la atención de explicarnos que no se trataban los judíos y los samaritanos. Además, no era normal que una mujer le dirigiera la palabra a una mujer extranjera. Pero Jesús, como siempre, no se detiene ante las costumbres o tradiciones humanas cuando está en juego la salvación de las almas. Y, por eso, toma la iniciativa: “Dame de beber”.

La mujer, extrañada, responde a Jesús objetando su situación de mujer y de samaritana. Pero se sorprende aún más al escuchar la respuesta del Señor: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: ‘Dame de beber’, tú le pedirías a Él, y Él te daría a ti agua viva” (Jn 4, 10). ¿Cómo le puede dar agua viva este judío, si ni siquiera es suyo el pozo ni tiene cuerda para sacar el agua? ¿De dónde le puede venir a éste esa “agua viva”? Pero Jesús ya ha tocado su curiosidad. Y ya no parará hasta conquistar completamente la fe y el corazón de aquella mujer para Dios.

“Quien bebe de esta agua volverá a tener sed –prosigue Jesús—, pero el que beba del agua que yo le dé no tendrá jamás sed, pues el agua que yo le dé se hará en él una fuente que salte hasta la vida eterna” (Jn 4, 13-14). ¡Vaya! Esa promesa, si era cierta, sonaba bastante interesante. ¡Así se podría ahorrar tantas fatigas e incomodidades todos los días!… Y desde ahora comienzan a invertirse los papeles. Es ya la mujer la que pasa a pedirle a Jesús que le dé de esa agua.

Pero, ¿cuál era esa agua de la que hablaba Jesús? Ciertamente, Él estaba en otro plano superior. Y la respuesta nos la da el mismo Juan en unos capítulos más adelante de su evangelio: “El último día, el día grande de la fiesta, se detuvo Jesús y gritó, diciendo: ‘Quien tenga sed, que venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, torrentes de agua viva brotarán de su seno’. Esto lo dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyeran en Él” (Jn 7, 37-39).

Esa agua es la que brotó del costado traspasado de nuestro Salvador, una vez que “entregó el Espíritu” sobre la cruz: “llegando a Jesús, no le rompieron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó con su lanza el costado, y al instante salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero; él sabe que dice la verdad para que vosotros creáis” (Jn 19, 33-35).

Esa agua viva, pues, es el Espíritu Santo, la fe en Jesucristo, la vida eterna y la gracia santificante que brota de su pasión, muerte y resurrección, y que nos comunica a través de los sacramentos de la Iglesia. ¡Acerquémonos a esta fuente de aguas vivas y saciemos nuestra sed con el don que Jesucristo nos ofrece en su Iglesia “.

(Tomado de http://www.catholic.net).

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La Nota Corta: “Algunos falsos cristianos”.

Por Mervy Enrique González Fuenmayor.

Redactada el miércoles 18 de marzo de 2009.

Publicada en la Red el martes 24 de marzo de 2009.

Ciudad y Municipio Maracaibo del Estado Zulia, República de Venezuela, América del Sur.

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EN LA PALABRA DE MATEO en su Capítulo 7 versos 15 al 20, el Señor nos dice: tengan cuidado de los falsos profetas que se presentan cubiertos de pieles de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces, por sus frutos los reconocerán. ¿Acaso se recogen uvas de los d espinos e higos de los cardos? Así, todo árbol bueno produce frutos buenos y todo árbol malo produce frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos. Al árbol que no produce frutos buenos se le corta y se le echa al fuego, por sus frutos, entonces, lo reconoceréis. Esta es la palabra del Señor y en ella se encierra una gran enseñanza: el verdadero cristiano es un árbol que produce frutos. Hay cristianos falsos que ocupan terrenos inútilmente, son parásitos de los demás, no han descubierto para qué los creó Dios. Cada ser humano es una obra pensada por el creador y debe cumplir su misión, debe dar frutos, por su frutos los conoceréis. Porque hay frutos buenos y frutos malos. Hay quienes alimentando intereses egoístas se afirman en el dinero y en sus ganancias, en el sexo y sus placeres, en el poder y sus privilegios, aquí, los frutos son destructivos del hombre, porque no alimentan su trascendencia sino el momento presente. Estos frutos, hermanos y hermanas, no son los que Dios espera, porque Cristo nos enseña que estamos aquí para reconstruir lo dañado y presentarlo a Dios. Estamos aquí para aplicar la redención a los hombres de nuestros tiempos enseñando a vivir la fe que se expresa en la caridad, creando unidad fraternal bajo la paternidad de Dios, construyendo un reino que sacia plenamente las ansias de felicidad del genero humano. Estos son los frutos que Dios espera. Estos son los frutos de los verdaderos cristianos. ¡ÁNIMO! ¡GOZO! ¡ALEGRÍA!

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