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Artículo: “Domingo de Resurrección”

Por Alejandro Morales-Loaiza

Redactado y publicado originalmente el domingo 23 de marzo de 2008

Republicado especialmente para “Conversando con Dios” el domingo 12 de abril de 2009.

Ciudad y Municipio Maracaibo del Estado Zulia. República de Venezuela. América del Sur.


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“Al tercer día resucitó entre los muertos…”

EL DÍA DE HOY, QUERIDO LECTOR, aprovecho de llegar a usted en un tiempo que representa el gozo y la alegría más grande de toda la tradición cristiana: La resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Este suceso brinda el testimonio fiel de la misericordia de Aquel que, preexistiendo divinamente a todo lo creado, se hizo hombre, padeció y murió dentro de la más pura manifestación de amor por los seres humanos; hoy, día en que se conmemora un año más de su triunfo sobre la muerte, nos llama vivamente a seguir su ejemplo con base en nuestra propia Pasión.

Adivinará pronto la vista inteligente que esta reflexión no va a dirigida principalmente a aquellos que en buen aprovechamiento de su tiempo de descanso se dedicaron a la decadencia y la depravación típica de la temporada de Pascua, relegándose a asistir a la Santa Eucaristía por una tradición que quizá vuelva para ellos en el mes de diciembre. Es así que he querido hacer llegar mis letras con mayor énfasis a aquellos que, aún sin saberlo, tuvieron su propia semana de padecimiento y muerte espiritual y que hoy desde las profundidades esperan por una resurrección que les devuelva la tan anhelada paz a su menguada existencia.

Sí, usted que pasó cada momento de esta semana en un permanente ir y venir del pensamiento sobre la vida, la muerte y el porvenir, usted que estuvo dudando sobre si vale o no la pena conmemorar algo que sucedió hace más de dos mil años, usted que en varias oportunidades se dijo “Si existe alguien allá arriba de seguro me odia”, ¿habrá quedado ciego ante su propia Pasión? ¿Continuará de tal modo su preocupación por la existencia terrenal que hará que ignore la esperanza de una resurrección a toda muerte, de un alivio a todo dolor y de un remedio a todo mal? ¡Cuánto nos cuesta asumir las promesas de nuestro Señor Jesucristo en los momentos de crisis!

Ahora le pido que se detenga un momento y reflexione sobre la semana, sobre su propia semana de Pasión, esa semana que quizá duró meses o incluso años, y dígame ¿no merecemos acaso salir del tiempo de tribulación para gozar en Cristo una resurrección espiritual? Analicemos sinceramente y procuremos no engañarnos, ya bien dice mi querido amigo el Doctor Mervy Enrique González Fuenmayor que “también hay quien salta del Domingo de Ramos al Domingo de Resurrección sin pasar por la Pasión”; están con el resucitado pero no estuvieron con el crucificado, todo dentro del pensamiento humano de evitar a toda costa el sufrimiento. (Seguro estoy que, aunque la salud al Doc le trató duramente en los días precedentes, el día de mañana se reirá conmigo de aquello por lo que pasó).

Si bien mi mensaje clama por que abra usted su espíritu a ataviarse con la vestidura del Hombre Nuevo de la que habló San Pablo dejando atrás los momentos aciagos, procuro en él no despreciar al sufrimiento ni al dolor por considerarles un camino muy necesario a la reconversión cristiana. Tanto como el dolor -biológicamente considerado-, cumple con la función de informarnos de que algo no va bien con nuestro cuerpo, el padecimiento espiritual nos recuerda que debemos retomar las riendas de nuestra vida y hacer ese cambio que, a manera de aliciente o medicina nos cicatrice la herida sangrante que no nos deja continuar con buen pie. Considere lo que sería del ser humano si fuese totalmente incapaz de sentir dolor ¿Cuántos de nosotros no moriríamos de una simple congestión estomacal? Es así que Dios permite que el dolor exista para algo bueno: y esto es para que no muramos en la carrera por alcanzar la vida eterna. Recordando a Cristo en el Evangelio según San Mateo “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde la vida? ¿O cuánto podrá pagar el hombre por su vida?” Sería totalmente nuestro el mundo si no tuviésemos dolores ni padecimientos, pero ello nos condenaría a una muerte segura.

Si en algún momento de su vida piensa que la cruz que carga es muy grande, tómela sobre su hombro y condúzcase con la fe que le hará ver que en su tribulación sigue al Maestro, y que todo el que se crucifica con Él, de corazón, como lo hizo el ladrón arrepentido, recibirá una pronta resurrección y la vida eterna. Dése la oportunidad de sufrir, dése la oportunidad de reflexionar, pero dése también la oportunidad de resucitar a través de la misericordia y el perdón.

Finalmente, mi muy querido lector, pido a Dios Padre Todopoderoso, a nuestro Señor Jesucristo, a nuestro Espíritu Santo y con la intercesión de la bienaventurada virgen madre María, que con su bendición nos permitan despertar a la renovación espiritual en la esperanza de la vida eterna. Amén y Amén.

ADDENDUM – Comentario de Mervy Enrique González Fuenmayor.

“Estas reflexiones expresadas por el colega, amigo y dilecto discípulo: abogado Alejandro René Morales Loaiza, constituyen un verdadero aporte a la interpretación correcta del significado de la Semana Mayor, conocida también como Semana Santa. Se explanan en este artículo: “DOMINGO DE RESURRECCIÓN” con profundo y certero tino las diversas aristas de este tiempo de conversión o reconversión —según sea la hipótesis de la persona que se encuentra prisionera de sus disyuntivas, o de la vorágine que genera el mundanal ruido—, y que apuntan hacia una percepción totalmente distinta a la que hoy se tiene del cómo vivir este tiempo, considerado uno de los más importantes, dentro del ritual católico. Felicito al distinguido colega Morales Loaiza por su congruente, acertado —y por demás conforme a las precisiones teológicas—, examen, análisis y conclusiones sobre su apreciación del estado degenerativo en que se encuentra la sociedad actual respecto de los valores tradicionales, trascendentales y más puros del ser humano. Del mismo modo me permito testimoniarle mi felicitación por la claridad con la cual desarrolla los aspectos bíblicos del tema. ¡Avanti caro amico!

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La Nota Corta: “Semana Santa… non sancta”.

Por Mervy Enrique González Fuenmayor.

Redactada el miércoles 8 de abril de 2009

Publicada en la Red el viernes 10 de abril de 2009.

Ciudad y Municipio Maracaibo del Estado Zulia, República de Venezuela, América del Sur.

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NO PRETENDO SERMONEAR A MIS LECTORES en relación con la manera más apropiada de vivir la Semana Mayor o Semana Santa. Si la interpretación que pudiere atribuirle cualquiera se subsume en la categoría del sermón, es pura coincidencia. Lo que trato a través de esta cortas líneas es simplemente relatar como veo yo de manera particular la conducta asumida por la mayor parte de los habitantes de este país llamado Venezuela, y de gran parte de los países que integran el globo terráqueo, donde se conmemora la Semana más importante Del Año.

En Venezuela este periodo de recogimiento, de reflexión y de reencuentro con la vida, pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo, se ha transformado en un verdadero relajo y en la concreción de actividades que transitan por la vía del irrespeto, la vulgaridad, el libertinaje, el abuso, el consumo excesivo de licor, ello sin contar los episodios trágicos en los que se involucra de manera influyente el sexo, el placer, las desviaciones de todo tipo, el consumismo ilimitado, todo impregnado en una atmósfera licenciosa y en la que todos los que participan en aquella quieren satisfacer la realización de alguna actividad, algún deseo o apetencia de diversa naturaleza. No se salvan de esta enfermiza situación ni los ancianos ni los niños.

Podrá usted ver cómo niñitas son vestidas a la usanza de los adultos, con minúsculas prendas y bañadores de esos que suelen llamar hilos dentales. Realmente es una vergüenza tal conducta. Se influye de manera negativa en nuestros niños y desde la infancia se les “enseña” que mostrarse, exhibirse, mostrar la piel desnuda o alguna de sus partes “es normal”. Después vienen los lamentos, cuando se producen actos tan abominables como violaciones de niños, incluyendo la muerte de los mismos. Llegan algunos de estos irresponsables al extremo de culpar a Dios porque permitió que ocurrieran estos lamentables hechos. ¡VAYA CARADURISMO! Desplazamos nuestras culpas hacia Dios, haciéndolo responsable de nuestros errores, de nuestras debilidades, de nuestras transgresiones éticas y morales, en fin, de nuestra desobediencia a los preceptos que nos imponen las Sagradas Escrituras. No entendemos que si caminamos en la oscuridad, la consecuencia es que más temprano que tarde nos golpearemos con los obstáculos de nuestra existencia. En cambio quien camina en la luz nunca tropezará, siempre que se subordine sin límite a la orientación, dirección y protección de Dios.

La Semana Santa es un tiempo de gran reflexión y de acercamiento íntimo a Dios. Muy por el contrario la gente toma esta época del año para “descansar” bebiendo grandes cantidades de alcohol, desplazándose a playas, montañas, lagos, ríos para “disfrutar del asueto” y otros le dan rienda suelta al desenfreno drogándose, participando en actividades sexuales promiscuas y desviadas, como francachelas, ballet rosados, encerronas, orgías etc. Mientras tanto el Redentor, el Mesías, el Hijo de Dios, el Salvador, recibe más ofensas y agravios en esta semana que en cualquier otra del año. ¿Y nosotros? Muy bien ¡Gracias!

Por ello me pregunto: ¿La Semana Mayor es la semana mayor o la mayor semana del libertinaje, de la corrupción corporal, de la comisión de grandes ofensas al Señor o del desenfreno de quienes todavía no han querido tener un encuentro personal con Jesús?

Elevo a Dios Padre, a Dios hijo, a Dios Espíritu Santo, a nuestra virgen Madre María, y a todos los Santos, nos concedan la sabiduría y el discernimiento, para poder llevar una vida en santidad y gracia. Amen y amen…

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Vídeo Reflexivo: “La Buena Noticia del Reino”.

Grabado el viernes 08 de enero de 2009.

Trasladado a la red el martes 10 de febrero de 2009.

Comentario de Mervy Enrique González Fuenmayor

Ciudad y Municipio Maracaibo del Estado Zulia, República de Venezuela, América del Sur.

EL TEXTO BÍBLICO QUE ME HA SERVIDO para la difusión de este vídeo reflexivo es extraído del evangelio según San Marcos en su Capítulo primero, versículos 14 al 15 y cuyo tenor es el siguiente: “cuando entregaron a Juan, Jesús se fue a Galilea, a proclamar de parte de Dios la Buena Noticia. Decía: se ha cumplido el plazo, ya llega el reinado de Dios. Enmiéndense y tengan fe en esta Buena Noticia”. Observemos que en ese texto, según la inspiración que me ofrece el Espíritu Santo, resaltan dos situaciones: la primera de ellas tiene que ver con la llegada del reinado de Dios. Es el Reino de la verdad, de la justicia, de la caridad, de la solidaridad, de la luz, del amor. Hacia ese reino deben ir orientados todos nuestros esfuerzos, conductas y actitudes. Enmendarse es poner en práctica nuestro firme propósito de cambiar, de modificar nuestras conductas, nuestros patrones de vida, nuestros valores, nuestras conductas pecaminosas, hacer un alto definitivo a la búsqueda de metas, propósitos y objetivos que pudieren estar reñidos con la moral, con lo espiritual, con las cosas que le agradan al Señor. En definitiva, de lo que se trata es de arrepentirnos y dejar a un lado el libertinaje sexual, el uso de las drogas, los placeres mundanos, la explotación del Hombre por el Hombre, la cultura de la muerte, los antivalores etc. Como dice el apóstol San Pablo: “transformaos por la renovación de vuestra mente”, lo que traduce en asumir el cambio y aceptar y practicar las conductas, actitudes, ideas y pensamientos conformes a la justicia, a la verdad, a la solidaridad, a la caridad, al bien común, al respeto incondicional por los designios del Señor y un amor profundo también sin límites a Dios y a su doctrina. Es doblegarse totalmente ante el Señor, postrarse ante Él, requerir su auxilio y orientación en todas las acciones que debamos acometer en esta vida. Pero enmendarse también es arrepentirse y mostrar un corazón contrito, con la expresión sincera de no querer pecar nuevamente. De seguidas transcribiré un párrafo de mi autoría contenidos en la oración: “TRABAJAR CON DIOS Y EN DIOS”, cuyo pie de imprenta se señala al final de la cita. Quiera Dios y nuestra virgen madre Santísima María, pueda ser de utilidad para aquellos que lo necesitan:


“ESTAR EN LA PRESENCIA DEL SEÑOR y sostener con Él un diálogo marcado por el amor, la misericordia y la comprensión, nos llena de infinitas emociones e igualmente nos compromete a llevar una vida pletórica de justicia, de paz y de mucho amor. Pero también, hermano y hermana que me lees en este momento, es necesario asumir el compromiso de trabajar. Y cuando se habla de trabajo no necesariamente debemos referirnos a una actividad manual. Porque el trabajo tiene diferentes dimensiones, el trabajo manual es el trabajo que se ve, es el trabajo que puede medirse. Pero hay otro trabajo que no puede verse en lo inmediato, que es el trabajar en Dios y con Dios. Que se traduce en una actitud. En la actitud de comprensión, en una actitud de solidaridad con los hermanos, trabajar en Dios y con Dios no es únicamente cumplir con el deber de realizar una actividad para que de ello obtengamos el alimento necesario para la satisfacción de nuestras necesidades y de las necesidades de nuestra familia. Trabajar es más que eso, hermano y hermana, trabajar en Dios y con Dios, además de esa actividad remunerativa, es abrirnos de cuerpo, mente y corazón, para entender la problemática del mundo, para entender las causas de las injusticias que reinan en la sociedad, para entender el por qué existen ancianos y niños desprotegidos. El por qué no tenemos una justicia realmente justa. El por qué suceden acontecimientos que no tienen explicación, los homicidios, las violaciones, el genocidio de los países del tercer mundo. Todo ello nos compromete entonces a trabajar fuertemente en Dios y con Dios, aunado a la tarea cotidiana, la tarea del cristiano que es evangelizar, llevar la Palabra hasta el último confín del mundo y al mismo tiempo atesorar esa Palabra para ser nosotros mismos personas más buenas, más justas, personas más libres. Porque la Palabra del Señor libera. Así podrás encontrar, hermano y hermana que me lees en esta reflexión, el tesoro oculto. A Dios le buscamos demasiado fuera, le buscamos por las calles, cuando Él se encuentra en casa, le quieres encontrar en los libros y está en tu corazón. Queremos buscarle en la armonía de los cielos y no sabemos hallarlo en los pliegues de nuestro espíritu. ¡Oh! si supiéramos conocerle, si supiéramos hallarle en los secretos del corazón, ¡como gozaríamos! Es el tesoro oculto. ¡Cuán pocos saben encontrarlo! Él quizás les está hablando y porque hay mucho ruido a su alrededor, no aciertan a oírle. Se comunica tan suavemente. Quizás te está pidiendo a estas horas que le escuches, que entres en tu interior donde el está. Ama el silencio, el recogimiento y llegarás a encontrarle y comprenderlo. Es tan dulce. Es el espíritu y el espíritu no se le puede escuchar cuando es muy grande la inquietud de los sentidos. No quieras, hermano y hermana, buscar a Dios demasiado fuera de ti mismo. Esfuérzate por entrar en tu alma y encontrarás en ella todo el encanto de sus secretos divinos y encontrarás a Dios que es sublimidad, es espíritu, es amor y es justicia ¡ÁNIMO! ¡GOZO! ¡ALEGRÍA!.”

(Tomado de GONZÁLEZ FUENMAYOR, Mervy Enrique. Oración: “Trabajar con Dios y en Dios”. SPE/SPI 2008. Disponible en: http://www.mervyster.blogspot.com).

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Vídeo Reflexivo: “Jesús es llevado al desierto”.

Grabado el viernes 08 de enero de 2009.

Trasladado a la red el jueves 05 de febrero de 2009.

Comentario de Mervy Enrique González Fuenmayor

Ciudad y Municipio Maracaibo del Estado Zulia, República de Venezuela, América del Sur.

COMO EXORDIO ME PERMITO TRAER PARA MIS LECTORES una enseñanza de Su Santidad Juan Pablo II, en una Catequesis por él dictada en fecha 3 de junio de 1998 y referida al Espíritu Santo en el bautismo y en la vida. A través de ella podemos concluir de manera definitiva que cada uno de nosotros ha de procurar su propio desierto en aquellos momentos en los que se requiere tomar decisiones trascendentes e importantes para nuestra vida y para la humanidad. No debemos esperar que las circunstancias nos arrojen a aquellos desiertos. Hagamos como lo hizo Jesús, ir al desierto durante cuarenta días con sus noches, para prepararse en el cumplimiento de su misión real, profética y sacerdotal. Desierto propicio para ayunar, para alabar al Señor o como decía el Papa PABLO SEXTO: “para contemplar al invisible y oír la voz del silencioso” (Evangelii Nuntiandi, n 76). Por otro lado la Catequesis en cuestión está subtitulada con algunas expresiones de mi autoría, que espero sean útiles.


El Espíritu Santo en el bautismo y en la vida

Catequesis de su S.S. Juan Pablo II durante la audiencia general de los miércoles 3 de junio de 1998.

“El bautismo de Jesús en el Jordán por parte de Juan, quien observó cómo el Espíritu Santo bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre Jesús. (Jn 1,32). Es posible que Jesús haya sido literalmente empujado por el Espíritu Santo al desierto. Al recibirlo, Jesús es sacado al desierto para ser tentado como todos nosotros”.

(Mervy Enrique González Fuenmayor).


1. Otra intervención significativa del Espíritu Santo en la vida de Jesús, después de la de la Encarnación, se realiza en su bautismo en el río Jordán.
El evangelio de san Marcos narra el acontecimiento así: «Y sucedió que por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. En cuanto salió del agua vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en forma de paloma bajaba a él. Y se oyó una voz que venía de los cielos: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”» (Mc l, 9-11 y par.). El cuarto evangelio refiere el testimonio del Bautista: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él» (Jn 1, 32).
2. Según el concorde testimonio evangélico, el acontecimiento del Jordán constituye el comienzo de la misión pública de Jesús y de su revelación como Mesías, Hijo de Dios.


Juan predicaba «un bautismo de conversión para perdón de los pecados (Lc 3, 3). Jesús se presenta en medio de la multitud de pecadores que acuden para que Juan los bautice. Este lo reconoce y lo proclama como cordero inocente que quita el pecado del mundo (cf. Jn 1, 29) para guiar a toda la humanidad a la comunión con Dios. El Padre expresa su complacencia en el Hijo amado, que se hace siervo obediente hasta la muerte, y le comunica la fuerza del Espíritu para que pueda cumplir su misión de Mesías Salvador.

“¿Por qué Jesús recibe el Espíritu Santo en el bautismo? ¿Acaso él como Dios ya no lo poseía?”

(Mervy Enrique González Fuenmayor).


Ciertamente, Jesús posee el Espíritu ya desde su concepción (cf. Mt 1, 20; Lc 1, 35), pero en el bautismo recibe una nueva efusión del Espíritu, una unción con el Espíritu Santo, como testimonia san Pedro en su discurso en la casa de Cornelio: «Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder (Hch 10, 38). Esta unción es una elevación de Jesús «ante Israel como Mesías, es decir, ungido con el Espíritu Santo» (cf. Dominum et vivificantem, 19); es una verdadera exaltación de Jesús en cuanto Cristo y Salvador.

“Cuando el niño Jesús regresó a Nazaret con sus padres, inicia una experiencia de vida para su formación mesiánica, el bautismo en el Jordán es el preliminar de su misión apostólica, profética, liberadora y constructora del Nuevo Reino del Amor”.

(Mervy Enrique González Fuenmayor).

Mientras Jesús vivió en Nazaret, María y José pudieron experimentar su progreso en sabiduría, en estatura y en gracia (cf. Lc 2, 40; 2, 51) bajo la guía del Espíritu Santo, que actuaba en él. Ahora, en cambio, se inauguran los tiempos mesiánicos: comienza una nueva fase en la existencia histórica de Jesús. El bautismo en el Jordán es como un «preludio» de cuanto sucederá a continuación. Jesús empieza a acercarse a los pecadores para revelarles el rostro misericordioso del Padre. La inmersión en el río Jordán prefigura y anticipa el «bautismo» en las aguas de la muerte, mientras que la voz del Padre, que lo proclama Hijo amado, anuncia la gloria de la resurrección.

“Jesús posee una triple misión: una Misión Real, que lo compromete a luchar contra el maligno y sus espíritus; una misión Profética, que lo convierte en un predicador incansable de la Buena Nueva; y una Misión Sacerdotal, que lo hace adorador y eterno oferente de alabanza y entrega a Dios Padre. Se entrega a sí mismo por y para nuestra Salvación”.

(Mervy Enrique González Fuenmayor).

3. Después del bautismo en el Jordán, Jesús comienza a cumplir su triple misión: misión real, que lo compromete en su lucha contra el espíritu del mal; misión profética, que lo convierte en predicador incansable de la buena nueva; y misión sacerdotal, que lo impulsa a la alabanza y a la entrega de sí al Padre por nuestra salvación.

Los tres sinópticos subrayan que, inmediatamente después del bautismo, Jesús fue «llevado» por el Espíritu Santo al desierto «para ser tentado por el diablo» (Mt 4, 1; cf. Lc 4, 1; Mc 1, 12). El diablo le propone un mesianismo triunfal, caracterizado por prodigios espectaculares, como convertir las piedras en pan, tirarse del pináculo del templo saliendo ileso y conquistar en un instante el dominio político de todas las naciones. Pero la opción de Jesús, para cumplir con plenitud la voluntad del Padre, es clara e inequívoca: acepta ser el Mesías sufriente y crucificado, que dará su vida por la salvación del mundo.
La lucha con Satanás, iniciada en el desierto, prosigue durante toda la vida de Jesús. Una de sus actividades típicas es precisamente la de exorcista, por la que la gente grita admirada: «Manda hasta a los espíritus inmundos y le obedecen» (Mc 1, 27). Quien osa afirmar que Jesús recibe este poder del mismo diablo blasfema contra el Espíritu Santo (cf. Mc 3, 22-30), pues Jesús expulsa los demonios precisamente «por el Espíritu de Dios» (Mt 12, 28). Como afirma san Basilio de Cesarea, con Jesús «el diablo perdió su poder en presencia del Espíritu Santo» (De Spiritu Sancto, 19).

4. Según el evangelista san Lucas, después de la tentación en el desierto, «Jesús volvió a Galilea por la fuerza del Espíritu (…) e iba enseñando en sus sinagogas» (Lc 4, 14-15). La presencia poderosa del Espíritu Santo se manifiesta también en la actividad evangelizadora de Jesús. El mismo lo subraya en su discurso inaugural en la sinagoga de Nazaret (cf. Lc 4, 16-30), aplicándose el pasaje de Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí» (Is 61, 1). En cierto sentido, se puede decir que Jesús es el «misionero del Espíritu», dado que el Padre lo envió para anunciar con la fuerza del Espíritu Santo el evangelio de la misericordia.
La palabra de Jesús, animada por la fuerza del Espíritu, expresa verdaderamente su misterio de Verbo hecho carne (cf. Jn 1, 14). Por eso, es la palabra de alguien que tiene «autoridad» (Mc 1, 22) a diferencia de los escribas. Es una «doctrina nueva» (Mc 1, 27), como reconocen asombrados quienes escuchan su primer discurso en Cafarnaúm. Es una palabra que cumple y supera la ley mosaica, como puede verse en el sermón de la montaña (cf. Mt 5-7). Es una palabra que comunica el perdón divino a los pecadores, cura y salva a los enfermos, e incluso resucita a los muertos. Es la Palabra de aquel «a quien Dios ha enviado» y en quien el Espíritu habita de tal modo, que puede darlo «sin medida» (Jn 3, 34).

5. La presencia del Espíritu Santo resalta de modo especial en la oración de Jesús.
El evangelista san Lucas refiere que en el momento del bautismo en el Jordán, «cuando Jesús estaba en oración se abrió el cielo, y bajó sobre él el Espíritu Santo» (Lc 3, 21-22). Esta relación entre la oración de Jesús y la presencia del Espíritu vuelve a aparecer explícitamente en el himno de júbilo: «Se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra…”» (Lc 10, 21).

El Espíritu acompaña así la experiencia más íntima de Jesús, su filiación divina, que lo impulsa a dirigirse a Dios Padre llamándolo «Abbá» (Mc 14, 36), con una confianza singular, que nunca se aplica a ningún otro judío al dirigirse al Altísimo. Precisamente a través del don del Espíritu, Jesús hará participar a los creyentes en su comunión filial y en su intimidad con el Padre. Como nos asegura san Pablo, el Espíritu Santo nos hace gritar a Dios: «¡Abbá, Padre!» (Rm 8, 15 cf. Ga 4, 6).

Esta vida filial es el gran don que recibimos en el bautismo. Debemos redescubrirla y cultivarla siempre de nuevo, con docilidad a la obra que el Espíritu Santo realiza en nosotros.

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