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Artículo: “¿Jesús Resucitó?”

Por Mervy Enrique González Fuenmayor.

Redactado y publicado el sábado 11 de abril de 2009

Ciudad y Municipio Maracaibo del Estado Zulia. República de Venezuela. América del Sur.


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NO SOLAMENTE LOS INCRÉDULOS sino también los creyentes —en algunas oportunidades—, han dudado de la resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Esto sucede cuando no se tiene una fe vigorosa, cuando no hay una verdadera conversión, cuando decimos que creemos en Dios, pero “por si acaso”, “de que vuelan… vuelan”, implicando tal afirmación la debilidad de nuestra fe y la creencia en más de un solo señor, creer en brujos, hechiceros, espiritistas, rosacruces, etc. Algunos han calificado a este tipo de personas como verdaderos positivistas, es decir, personas que creen únicamente en lo que ven y en aquello que puede ser probado. Son también —según afirman los expertos—, escépticos, que dudan de todo y no creen en nadie, no obstante que pudieran andar frecuentemente predicando incluso la Palabra de Dios, con la Biblia bajo el brazo, pero dudando de lo que predican y de la certeza de la Palabra del Señor.

Existe una expresión según la cual “la duda mata la fe”. Esta sentencia afecta la estructura, la base, el fundamento y los postulados supremos del cristianismo. La catolicidad, la doctrina cristiana, presumen la existencia de dogmas de fe, que deben aceptarse sin cuestionamientos. A nadie se le obliga a ser católico cristiano, y si aceptamos serlo, por ese sólo hecho debemos también aceptar los dogmas de fe. Dios nos concedió libre albedrío, libre arbitrio, la posibilidad de decidir, de escoger, de admitir cualquier idea, creencia, fe o inclinación. De allí la respuesta a la proliferación de las numerosas sectas que hoy invaden a la Humanidad. Hay “iglesias” para todos los gustos, colores y sabores. Muchos “pastores” de esas falsas iglesias, de esas sectas, manipulan, interpretan y acomodan la Palabra de Dios según su propia conveniencia, que en definitiva no es más que una conveniencia económica. La Humanidad, la Historia y la Sociedad, han dado cuenta de estas falsas doctrinas que terminan siempre con el descubrimiento de que las cabezas visibles de esas sectas son estafadores de oficio, engañadores, tramposos, embaucadores y personas que llevan una doble vida. Por supuesto deben hacerse excepciones, que son aquellas relacionadas con los individuos que realmente creen que su predicación es la que acertadamente se conforma al Texto Sagrado, aunque sabemos que están equivocados, porque Dios fundó una sola iglesia en la cabeza de Pedro, primer pontífice de la Iglesia Universal Católica Cristiana. Todas las demás “iglesias” son fundadas por hombres y en consecuencia no son verdaderas, ni legítimas, ni auténticas, ni mucho menos fundadas por Dios. De allí que haya de afirmarse de una manera categórica y precisa que la única iglesia documentada, acreditada y legitimada por las Santas Escrituras, es nuestra Santa Iglesia Católica.

La interrogante sobre la resurrección de nuestro Señor Jesucristo generalmente surge de individuos y personas que están alejadas de las enseñanzas del Señor, o aquellas que siendo creyentes poseen una fe débil y enclenque, además de no participar en su profesión de fe, están alejados del cumplimiento de los mandatos de Dios, no celebran la eucaristía de manera frecuente y cuando lo hacen, son o asumen la actitud de los convidados de piedra, de asistentes a una fiesta de la cual no participan, son aguafiestas, meros espectadores de la realidad circundante. Por otro lado se trata también de gentes que no escudriñan la Palabra de Dios, que no oran, que no se preocupan por conocer aún más de la grandeza, de la misericordia y del amor de nuestro buen Jesús, el Hijo de Dios. Son analfabetas bíblicos o analfabetas cristianos. Desconocen la importancia, la trascendencia y la necesidad de vincularse con la Palabra de Dios. Todas estas situaciones se combinan para dilatar, engrandecer y generar mayores dudas sobre la resurrección de Jesucristo.

Quienes se encuentren en esta situación, necesariamente no cuentan con una sólida base de cognición espiritual para sostener y defender en cualquier foro, lugar o rincón, la certeza, la firmeza, la categórica e irrefutable verdad sobre el hecho o situación de que Jesucristo resucitó al tercer día después de su muerte. Sin embargo, se podrá incluso carecer de los conocimientos bíblicos necesarios para creer en esa resurrección y aún así aceptar que la misma ocurrió, bastando para ello la tenencia o posesión de una fe firme, fuerte y resistente ante cualquier duda o contrariedad. Algo así como la fe de Moisés, de Pedro, de Job, del centurión romano, de Jairo, del paralítico, de Bartimeo, de Pablo, etc.

De manera que negar la resurrección de Jesucristo es una necedad y una posición que no resiste ni el más leve análisis. Jesucristo resucitó según las profecías. Dan cuenta de ello las apariciones que hizo después de su muerte. Así como las continuas investigaciones arqueológicas que se han venido desarrollando a lo largo de estos últimos 2000 años.

De seguidas transcribiré algunos párrafos extraídos de el libro “CIEN PREGUNTAS A LOS CATÓLICOS” del autor HERBERT MADINGER (Caracas Venezuela. Ediciones Paulinas. Págs. 136-138), que permitirán al lector adquirir algunas informaciones elementales sobre algunos hechos y circunstancias vinculados con la resurrección de nuestro señor Jesucristo.

“Tú te preguntas si hay realmente milagros. Sí, efectivamente ocurren milagros hechos por Cristo y su iglesia es una prueba de que Dios está actuando.

Jesucristo se remite en varias ocasiones a sus milagros: “si no hago las obras de mi Padre, no me creáis” (San Juan 10:37). “Las obras que Yo realizo dan testimonio de mi, que es el Padre quien me ha enviado” (San Juan 5:2.36). Estas obras de Cristo son auténticos milagros. Las curaciones a distancia, la resurrección de un muerto que llevaba ya cuatro días en el sepulcro, la multiplicación de los panes, etc. Son obras imposibles de realizar por un ser humano, pues los hombres no somos omnipotentes.


El milagro más decisivo y más importante de Cristo es su resurrección. La fe de la iglesia primitiva se basó especialmente en este milagro. La resurrección de Cristo de entre los muertos fue el tema esencial de la predicación en la comunidad primitiva cristiana. Las predicaciones de San Pedro y las cartas del apóstol San Pablo conservadas hasta el presente se remiten continuamente a la resurrección de Cristo. Los apóstoles casi consideraron como su verdadera misión dar testimonio de la resurrección de Cristo. Por esa razón en la elección del nuevo apóstol Matías exige San Pedro: “es pues necesario que de en medio de los varones que nos han acompañado durante todo el tiempo en que entre nosotros entró y salió el señor Jesús, se haga con nosotros testigo de su resurrección” (Hechos de los apóstoles 1: 22). Por ese testimonio ellos abrazaron también la muerte.

En su predicación San Pedro se remite de continuo a la resurrección de Jesús como prueba de que Cristo es realmente el Mesías. En el discurso de Pentecostés, en el interrogatorio ante el Sinedrio, en la instrucción para el bautismo de Cornelio, en la curación de un tullido de nacimiento, etc., San Pedro predica constantemente: “a quien Dios ha levantado de entre los muertos; de lo cual nosotros somos testigos” (Hechos de los Apóstoles 3:15).


Del mismo modo, las predicaciones San Pablo en Antioquia, Tesalónica, Atenas y Cesárea, reseñadas en los Hechos de los Apóstoles, pregonan continuamente la resurrección de entre los muertos. En su primera carta a los corintios, escrita en el año 56, San Pablo se remite incluso a 500 hermanos en Cristo a los que se les apareció el Señor repentinamente y Pablo escribió en aquella ocasión: “de los cuales la mayor parte viven hasta ahora” (primera carta a los corintios 15:6).


La Biblia describe con gran insistencia la muerte real de Jesús, su última exclamación, la lanzada abierta en su costado, para asegurarse de su muerte; el desprendimiento, la sepultura, la colocación de la losa sepulcral y la guardia del sepulcro.


DOCE APARICIONES DE JESÚS, DESPUÉS DE SU MUERTE, DOCUMENTADAS EN LA SANTA BIBLIA:


Total, la Biblia nos habla del 12 apariciones del resucitado:1.- A María Magdalena “el primer día de la semana” (domingo de la resurrección); 2.- A las mujeres que fueron a visitar el sepulcro; 3.- A los discípulos de Emaús; 4.- A Pedro el domingo de resurrección; 5.- A los once apóstoles reunidos en el cenáculo el día de la resurrección; 6.- A los discípulos en la reunión durante la cual San Pedro fue instituido pastor supremo del rebaño de discípulos —incluido Tomás—, ocho días después; 7.- La aparición junto al mar de Tiberíades; 8.- La aparición en el monte de Galilea, durante la cual Cristo transfigurado impartió la orden de la misión; 9.- Los últimos avisos del resucitado en Jerusalén 10.- La ascensión a los cielos ; 11.- La aparición a los 500 hermanos; Al Apóstol Santiago; y 12.- finalmente el Señor transfigurado se le apareció aún a Saulo delante, camino de Damasco.


Los apóstoles no eran hombres crédulos. Dudaron continuamente de los relatos de las personas a las que se había aparecido el Señor. Pero estos relatos aparecieron ante los ojos de ellos como un delirio, y no les dieron crédito (San Lucas 24: 11). “…pero tampoco a ellos les creyeron” (San Marcos 16: 13). Y cuando Jesús aparece repentinamente a sus discípulos, “ellos creían ver un espíritu” (San Lucas 24:37). Jesús tiene que comer y beber con sus Apóstoles, dejarse tocar por ellos y mostrarle su manos y sus pies antes de que ellos crean. Pese a todas éstas pruebas, Tomás duda aun: “si yo no veo en sus manos las marcas de los clavos, y no pongo mis manos en su costado, de ninguna manera creeré” (San Lucas 20:25). Ocho días después: “Alarga tu mano y métela en mi costado y no seas incrédulo, sino creyente” (San Lucas 20:27. Sólo podemos pedir al Dios que también nosotros podamos responder con Tomás en un modo cada vez más profundo: “¡Señor mío y Dios mío!” (San Juan 20:28).”

Termino con una frase extraída del Nuevo Testamento: “DICHOSOS AQUELLOS QUE CREEN EN MÍ SIN HABERME VISTO” ¡Ánimo! ¡Gozo! ¡Alegría!

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La Nota Corta: “Sin ganas de escribir…”.

Por Mervy Enrique González Fuenmayor.

Redactado el miércoles 18 de febrero de 2009.

Publicado en la Red el sábado 21 de febrero de 2009.

Ciudad y Municipio Maracaibo del Estado Zulia, República de Venezuela, América del Sur.

SENTADO FRENTE AL TECLADO Y MONITOR de mi procesador personal, y dispuesto a escribir sobre un tema tan complejo, denso, importante y trascendente como la envidia, una vez acumulada la información, clasificándola, interpretándola, recreándola, para posteriormente agregarle mis opiniones y criterios, repentinamente mi disposición se ve truncada por el hastío, la tristeza, el cansancio intelectual aparente, la modorra, el soponcio, la flojera y la holgazanería racional y espiritual. ¿A qué extraño fenómeno imputar esta situación? ¿Qué me ocurre en esta noche exageradamente ventilada en mi ciudad de Maracaibo, cuando mirando el reloj de mi equipo informático, sus “manecillas” marcan las 9:53 minutos de la noche, manecillas que se desplazan, tal vez sea esa mi percepción, más lentamente que en otras noches. Por eso me pregunto ¿Qué me pasa? Es una mezcla de emociones vinculadas con la gravedad, la tragedia y el daño que la envidia le ha causado al ser Humano desde el momento de su creación hasta el presente. Pero también es la confusa realidad que vive el mundo, el Planeta Tierra, sus instituciones, sus gentes. Es la problemática de mi país Venezuela, la que acaba de salir, y digo yo acaba de salir del lugar al cual todavía no ha entrado, es todo ese mazacote de ideas, doctrinas malentendidas, citas históricas fraudulentas y torcidas, es el latoso, necio y absurdo lenguaje y discurso de quienes nos gobiernan, o como dirían otros, nos “desgobiernan” desde hace una década. Es sentirse lacerado en la psiquis, en el cuerpo mental, en nuestro reino espiritual, ¿y por qué no decirlo?, también en el cuerpo físico. Laceraciones que son el producto y resultado de los agobiantes discursos, cadenas radiales y televisivas para decir lo mismo, o mejor dicho para no decir nada, para invertir el tiempo tan precioso y tan costoso en lo trivial, en la nada, en lo simple, en pura bisutería intelectualoide, en la expresión de la mediocridad que hoy domina el espacio venezolano. Pero aún así continúo sentado frente al monitor y al teclado… esperando, queriendo teclear, deseando plasmar para mis lectores el tema inicial que había seleccionado para publicar en la red. Sigo esperanzado, en la avenida sin fin de la expectación, esperando lo que no termina de llegar, parece que la inspiración hubiese sido disipada por el cañoneo de las imbecilidades y cretinismos, por una guerra que pretende exterminar la inteligencia, el intelecto, la racionalidad, el discernimiento. Así han transcurrido varios minutos, el tiempo no lo vemos pero sentimos su pesada carga, como un fardo, como una inmensa mole que nos incapacita, que nos detiene, que nos inmoviliza, que nos va minando desde el exterior hacia la última célula de nuestro cuerpo. Continúo en esta espera exasperante, no puedo entender todavía lo que me ocurre, sin embargo esta rara mezcla de impotencia con estoicidad, de flojera con disposición, de actividad con inmovilidad, de alegría con tristeza, de luz con oscuridad, del pasado con lo presente, del presente con lo futuro, me sugiere qué cosas importantes han de ocurrir. Es una especie de pequeño desierto que me ha tocado vivir en este día, en esta noche. No es nuevo para mi vivir este desierto, solamente que por aparecer repentinamente, me ha desconcertado. A través de todos estos años he escrito sobre ello, sobre el desierto y su permanencia en él, y el Señor ha puesto en mi mente, en mi boca, en mi palabra, en mis artículos y en mis libros no sólo los antecedentes de estas situaciones, sino también las soluciones. Y esta no podía ser una excepción: una oración, otra oración, un diálogo con el Señor, una subordinación sublime hacia Él, mi mentón postrado en tierra, mis ojos y mis oídos atentos a su presencia y a su palabra, han sido y serán siempre los soportes de mi debilidad, así como los del enriquecimiento de mi fuerza. El cayado que me sirve para caminar las veredas sinuosas, preñadas de piedras filosas y de trampas mortales. Eres tú, mi Señor. Eres tú, Padre. Eres tú, Señor Jesús hijo de Dios. Eres tú mi Paráclito, mi Consolador: el Espíritu Santo. Eres tú mi virgen María, virgen santísima y castísima, virgen inmaculada y purísima, madre de Dios y madre nuestra. Gracias por estar siempre conmigo, por estar siempre con nosotros, por contar con su ayuda en los momentos difíciles. No quiero escribir… pero ahora por otras razones… es el momento de elevación celestial y de privilegio espiritual al sentir la dulzura de esos amores divinos… ellos obran para impedir el teclear de la máquina. No quiero escribir… quiero sentir el amor de Dios volcado en mí. Amén y amen…

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