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Oración: “Eres quien eres, sobre todo”.

Por Mervy Enrique González Fuenmayor.

Tomada de su versión original del lunes 04 de agosto de 1997.

Trasladada a la red el miércoles 11 de febrero de 2009.

Ciudad y Municipio Maracaibo del Estado Zulia, República de Venezuela, América del Sur.

(Fragmentos elegidos de la sección: “MERVY GONZÁLEZ ESTÁ CONVERSANDO CON…” que formó parte de un programa radial en el que participó como conductor por espacio de cuatro años aproximadamente: 1996, 1997, 1998, 1999, que se trasmitía en una estación radioeléctrica ubicada en la ciudad de Maracaibo, Estado Zulia, República de Venezuela, América del Sur).

https://i0.wp.com/jesuschrist.lds.org/JesusChrist_files/images/quote-image-who-is-jesus-2.jpg

ORACIÓN —

No me condenes, Señor.

Aunque mil hombres me condenen,

Tú eres la fuente de mi paz,

conozco tu mirada de perdón

y tu palabra de bondad.

¡Qué grande es tu ternura,

cuando te inclinas para levantar!

Enséñame, Jesús, en este día,

a comprender y a no juzgar.

Eres quien eres, sobre todo.

De nuevo te confieso mi Señor,

en cruz, crucificado.

Gozosamente te bendigo:

mi Dios y mi Salvador.

Concédeme saber mirarte en esa cruz,

adivinar quién eres

y rendirme a tus pies con amor.

Enséñame señor a morir para vivir.

La carne no es eterna;

está sembrada en corrupción.

El Hombre muere

y con su muerte anuncia la resurrección.

Qué triste resultara la noche

si no anunciara el sol.

Señor Jesús, sumérgeme en tu muerte

para que anuncie tu resurrección.

Amén y amén.



— APLICACIÓN A NUESTRA VIDA —


EN ESTE MOMENTO CARGADO DE MATICES MULTICOLORES hemos conversado con el Señor, hemos dialogado con Él y en este diálogo le hemos glorificado, le hemos hecho saber que Él es nuestro Dios y Salvador. Le hemos manifestado que nos enseñe a comprender y a no juzgar, pero también le hemos puesto de manifiesto al Señor que Él es el centro de nuestra vida y que hemos comprendido que la carne es corrupción y que el Hombre tiene su muerte, pero al morir anuncia la resurrección, pues si por un hombre la muerte y el pecado entró a la vida del Hombre, por la muerte y por uno que no tuvo pecado, vino la Salvación: Jesús, Pan de Vida, camino de la luz y la verdad. Y en este momento, hermanos y hermanas, es bueno reflexionar que tenemos que dejar a un lado los ídolos que la sociedad nos ofrece en esa vorágine de transculturación, no seremos idólatras ni supersticiosos, porque tenemos a Cristo, tenemos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, así como la virgen venerable su madre María. Señor, Dios padre todopoderoso y eterno, único digno de gloria, sé que sólo a Ti debo adorar si quiero ser feliz. A veces adoro a hombres y a objetos: soy un idolatra. Tú fuiste honrado por los justos de la antigua alianza, tú eres honrado en tu Hijo por quienes hoy te aman. Reconocen en su persona a ti en su presencia. Sé que en el cielo todo será adoración y caridad. Se que allí no podremos hacer otra cosa sino adorarte en el cara a cara de tu visión. Pero mi tragedia, Señor, es aquí. No debo honrarte desde la carne sino en espíritu y en verdad. Se que la idolatría es un gran pecado y aunque no sea un idólatra con toda su grave formalidad me he forjado ídolos que te reemplazan: el dinero, tal o cual artista de cine, mi ropa fina, mi fama, mi cultura y me doy cuenta, Señor, que a esta actitud de espíritu, añado la superstición, que es un feo modo de infidelidad que surca la historia de nuestro pueblo. También, Señor, a veces creo en la magia y en la posibilidad de ciertos males y pavas, y me pregunto: ¿qué lugar ocupas tu en todo esto? ¿No eres tú acaso más grande que los magos? ¿No eres más poderoso que los hacedores de males? ¿No eres Tú, Señor, más inteligente que las curanderas que descubren mi pava? Soy un infeliz en el sentido propio de la palabra. No he sabido descubrir que Tú eres la sabiduría y que sólo Tú eres capaz de llenar mis ansias de felicidad y de atenuar mis miedos, no me he dado cuenta a pesar de los años que llevo de bautizado, que en tu Palabra debo encontrar mi paz y mi salvación. Que sólo allí está revelado todo lo que necesito para saciar mis deseos y más allá del hambre de Dios que llevo en mí. Señor Jesús, nuevamente hazme feliz, barre con mi idolatría y mi superstición. ¡ÁNIMO!, ¡GOZO!, ¡ALEGRÍA!



— NOTA DEL AUTOR —


AMIGOS Y AMIGAS, esta oración con comentario incluido, forma parte de una larga lista de ellas y que movido por el Espíritu Santo, ofrendaba al Señor de Lunes a Viernes a las siete de la mañana, en un programa radial de opinión, en el que participaba en compañía de una periodista, en el cual mi persona le dedicaba tres minutos o más (dependiendo de la Producción y/o de Máster) a orar y analizar esa oración aplicándola a la cotidianidad de nuestra vida, de nuestros actos, de nuestras alegrías, tristezas, éxitos, fracasos, tragedias, tribulaciones, bonanza, prosperidad, bienestar, etc. Todo con la intención de establecer como verdad aquella según la cual Dios siempre está con nosotros, que todo lo que nos ocurre es para bien, que existe un plan o proyecto de salvación para cada uno de nosotros diseñado por el mismísimo Dios, cuyo cumplimiento, decisión y elección depende de ti. Así que —parafraseando la escritura bíblica— “DIOS NOS HIZO SIN NUESTRO CONSENTIMIENTO, PERO NO NOS SALVARÁ SIN QUE LE OFREZCAMOS ESE CONSENTIMIENTO”. Es decir, nuestro permiso y autorización. El Señor es un caballero, y estará siempre a las puertas de nuestro corazón, para que le abramos y que pueda entrar para guiar nuestra vida y ofrecernos su santidad, gozo, alegría, discernimiento, sabiduría, y sus infinitos dones espirituales y materiales.

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