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Oración: “Hoy regreso a ti, Señor”.

Por Mervy Enrique González Fuenmayor.

Tomada de su versión original del miércoles 16 de julio de 1997.

Trasladada a la red el  jueves 9 de abril de 2009.

Ciudad y Municipio Maracaibo del Estado Zulia, República de Venezuela, América del Sur.

(Fragmentos elegidos de la sección: “MERVY GONZÁLEZ ESTÁ CONVERSANDO CON…” que formó parte de un programa radial en el que participó como conductor por espacio de cuatro años aproximadamente: 1996, 1997, 1998, 1999, que se trasmitía en una estación radioeléctrica ubicada en la ciudad de Maracaibo, Estado Zulia, República de Venezuela, América del Sur).

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ORACIÓN —

Aquí están las cuentas Señor,

dame cautela y lucidez

en la administración de mis talentos.

Que mis cuentas estén justas

el día del encuentro.

Hazme honrado en lo pequeño.

Hazme fiel en lo mínimo.

Dame la luz de la sinceridad.

Que el sol del nuevo día

me enseñe la verdad

de ser atento a los detalles

y agradecido en la fidelidad.

Hoy regreso a ti, Señor.

Hoy amanezco con la ilusión

de volver a tus brazos.

Me siento desolado y triste

con el alma vacía entre las manos.

Pero yo sé que Tú me esperas

y tienes en la mesa un mantel

blanco, limpio y caliente,

y vino ya servido en jarro,

porque para ti, Señor,

perdonar es una fiesta.

Gracias señor Jesús,

por este día afortunado.

Amén y amén.



— APLICACIÓN A NUESTRA VIDA —


CUANDO SE PRESENTA LA OPORTUNIDAD DE CONVERSAR y platicar con el Señor, lo cual logramos frecuentemente a través de la oración, le glorificamos, le adoramos y le santificamos. Pero también en ese intercambio amoroso de palabras, de ideas, de gestos y palmaditas de bendición y de abrazo infinito y sublime, también es tiempo para comunicarle a nuestro Señor nuestras necesidades, pero también nuestras carencias en relación con las actitudes de nuestra vida. Y una de ellas está precisamente en presentarle al Señor nuestras cuentas, cuentas que en la vida deben estar equilibradas y ajustadas a una conducta honrada, honesta, con la administración justa de nuestros talentos, para que en lo pequeño seamos fieles y cuando nos toque administrar lo grande también, esa probidad, esa honradez, se manifieste. Por ello en este momento es propicio recordar que no debemos robar. El robar es una actitud no agradable al Señor, por ello hermano y hermana que me lees, debemos recordar que el Señor Dios es el dador de todo bien. Nos manda el Señor a no robar, nos manda a no cometer la grave injusticia de quitar al otro lo que le es propio, lo que ha ganado con su esfuerzo. Nos manda a no perjudicar al hermano en sus bienes y posiciones, pero también en sus posesiones. Sabemos por la enseñanza de su hijo que los ladrones no heredarán el Reino, pues el robo proviene de un corazón ladrón. También la misma enseñanza nos dice que aquel que roba deje de robar y se ponga a trabajar honestamente con sus manos para poder ayudar al que está necesitado. Se pide una conversión de ladrón a dador de bienes propios. Señor, Dios mío, Tú jamás me quitaste mis bienes, sino que me diste los tuyos. Cuando chico robaba pequeñeces, figuritas, algún papel o lápiz de mis compañeros de escuela, algún dinerito de la cartera de mamá, más adelante, ante el descuido de los empleados, sacaba pequeñeces de los supermercados y fruterías, era un ladrón en pequeño, sé que había allí pequeñez de materia, pero sin embargo mi conciencia me recriminaba diciéndome: “no es justo, jamás debo hacer al otro el mal que yo no quiero que el otro me haga”. Esto es ley de oro de la justicia más elemental. Por esa razón, hermano y hermana que me lees, vamos a pedirle al Señor que no permita que eludamos nuestros impuestos justos para no robar al Estado lo que necesita para las obras de beneficio común. Haz, Señor, que siempre pague el salario justo a mis empleados, para no robarles lo que le corresponde según justicia. Haz que pague mis deudas a tiempo, pues mi acreedor requiere lo que le pertenece. Haz que siempre intente restituir lo que haya robado, sabiendo que seré feliz si cumplo tus mandamientos y observo tus leyes. Dame esa felicidad, mi Señor. ¡ÁNIMO!, ¡GOZO!, ¡ALEGRÍA!



— NOTA DEL AUTOR —


AMIGOS Y AMIGAS, esta oración con comentario incluido, forma parte de una larga lista de ellas y que movido por el Espíritu Santo, ofrendaba al Señor de Lunes a Viernes a las siete de la mañana, en un programa radial de opinión, en el que participaba en compañía de una periodista, en el cual mi persona le dedicaba tres minutos o más (dependiendo de la Producción y/o de Máster) a orar y analizar esa oración aplicándola a la cotidianidad de nuestra vida, de nuestros actos, de nuestras alegrías, tristezas, éxitos, fracasos, tragedias, tribulaciones, bonanza, prosperidad, bienestar, etc. Todo con la intención de establecer como verdad aquella según la cual Dios siempre está con nosotros, que todo lo que nos ocurre es para bien, que existe un plan o proyecto de salvación para cada uno de nosotros diseñado por el mismísimo Dios, cuyo cumplimiento, decisión y elección depende de ti. Así que —parafraseando la escritura bíblica— “DIOS NOS HIZO SIN NUESTRO CONSENTIMIENTO, PERO NO NOS SALVARÁ SIN QUE LE OFREZCAMOS ESE CONSENTIMIENTO”. Es decir, nuestro permiso y autorización. El Señor es un caballero, y estará siempre a las puertas de nuestro corazón, para que le abramos y que pueda entrar para guiar nuestra vida y ofrecernos su santidad, gozo, alegría, discernimiento, sabiduría, y sus infinitos dones espirituales y materiales.

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