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Oración: “La dicha del justo”.

Por Mervy Enrique González Fuenmayor.

Tomada de su versión original del viernes 30 de mayo de 1997.

Trasladada a la red el domingo 08 de marzo de 2009.

Ciudad y Municipio Maracaibo del Estado Zulia, República de Venezuela, América del Sur.

(Fragmentos elegidos de la sección: “MERVY GONZÁLEZ ESTÁ CONVERSANDO CON…” que formó parte de un programa radial en el que participó como conductor por espacio de cuatro años aproximadamente: 1996, 1997, 1998, 1999, que se trasmitía en una estación radioeléctrica ubicada en la ciudad de Maracaibo, Estado Zulia, República de Venezuela, América del Sur).

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ORACIÓN —


Dichoso el que teme al Señor

y tiene alegría en sus mandatos.

Su descendencia será

poderosa en la tierra.

Su familia será gente

recta y bendecida.

En su casa habrá abundancia

y su prosperidad será durable,

para que el justo brille.

Porque para el justo brilla

una luz en las tinieblas,

por ser compasivo,

recto y bueno.

Feliz aquel que se compadece

y da prestado y administra

su hacienda con justicia.

Nada, absolutamente nada,

le hará estremecerse.

El recuerdo del justo es duradero.

No teme el justo a malas noticias,

pues su corazón,

confía seguro en el Señor.

Su valor se sostiene sin temor

y termina por ver

a sus opresores derrotados.

El justo reparte limosna a los pobres

y su generosidad es verdadera.

Su frente se yergue con honor.

El malvado al verlo le teme

e igualmente cuando el malvado

ve al justo se enfurece,

rechinando los dientes se consume.

La ambición del malvado se malogra.

Amén y amén.



— APLICACIÓN A NUESTRA VIDA —

EN ESTA PLÁTICA, ESTA CONVERSACIÓN, esta vinculación con el Señor en este momento, hemos hablado con Él, hemos conversado con el Señor para resaltar su Palabra que nos enseña el modelo de conducta del hombre justo. Ese hombre justo que vive una existencia dichosa. Se trata de un hombre que cultiva un preciso modo de ser, al cual debe corresponder una suerte muy dichosa. Es el hombre justo el hombre en esencia imagen y semejanza del Señor. La cualidad primera de ese hombre es el temor a Dios. Y este es el origen de todas las demás cualidades que adornan al hombre justo. Pero ese temor no es un temor patológico. No es un miedo enfermizo hacia Dios, ni es un pánico hacia Dios, sino es un temor reverencial. Es el temor de respeto por la voluntad del Señor. Es un temor fundado en el amor y la obediencia, porque Dios mismo es amor, de quien ama obedece y respeta. Porque si nosotros amamos, traducimos ese amor en la imposibilidad de causar daño, en vivir una vida apegada a las normas mas elementales de una conducta sana, respetando los sentimientos de los demás, respetando y obedeciendo las leyes tanto terrenales como los preceptos de Dios. He allí la cualidad del justo: su primera cualidad, el temor a Dios, pero fundado en el amor, porque Dios, creador de todas las cosas, es un Dios amoroso. No es el Dios que algunos pretenden imponer, el Dios castigador, el Dios sancionador, sino por el contrario el Dios misericordioso, que perdona, que te ama, que te da siempre las oportunidades que tú quieras para enmendarte, para arrepentirte, para seguir sus caminos y para que hagas su voluntad. Porque Él no quiere que nosotros caigamos en la tentación de abandonar el reino que el nos ofrece a través de Jesús su hijo. Por ello en este momento, hermano y hermana lectora, vamos a emular las cualidades del hombre justo, para asegurar el tránsito a la mansión que el Señor nos tiene preparados. También le hemos dicho al Señor que el malvado se enfurece cuando ve al justo y que le teme al verbo, le teme a la palabra, porque el malvado vive en la oscuridad y no quiere saber nada de la luz. El justo en cambio vive rodeado de la luz infinita y perpetua que da el Señor. Por ello el malvado rechina sus dientes y se enfurece. Porque el justo es luz, luz que le ha sido regalada por el Señor, que es premio a su conducta, a su actitud, a su solidaridad, a su amor por Dios por encima de todas las cosas y a su amor por el prójimo, por el desprotegido, por el que no tiene, por su actitud de compartir. Por ello hermano y hermana que me lees, la justicia debe ser siempre el norte de nuestra vida, justicia con paz, justicia con amor, justicia siguiendo y cumpliendo la palabra del Señor ¡ÁNIMO!, ¡GOZO!, ¡ALEGRÍA!



— NOTA DEL AUTOR —

AMIGOS Y AMIGAS, esta oración con comentario incluido, forma parte de una larga lista de ellas y que movido por el Espíritu Santo, ofrendaba al Señor de Lunes a Viernes a las siete de la mañana, en un programa radial de opinión, en el que participaba en compañía de una periodista, en el cual mi persona le dedicaba tres minutos o más (dependiendo de la Producción y/o de Máster) a orar y analizar esa oración aplicándola a la cotidianidad de nuestra vida, de nuestros actos, de nuestras alegrías, tristezas, éxitos, fracasos, tragedias, tribulaciones, bonanza, prosperidad, bienestar, etc. Todo con la intención de establecer como verdad aquella según la cual Dios siempre está con nosotros, que todo lo que nos ocurre es para bien, que existe un plan o proyecto de salvación para cada uno de nosotros diseñado por el mismísimo Dios, cuyo cumplimiento, decisión y elección depende de ti. Así que —parafraseando la escritura bíblica— “DIOS NOS HIZO SIN NUESTRO CONSENTIMIENTO, PERO NO NOS SALVARÁ SIN QUE LE OFREZCAMOS ESE CONSENTIMIENTO”. Es decir, nuestro permiso y autorización. El Señor es un caballero, y estará siempre a las puertas de nuestro corazón, para que le abramos y que pueda entrar para guiar nuestra vida y ofrecernos su santidad, gozo, alegría, discernimiento, sabiduría, y sus infinitos dones espirituales y materiales.

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