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Artículo: ¿Tenemos responsabilidad en la pérdida de fe de otras personas?

Por Mervy Enrique González Fuenmayor.

Redactado el martes 24 de febrero de 2009.

Publicado en la Red el sábado 28 de febrero de 2009.

Ciudad y Municipio Maracaibo del Estado Zulia. República de Venezuela. América del Sur.


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SIEMPRE PRETENDO INICIAR LA REDACCIÓN DE MIS ARTÍCULOS o reflexiones arguyendo la dificultad, importancia o trascendencia del tema que se va a abordar. Pero le confieso, amigo lector, que definitivamente este es un espinoso asunto que muchas veces por salvaguardar la integridad de nuestra Santa Madre Iglesia Católica y de todos y cada uno de sus integrantes, desde la más alta autoridad hasta el más sencillo de sus servidores, se mantiene o se quiere preservar en secreto a toda costa la irresponsabilidad de una porción de feligreses, muy abultada en número, en relación con la defensa de nuestra fe, y precisamente con la circunstancia de no tener una doble moral ni un doble discurso, ni mucho menos actuar de manera diferente a lo que la Palabra de Dios nos enseña y a lo que nosotros mismos difundimos como verdades absolutas y como reglas de convivencia dentro de un marco normado por los principios más excelsos de la moralidad, la ética, las buenas costumbres, la verdad y la justicia. Causa realmente lástima la realidad que nos rodea y en la cual participamos. Esa realidad nos señala con su dedo acusatorio que somos culpables de que muchas personas pierdan su fe, la neutralicen o la debiliten, cuando observan que no somos buenos cristianos, que somos inmorales, que somos hipócritas, que decimos una cosa pero hacemos otra, que tenemos una Biblia cuyo contenido es maleable, expandible, modificable y acomodable a nuestros intereses y deseos. Que tenemos un Dios a nuestra medida cuyos designios y preceptos manejamos a nuestro antojo y los sujetamos a nuestros propios fines y propósitos. Quizás esta introducción no me gane muchos amigos, ni sea asumida de manera constructiva. Tal vez, muchos considerarán que he sido muy estricto y severo con la calificación de esa responsabilidad de nuestra parte en la pérdida de fe de muchas personas. Transijo entonces en que existan las excepciones, pero aún así la situación es tan grave que nos llama a la reflexión. En la universidad en la que dicto cátedra tanto en el pregrado como en el posgrado, es más que frecuente observar este tipo de actitudes acomodaticias, interesadas, hipócritas, caricaturizadas, y con un profundo hedor a inmoralidad, corrupción fraude y engaño. Si esto ocurre en nuestras casas superiores de estudio, calcule usted lo que ocurre en aquellos lugares y ambientes en los cuales la discusión científica y la búsqueda de la verdad no sea el objeto más inmediato de la existencia de los seres que viven en esos espacios. Particularmente he vivido la experiencia de conocer a esas personas no solamente en las universidades, sino también en otros espacios, lugares y escenarios. Allí precisamente en los escenarios no académicos ni intelectuales, se tropieza con este grupo de personas por cuya culpabilidad los infieles no encuentran a Dios, ni a la fe. En los suburbios, en los barrios, en los pueblos donde las personas cuentan con un exiguo y casi ningún recurso económico para subsistir, allí precisamente se pueden observar estas situaciones en la que las personas, por no contar con la solidaridad de otras, con la justicia, con el buen ejemplo y antes por el contrario con la práctica maniquea de un cristianismo de pacotilla y que originan como ya he dicho que muchos pierdan su fe, agravándose así el problema de la marginalidad, del analfabetismo, de la prostitución, de la corrupción, de latrocinio, del fraude religioso, de la injusta distribución de la riqueza, de la explotación del hombre, del abuso y de la violencia en contra de la mujer y de los niños, la desprotección de los discapacitados. A ello ha de agregarse la actitud que hemos mantenido los cristianos y hombres de buena voluntad en no asumir la cuestión política como algo necesario y complementario en la construcción del reino del amor. Creemos que al alejarnos de la política y de la conducción del poder nos hacemos mejores cristianos. Esto ha traído como consecuencia que los incapaces, los mediocres, los incompetentes, los comunistas, los propagadores y defensores de ideologías que niegan a Dios y niegan al cristianismo niegan la justicia, la verdad, a piedad y la solidaridad, hayan asumido el poder en la mayor parte de los países, con las consecuencias que ya conocemos. También se adiciona la multiplicación de sectas que con el propósito de “enseñar la palabra de Dios” han asaltado los bolsillos y la buena fe de esas buenas gentes que por no tener un pastor que las oriente en el discernimiento, interpretación y dominio de la Palabra del Señor, caen en la redes de estos estafadores profesionales, que han visto que las cosas que se realizan en nombre de Dios crecen y se desarrollan rápidamente generando buenos frutos de diversa índole, de modo que aprovechándose de esta circunstancia, engañan, timan a los ignorantes, a los incrédulos, a las gentes de buena fe, haciéndolas tropezar para caer confundidas bajo el manto de oscuridad, de las tinieblas y de los embaucadores.

Las razones y reflexiones que hemos efectuado anteriormente nos llevan de manera irremediable a transcribir algunos párrafos contenidos en la obra: “CIEN PREGUNTAS A LOS CATÓLICOS”, de MADINGER, Herbert (Caracas, Venezuela. Ediciones Paulinas 1991 pp 97-99). Allí, en esa obra y bajo el título de “POR CULPA AJENA PIERDEN LA PERSONAS SU FE” leemos lo siguiente:

“Las especulaciones filosóficas son tan sólo raramente las verdaderas causas del ateísmo. Por lo general, la fe en Dios se quiebra por culpa de la gente, a menudo también por culpa ajena. Mil millones de comunistas, o sea la tercera parte del mundo no creen actualmente en Dios. Ese comunismo se originó el siglo pasado en el corazón de Alemania. Su símbolo es el puño cerrado. En aquel entonces los trabajadores alemanes privados de sus derechos empezaron a levantar el puño cerrado contra sus explotadores. Estaban enfermos, desamparados, faltos de recursos, abandonados de toda protección jurídica, y sus hijos pedían pan a gritos. Entonces nació el odio de esos proletarios contra sus amos, que se llamaban cristianos. De ese odio contra los negreros cristianos se originó el odio contra Dios, contra la religión y contra los católicos. El comunismo nació por culpa de los cristianos. ¿Quién podrá responder alguna vez de ello ante Dios?


¡Tal vez los cristianos de nuestros días seamos culpables del mismo modo en la incredulidad de los pueblos que sufren hambre! En Europa, en América, en los países cristianos del mundo, viven los habitantes más ricos de la tierra. Nosotros consumimos miles de millones tan sólo para el alcohol y nicotina. En Austria, por ejemplo cada familia gasta mensualmente 300 chelines por término medio sólo para alcohol.
[Nota de MEGF: estas cifras son para el año 1991] Pero a nuestro lado mueren anualmente en el mundo millones de seres. ¿Quién de nosotros está dispuesto a ceder a esas personas hambrientas algo de lo que les sobra?


¡Esos pueblos se cierran hoy al mensaje del evangelio, porque no pueden creer en el amor fraterno cristiano! Ellos aman a Cristo, pero odian a los cristianos, dijo Gandhi. ¿Quién podrá responder alguna vez de ello?


Si los estudiantes afro-asiáticos vienen a las universidades europeas como personas religiosas, en su mayor parte se marcha en Europa como ateos, como seres sin Dios. Es cierto que ellos han aprendido en nuestros países la técnica, el twist, el rock, pero no han conocido a nadie que haya convertido a Dios en el centro de su vida. Y por esa razón no creen más en Él. Como líderes de sus pueblos jóvenes edificarán los nuevos Estados sin Dios. Nosotros ¿En qué forma podremos responder de ello alguna vez?


Los hombres necesitan siempre seres que les sirvan de ejemplo. Ellos precisan ver un corazón ardiente o a un hombre entusiasmado; después están en condiciones de creer en la grandeza arrolladora de Dios. Más ¿Cómo han de calentarse los corazones fríos sino encuentren en ninguna parte el ardor de Dios?


Los jóvenes salen del colegio y entran en las empresas como aprendices. A los pocos meses están adiestrados por los compañeros de mayor edad. El tema número uno es el sexo. Dios es aire y burla.


Para nosotros los cristianos habrá una vez una responsabilidad muy dura. ¡En el juicio final tendremos que reconocer que los infieles, no pudieron encontrar por culpa nuestra, la fe en Dios! Los pecados graves de las personas creyentes repugnan a los que no creen. Y la repugnancia contra los cristianos se convierte en repugnancia hacia Dios y hacia la fe. Los que se han apartado ven a los cristianos como seres brutales, desconsiderados y egoístas. Pero, según su parecer la religión se vuelve antipática y sin valor alguno, porque aparentemente no tiene la fuerza de hacer mejores a las personas.

Por estar compuesta de pecadores, también la iglesia en su totalidad comete continuamente faltas en razón de las cuales los seres se sienten repelidos por la religión. La fuerza divina que se halla en la religión ha sido oscurecida a menudo por muchos pecados en tal modo que los hombres, desengañados, han dado la espalda a esa iglesia. Con ello, con frecuencia perdieron también su vinculación a Dios.


Tenemos que temer la responsabilidad que llevamos los unos para los otros, que no vacilen los demás en su fe en Dios, por culpa nuestra; que no permanezcan en las tinieblas por nuestra culpa, porque ellos no ven ninguna luz en nosotros.”

De los párrafos transcritos se concluye una verdad que realmente asusta y atemoriza: SOMOS CORRESPONSABLES DE LA PÉRDIDA DE LA FE DE MUCHOS DE NUESTROS CONGÉNERES, DE MUCHOS DE NUESTROS HERMANOS. Pero aun así contamos con el Espíritu Santo que nos concede el discernimiento y la fuerza necesaria para solicitarle a Dios Padre, a Dios Hijo, con la intercesión de nuestra virgen madre María, madre de Dios y madre nuestra, que nos suministre la suficiente sabiduría y la suficiente disposición y fuerzas para enrolarnos en una campaña permanente, diaria, frecuente, cotidiana, absoluta y total para servirle al Señor en la difusión de su Palabra, de su Evangelio, en un asumir nuestra vida como testigos auténticos de Jesucristo, siendo nosotros ejemplos a emular, hacedoras de buenas obras, ejemplos de vida edificante y edificadora, de familia santa, de hijos respetuosos y subordinados a la voz de Dios. Elevo al Señor mis oraciones para que estas peticiones que hemos formulado, sean provistas para la gloria y la honra del Señor. Amén y amén.

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