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Oración: “La revelación que ilumina”.

Por Mervy Enrique González Fuenmayor.

Tomada de su versión original del lunes 21 de julio de 1997.

Trasladada a la red el sábado 11 de abril de 2009.

Ciudad y Municipio Maracaibo del Estado Zulia, República de Venezuela, América del Sur.

(Fragmentos elegidos de la sección: “MERVY GONZÁLEZ ESTÁ CONVERSANDO CON…” que formó parte de un programa radial en el que participó como conductor por espacio de cuatro años aproximadamente: 1996, 1997, 1998, 1999, que se trasmitía en una estación radioeléctrica ubicada en la ciudad de Maracaibo, Estado Zulia, República de Venezuela, América del Sur).

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ORACIÓN —

Enséñame, Señor, tus mandamientos

y los guardaré puntualmente.

Dame la luz necesaria

para guardar tu ley

y la observaré de corazón.

Guíame por el camino de tus normas,

pues en él está mi alegría.

Inclina mi corazón hacia tus enseñanzas

y no hacia intereses malsanos.

Desvía mi atención de lo que es vano

y hazme vivir en tus caminos.

Cumple a tu siervo la promesa

que conduce a tu respeto.

Aparta de mí el deshonor,

que me da miedo,

pues tus decisiones son clementes.

Observa mi amor a tus decretos

y haz que viva en tu perfección.

Tu palabra es el faro de mis pasos

y la luz de mi camino.

Hice el juramento y lo mantengo,

de atenerme a tus justas decisiones.

Estoy hondamente afligido.

Dame vida, Señor, conforme a tu promesa.

Acepta, Señor, el voto que te hago

y enséñame tus decisiones.

Mi vida está continuamente en peligro,

mas no me olvido de tu ley.

Los malvados me tientan,

pero yo no me desvío de tus normas.

Tus enseñanzas son mi definitiva heredad,

la alegría de mi corazón.

Mi corazón se inclina al cumplimiento de tu ley,

para siempre y hasta el fin.

Amén y amén.



— APLICACIÓN A NUESTRA VIDA —

¡QUÉ BELLO ES ATENERSE A LO QUE EL SEÑOR NOS ENSEÑA! Ajustar nuestra conducta a lo que el Señor nos señala y nos indica, porque con esta conducta agradamos al Señor. Porque también en tiempo de aflicción, en tiempo de tristeza y de adversidad, el Señor nos dará la protección, la fuerza necesaria, la solución a tus problemas. Por ello en este momento, en esta conversación amorosa que hemos tenido con el Señor, hemos puesto de relieve una súplica, para que Dios imprima en el Hombre la verdadera imagen de su ley y le salve por ella. Así, la Palabra del Señor nos lo indica en el salmo 119. La ley tiene muchos nombres: mandamientos, normas, enseñanzas, caminos, promesas, decisiones, decretos, y entre todos no alcanzan a decir exactamente lo que es. No es otra cosa que Dios mismo, en la medida en que el Hombre lo ve acercándose a él, lo ve pero como una palabra, que el Hombre debe hacer suya para que ella le haga a él. Para ello Dios enseña, guía, da luz. Inclina el corazón, desvía la atención a lo opuesto de Dios. El hombre quiere hacer suya la iniciativa de Dios, guardándolo. Por ello le tiene afecto a esa iniciativa de Dios y se inclina guiándose por ella, sin olvidarla nunca y viviendo con ella. Todo a veces es dar vueltas, no sólo de palabras sino con todo el ser. Por ello en torno a este concepto, o mas bien una realidad que es una iluminación del Señor, debemos hermanos, dejarnos guiar por esa luz y atenernos a las normas que el Señor nos da, para tener una vida tranquila, feliz, alegre, y enfrentar nuestros problemas con la paz del Señor. En ese dar vueltas anda el Hombre, buscando su configuración, creando su identidad. El Hombre necesita a Dios para reconocerse a sí mismo enteramente y para realizarse. ¡ÁNIMO!, ¡GOZO!, ¡ALEGRÍA!



— NOTA DEL AUTOR —

AMIGOS Y AMIGAS, esta oración con comentario incluido, forma parte de una larga lista de ellas y que movido por el Espíritu Santo, ofrendaba al Señor de Lunes a Viernes a las siete de la mañana, en un programa radial de opinión, en el que participaba en compañía de una periodista, en el cual mi persona le dedicaba tres minutos o más (dependiendo de la Producción y/o de Máster) a orar y analizar esa oración aplicándola a la cotidianidad de nuestra vida, de nuestros actos, de nuestras alegrías, tristezas, éxitos, fracasos, tragedias, tribulaciones, bonanza, prosperidad, bienestar, etc. Todo con la intención de establecer como verdad aquella según la cual Dios siempre está con nosotros, que todo lo que nos ocurre es para bien, que existe un plan o proyecto de salvación para cada uno de nosotros diseñado por el mismísimo Dios, cuyo cumplimiento, decisión y elección depende de ti. Así que —parafraseando la escritura bíblica— “DIOS NOS HIZO SIN NUESTRO CONSENTIMIENTO, PERO NO NOS SALVARÁ SIN QUE LE OFREZCAMOS ESE CONSENTIMIENTO”. Es decir, nuestro permiso y autorización. El Señor es un caballero, y estará siempre a las puertas de nuestro corazón, para que le abramos y que pueda entrar para guiar nuestra vida y ofrecernos su santidad, gozo, alegría, discernimiento, sabiduría, y sus infinitos dones espirituales y materiales.

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