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Posts Tagged ‘hermano’


Oración: “Quiero ser amable, bueno y confiado”.

Por Mervy Enrique González Fuenmayor.

Tomada de su versión original del jueves 17 de julio de 1997.

Trasladada a la red el viernes 10 de abril de 2009.

Ciudad y Municipio Maracaibo del Estado Zulia, República de Venezuela, América del Sur.

(Fragmentos elegidos de la sección: “MERVY GONZÁLEZ ESTÁ CONVERSANDO CON…” que formó parte de un programa radial en el que participó como conductor por espacio de cuatro años aproximadamente: 1996, 1997, 1998, 1999, que se trasmitía en una estación radioeléctrica ubicada en la ciudad de Maracaibo, Estado Zulia, República de Venezuela, América del Sur).

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ORACIÓN —

Tú eres mi Dios único y verdadero.

Tú el único de todos.

Tú el centro de mi vida.

Mi corazón es tuyo y solamente tuyo.

Mi Dios y mi tesoro.

Quiero sentirte vivo en mi,

calor de mi alegría.

A tus pies estoy, Señor.

Tú eres el pan y la mesa

y yo Lázaro el enfermo,

en espera del bocado,

del bocado caliente de tu Evangelio.

Qué sabroso amanecer

con olor a pan de cielo,

y qué alegría saber

que en el pan Tú estas cubierto.

Aumenta mi fe.

Llena mi corazón

de una fe grande y autentica,

fe de niño pequeño,

fe de granito de mostaza

que se entierra en el suelo

y de su muerte nace un árbol

con ilusión de cielo.

Auméntame, Señor, la fe,

en esta Pascua de mi tiempo.

Quiero ser niño ¡oh! Señor.

Enséñame, Jesús, a valorar

los ojos de los niños.

Es tan inmaculada su pupila

y tan sutil el cáliz de su flor;

y dame un corazón de niño

abierto a la alegría del amor.

Amén y amén.



— APLICACIÓN A NUESTRA VIDA —


CUANDO ABORDAMOS AL SEÑOR CON NUESTRO CORAZÓN ABIERTO, con un corazón contrito, cuando dejamos de lado todas nuestras actitudes negativas: el odio, el rencor, la envidia y la incapacidad de perdonar, cuando estamos en la presencia de nuestro señor Jesús y entablamos una plática amorosa con él, dejando que su dulce presencia nos invada totalmente, entonces emerge la sinceridad del planteamiento, la glorificación y la santificación al Señor, el reconocimiento de su cualidad de ser unigénito, de ser el Hijo de Dios, de ser el Redentor y el Salvador, el Ungido. También es momento adecuado para pedirle al Señor que nos haga amables, buenos y confiados. Señor Jesús, único bueno, quiero ser feliz, tú lo sabes, y sé que lograré esa felicidad, poniendo en práctica las obras del espíritu, las obras que tu espíritu de amor logra en mí. Seré feliz si soy amable. Seré feliz si soy grato en mis palabras y en mis obras, si hay dulzura en mi corazón y en mi accionar. Seré feliz, Señor, si hay suavidad en mi interior y en mis modales, suavidad que no será falta de vigor, sino ausencia de violencia. Jesús, mi bueno y afable amigo, dame la felicidad de ser amable. Señor Jesús, quiero ser feliz y tú lo sabes, y la felicidad consistirá en hacer el bien a quien se cruce en mi camino, convirtiendo al lejano en mi próximo, en mi prójimo. Debo buscar no mi propio bien sino el bien para el otro. Mi búsqueda será de tal intensidad, que debería alcanzar el bien para el otro. El otro también será, porque yo busqué y encontré el bien para el otro. Tú, Jesús, que conoces mis entrañas y penetras lo más profundo de mi espíritu, de mi alma y corazón, sabes perfectamente que cuando he buscado y encontrado el mal para el otro, cuando fui malo, fui también desgraciado y la infelicidad embargó mi alma. No se puede ser feliz sino del bien y en el bien para el otro. Señor Jesús, muchas veces me invade la desconfianza que me hace un desesperado frente a ti y también me invade la desconfianza ante los hermanos, sospecho de ellos, preveo todos los deslices en que puedan caer para saltar sobre ellos, como sobre una presa codiciada. Muchas veces, Señor, estoy triste ante esta situación que me domina. Quiero salir de ella, pues la tristeza no fue hecha para un cristiano. Heme aquí, Cristo bueno, Cristo afable. Heme aquí confiado y dispuesto a recomenzar el buen combate, dispuesto a vivir según los ritmos de tu espíritu de bondad. De este modo seré signo claro de que tu espíritu no vino en vano. ¡ÁNIMO!, ¡GOZO!, ¡ALEGRÍA!



— NOTA DEL AUTOR —


AMIGOS Y AMIGAS, esta oración con comentario incluido, forma parte de una larga lista de ellas y que movido por el Espíritu Santo, ofrendaba al Señor de Lunes a Viernes a las siete de la mañana, en un programa radial de opinión, en el que participaba en compañía de una periodista, en el cual mi persona le dedicaba tres minutos o más (dependiendo de la Producción y/o de Máster) a orar y analizar esa oración aplicándola a la cotidianidad de nuestra vida, de nuestros actos, de nuestras alegrías, tristezas, éxitos, fracasos, tragedias, tribulaciones, bonanza, prosperidad, bienestar, etc. Todo con la intención de establecer como verdad aquella según la cual Dios siempre está con nosotros, que todo lo que nos ocurre es para bien, que existe un plan o proyecto de salvación para cada uno de nosotros diseñado por el mismísimo Dios, cuyo cumplimiento, decisión y elección depende de ti. Así que —parafraseando la escritura bíblica— “DIOS NOS HIZO SIN NUESTRO CONSENTIMIENTO, PERO NO NOS SALVARÁ SIN QUE LE OFREZCAMOS ESE CONSENTIMIENTO”. Es decir, nuestro permiso y autorización. El Señor es un caballero, y estará siempre a las puertas de nuestro corazón, para que le abramos y que pueda entrar para guiar nuestra vida y ofrecernos su santidad, gozo, alegría, discernimiento, sabiduría, y sus infinitos dones espirituales y materiales.

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Oración: “Enséñame a ser hermano”.

Por Mervy Enrique González Fuenmayor.

Tomada de su versión original del martes 15 de julio de 1997.

Trasladada a la red el domingo 5 de abril de 2009.

Ciudad y Municipio Maracaibo del Estado Zulia, República de Venezuela, América del Sur.

(Fragmentos elegidos de la sección: “MERVY GONZÁLEZ ESTÁ CONVERSANDO CON…” que formó parte de un programa radial en el que participó como conductor por espacio de cuatro años aproximadamente: 1996, 1997, 1998, 1999, que se trasmitía en una estación radioeléctrica ubicada en la ciudad de Maracaibo, Estado Zulia, República de Venezuela, América del Sur).

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ORACIÓN —

Dame un corazón grande para amar.

Todo momento es paso

y gracia de Dios que cura y sana.

¿Quién dicta el calendario del amor?

El sol regala al día la luz

que fragua en sus entrañas,

dando amor se despierta

y dando amor descansa.

Ilumina señor mi entrega,

con el calor de tu Palabra.

Hazme sencillo, Señor.

Cada mañana admiro

la humildad cariñosa de la aurora.

Realiza su misión

y deja caminar al día.

Enséñame señor Jesús,

a caminar con alegría y sencillez.

Enséñame a ser hermano.

Qué bello es ser amigo,

ser simplemente amigo.

Vivir con alegría humana.

Amar con atención sincera.

Ser luz, ser sal.

Ser fuente de agua,

dar vida al caminar

y ser como el ocaso

que muere de amistad.

Llévame a tu casa, Señor.

Qué gozo despertar

con esta luz de carne humana,

me siento sobre tus hombros

oveja rescatada.

Qué insondable tu amor conmigo.

Me buscas, me perdonas

y me salvas.

Gracias, Señor, por la alegría

de sentirme camino de tu casa.

Amén y amén.



— APLICACIÓN A NUESTRA VIDA —


CUANDO GLORIFICAMOS Y SANTIFICAMOS AL SEÑOR, y sostenemos con Él una conversación que está matizada por la paz, el amor y la misericordia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, todo un torrente de ternura de misericordia, de cariño, de paz, de tranquilidad y de sosiego nos toma suavemente, nos ilumina y nos da sabiduría, discernimiento, fuerza y mucha paz para poder iniciar el camino del tiempo y también para poder llevar sobre nuestros hombros, con el auxilio del Señor y con la intercesión de nuestra madre la virgen María, cualquier adversidad y pena. En este momento, hermano y hermana que me lees, le hemos requerido al Señor que nos enseñe a ser sal, pero también que nos enseñe ser fuente de paz, que nos enseñe a ser hermano, que nos enseñe a amar al prójimo como a nosotros mismos y a amar al Señor por encima de todas las cosas. Por ello amarás a quien se cruce en tu camino. Señor Jesús, cercano amigo, tú nos enseñaste a dar buena respuesta a la pregunta ¿Quién es mi prójimo? En tu parábola del buen samaritano aprendimos que el prójimo era el cercano necesitado. El que teníamos a nuestro lado. El que transitaba por nuestra vereda. Ese samaritano bueno tiene que haberse sentido feliz al poder ayudar a un judío herido y en desgracia. ¿Cuántos hay en mi camino que necesiten un prójimo?¿Cuántos hermanos se me presentan como posibles prójimos míos ¿Por qué a veces me afano en ayudar a los que están lejos, olvidándome de mi familia, de mis amigos, de mis compañeros de trabajo? Señor Jesús, amigo cercano, la calle está llena de hombres tristes. Concédeme la felicidad de ser su consuelo. La calle, Señor, está llena de hombres violentos, concédeme la felicidad de ser su paz. La calle está llena de hombres pobres, concédeme, Señor, la felicidad de ser su riqueza. Señor Jesús, cercano aun de los lejanos, dame la felicidad de llevar un poco de ternura a los corazones endurecidos, dame la felicidad de ser cercanía para quienes viven lejos de todos. Dame la felicidad de ser paño de lágrimas para muchos corazones tristes. Dame la felicidad de ser esperanza teniéndote en mis labios para quienes han desesperado de tu padre y de los hombres. Dame la felicidad de ser hogar, de ser fuego para quienes han enfriado su amor. Señor Jesús, tú abriste tus brazos en la cruz para abrazar al mundo entero. Dame la felicidad de caber en tu abrazo y dame la felicidad de saber abrazar bien a otros. ¡ÁNIMO!, ¡GOZO!, ¡ALEGRÍA!



— NOTA DEL AUTOR —


AMIGOS Y AMIGAS, esta oración con comentario incluido, forma parte de una larga lista de ellas y que movido por el Espíritu Santo, ofrendaba al Señor de Lunes a Viernes a las siete de la mañana, en un programa radial de opinión, en el que participaba en compañía de una periodista, en el cual mi persona le dedicaba tres minutos o más (dependiendo de la Producción y/o de Máster) a orar y analizar esa oración aplicándola a la cotidianidad de nuestra vida, de nuestros actos, de nuestras alegrías, tristezas, éxitos, fracasos, tragedias, tribulaciones, bonanza, prosperidad, bienestar, etc. Todo con la intención de establecer como verdad aquella según la cual Dios siempre está con nosotros, que todo lo que nos ocurre es para bien, que existe un plan o proyecto de salvación para cada uno de nosotros diseñado por el mismísimo Dios, cuyo cumplimiento, decisión y elección depende de ti. Así que —parafraseando la escritura bíblica— “DIOS NOS HIZO SIN NUESTRO CONSENTIMIENTO, PERO NO NOS SALVARÁ SIN QUE LE OFREZCAMOS ESE CONSENTIMIENTO”. Es decir, nuestro permiso y autorización. El Señor es un caballero, y estará siempre a las puertas de nuestro corazón, para que le abramos y que pueda entrar para guiar nuestra vida y ofrecernos su santidad, gozo, alegría, discernimiento, sabiduría, y sus infinitos dones espirituales y materiales.

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La Nota Corta: “Para corregir al otro, debo corregirme primero”.

Por Mervy Enrique González Fuenmayor.

Tomada de su versión original del martes 29 de julio de 1997.

Publicada en la Red el martes 24 de marzo de 2009.

Ciudad y Municipio Maracaibo del Estado Zulia, República de Venezuela, América del Sur.

http://caminosdelalma.files.wordpress.com/2008/06/culpa.jpg


HOY, SEÑOR, QUEREMOS NACER DE NUEVO. Queremos vestirnos con la indumentaria del Hombre Nuevo. Y esa indumentaria del Hombre Nuevo nos conduce a corregir ciertas cosas de nuestra vida. No solamente la corrección nuestra, corrección interior y de conducta, sino también nos da la capacidad de corregir al prójimo, con dulzura. Cristo, señor mío, tú no quieres en mí ningún mal ni defecto alguno. Tampoco lo quieres en mis hermanos. Tú has instituido la corrección fraterna para que pueda enmendar a mi hermano. ¿Pero, fraterna? En más de una ocasión mis correcciones poco tienen de fraterno y mucho de grosero y atropellador. Haciéndole sentir al otro su miseria y su defecto. Tú no quieres que yo sea una aplanadora, que más que curar el mal en el otro, mate al hermano con mi agresión. En más de una ocasión no hay en mí dulzura, sino acidez. No respeto la ley de esa corrección, pues hago en público la corrección que tendría que ser privada. Me falta la ternura suficiente como para esperar pacientemente a mi hermano, sabiendo que Dios, nuestro Padre, también es paciente con nosotros y nos espera hasta el último día. Creo que hay un motivo para mi falta de dulzura, y es que Señor, no he aprendido a oírte ni acepto tus correcciones. Soy yo el que no estoy corregido y entonces desde mi pecado, desde mis errores, desde mi falta de visión, desde mi ausencia de cordura, juzgo al otro con dureza y lo corrijo tal como lo hago. Sé muy bien, tengo larga experiencia de ello, que Tú, Señor, me corriges con dulzura, que Tú me perdonas una y mil veces, que Tú aceptas mis excusas y que a veces son falsas excusas. Sé muy bien que Tú nos exhortas a la conversión y respetas nuestra historia, nuestra defectuosa y pobre historia. ¿Por qué no obro yo como Tú lo haces?, ¿acaso no soy un cristiano? Es verdad que debo corregir, porque hacerlo en un signo de interés y de amor. Pero sé que debo hacerlo sin deseos de venganza ni de ambición ni de orgullo. Barre de mí la dureza de mi corazón. Amén y amén…

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