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Archive for 21/02/09


La Nota Corta: “Sin ganas de escribir…”.

Por Mervy Enrique González Fuenmayor.

Redactado el miércoles 18 de febrero de 2009.

Publicado en la Red el sábado 21 de febrero de 2009.

Ciudad y Municipio Maracaibo del Estado Zulia, República de Venezuela, América del Sur.

SENTADO FRENTE AL TECLADO Y MONITOR de mi procesador personal, y dispuesto a escribir sobre un tema tan complejo, denso, importante y trascendente como la envidia, una vez acumulada la información, clasificándola, interpretándola, recreándola, para posteriormente agregarle mis opiniones y criterios, repentinamente mi disposición se ve truncada por el hastío, la tristeza, el cansancio intelectual aparente, la modorra, el soponcio, la flojera y la holgazanería racional y espiritual. ¿A qué extraño fenómeno imputar esta situación? ¿Qué me ocurre en esta noche exageradamente ventilada en mi ciudad de Maracaibo, cuando mirando el reloj de mi equipo informático, sus “manecillas” marcan las 9:53 minutos de la noche, manecillas que se desplazan, tal vez sea esa mi percepción, más lentamente que en otras noches. Por eso me pregunto ¿Qué me pasa? Es una mezcla de emociones vinculadas con la gravedad, la tragedia y el daño que la envidia le ha causado al ser Humano desde el momento de su creación hasta el presente. Pero también es la confusa realidad que vive el mundo, el Planeta Tierra, sus instituciones, sus gentes. Es la problemática de mi país Venezuela, la que acaba de salir, y digo yo acaba de salir del lugar al cual todavía no ha entrado, es todo ese mazacote de ideas, doctrinas malentendidas, citas históricas fraudulentas y torcidas, es el latoso, necio y absurdo lenguaje y discurso de quienes nos gobiernan, o como dirían otros, nos “desgobiernan” desde hace una década. Es sentirse lacerado en la psiquis, en el cuerpo mental, en nuestro reino espiritual, ¿y por qué no decirlo?, también en el cuerpo físico. Laceraciones que son el producto y resultado de los agobiantes discursos, cadenas radiales y televisivas para decir lo mismo, o mejor dicho para no decir nada, para invertir el tiempo tan precioso y tan costoso en lo trivial, en la nada, en lo simple, en pura bisutería intelectualoide, en la expresión de la mediocridad que hoy domina el espacio venezolano. Pero aún así continúo sentado frente al monitor y al teclado… esperando, queriendo teclear, deseando plasmar para mis lectores el tema inicial que había seleccionado para publicar en la red. Sigo esperanzado, en la avenida sin fin de la expectación, esperando lo que no termina de llegar, parece que la inspiración hubiese sido disipada por el cañoneo de las imbecilidades y cretinismos, por una guerra que pretende exterminar la inteligencia, el intelecto, la racionalidad, el discernimiento. Así han transcurrido varios minutos, el tiempo no lo vemos pero sentimos su pesada carga, como un fardo, como una inmensa mole que nos incapacita, que nos detiene, que nos inmoviliza, que nos va minando desde el exterior hacia la última célula de nuestro cuerpo. Continúo en esta espera exasperante, no puedo entender todavía lo que me ocurre, sin embargo esta rara mezcla de impotencia con estoicidad, de flojera con disposición, de actividad con inmovilidad, de alegría con tristeza, de luz con oscuridad, del pasado con lo presente, del presente con lo futuro, me sugiere qué cosas importantes han de ocurrir. Es una especie de pequeño desierto que me ha tocado vivir en este día, en esta noche. No es nuevo para mi vivir este desierto, solamente que por aparecer repentinamente, me ha desconcertado. A través de todos estos años he escrito sobre ello, sobre el desierto y su permanencia en él, y el Señor ha puesto en mi mente, en mi boca, en mi palabra, en mis artículos y en mis libros no sólo los antecedentes de estas situaciones, sino también las soluciones. Y esta no podía ser una excepción: una oración, otra oración, un diálogo con el Señor, una subordinación sublime hacia Él, mi mentón postrado en tierra, mis ojos y mis oídos atentos a su presencia y a su palabra, han sido y serán siempre los soportes de mi debilidad, así como los del enriquecimiento de mi fuerza. El cayado que me sirve para caminar las veredas sinuosas, preñadas de piedras filosas y de trampas mortales. Eres tú, mi Señor. Eres tú, Padre. Eres tú, Señor Jesús hijo de Dios. Eres tú mi Paráclito, mi Consolador: el Espíritu Santo. Eres tú mi virgen María, virgen santísima y castísima, virgen inmaculada y purísima, madre de Dios y madre nuestra. Gracias por estar siempre conmigo, por estar siempre con nosotros, por contar con su ayuda en los momentos difíciles. No quiero escribir… pero ahora por otras razones… es el momento de elevación celestial y de privilegio espiritual al sentir la dulzura de esos amores divinos… ellos obran para impedir el teclear de la máquina. No quiero escribir… quiero sentir el amor de Dios volcado en mí. Amén y amen…

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