Oración: “Que fermente toda mi vida en Ti”.
Por Mervy Enrique González Fuenmayor.
Tomada de su versión original del lunes 14 de julio de 1997.
Trasladada a la red el domingo 5 de abril de 2009.
Ciudad y Municipio Maracaibo del Estado Zulia, República de Venezuela, América del Sur.
(Fragmentos elegidos de la sección: “MERVY GONZÁLEZ ESTÁ CONVERSANDO CON…” que formó parte de un programa radial en el que participó como conductor por espacio de cuatro años aproximadamente: 1996, 1997, 1998, 1999, que se trasmitía en una estación radioeléctrica ubicada en la ciudad de Maracaibo, Estado Zulia, República de Venezuela, América del Sur).

— ORACIÓN —
Tú eres la levadura,
yo soy la masa.
El poder de cambiar mi vida
lo tienes solamente Tú.
Entra de lleno en mí.
Cambia la carne de mi corazón.
Renuévame por dentro
y hazme criatura de tu Reino.
Aumenta tu crecimiento en mí.
Eres Tú grano en mí.
¿Seré yo grano de mostaza en ti?
Sé Tú, mejor, pequeño grano en mí
y siémbrate en mi surco.
Crece, invade mi espacio.
Sé tú mismo aquel que perdure
para siempre en mi corazón
en toda su extensión.
Ábreme tu corazón.
Eres la puerta.
La única puerta consagrada.
Tu misma sangre de Cordero
marca el dintel de entrada.
Dame un puesto en tu mesa señor,
y eso me bastará.
Dame fidelidad en tu seguimiento.
Eres camino.
La ruta de tus pasos es certera,
en noches de tinieblas,
en mañanas de luz serena
y en ocasos de paz lograda.
Hazme fiel a tu senda.
Seguirte es caminar
en víspera de Pascua eterna.
Amén y amén.
— APLICACIÓN A NUESTRA VIDA —
CUANDO CONVERSAMOS CON EL SEÑOR y estamos delante de su presencia, una hermosa paz comienza a tocar todas las partes de nuestra criatura, de nuestro cuerpo. Es el Señor, el Príncipe de la Paz, el Rey de Reyes y Señor de señores. En este momento, hermano y hermana que me lees, en esta plática amorosa en la que hubimos de glorificar al Señor y santificarle, le hemos solicitado que Él sea esa levadura que nos permita cambiar, que nos permita renovarnos y hacernos una criatura de su reino. Pero al mismo tiempo, ello implica transitar en el camino difícil que es transformarse también en un testigo auténtico de la Palabra del Señor. Debemos alegrarnos cuando nos insulten y nos persigan por el nombre de Jesús. Cristo mío, alegría para el hombre, desde el dolor de tu cruz debo proclamar la gloria enorme, las alabanzas de vida a tu persona. Si soy perseguido, calumniado o imputado por mis culpas criticadas puedo ponerme triste pero no me puedo quejar. El buen ladrón fue salvado por la confesión de sus culpas. Nosotros sufrimos la pena justamente porque pagamos nuestras culpas pero Él no ha hecho nada malo. Lo convertiste en justo a causa de su confesión y arrepentimiento. Hoy te pido, Señor, la capacidad de sufrir a causa de tu nombre, te pido el don de la fidelidad ante el dolor de la tribulación. Haz que ese dolor sea tu cruz en mí. Haz que valore esa cruz desde la perspectiva de la recompensa grande, que me dé cuenta de que mi suerte fue la misma que la de los justos de Israel, haz que me sepa feliz de seguir tus pasos, en la convicción de que el discípulo no es mayor que su maestro. ¡ÁNIMO!, ¡GOZO!, ¡ALEGRÍA!
— NOTA DEL AUTOR —
AMIGOS Y AMIGAS, esta oración con comentario incluido, forma parte de una larga lista de ellas y que movido por el Espíritu Santo, ofrendaba al Señor de Lunes a Viernes a las siete de la mañana, en un programa radial de opinión, en el que participaba en compañía de una periodista, en el cual mi persona le dedicaba tres minutos o más (dependiendo de la Producción y/o de Máster) a orar y analizar esa oración aplicándola a la cotidianidad de nuestra vida, de nuestros actos, de nuestras alegrías, tristezas, éxitos, fracasos, tragedias, tribulaciones, bonanza, prosperidad, bienestar, etc. Todo con la intención de establecer como verdad aquella según la cual Dios siempre está con nosotros, que todo lo que nos ocurre es para bien, que existe un plan o proyecto de salvación para cada uno de nosotros diseñado por el mismísimo Dios, cuyo cumplimiento, decisión y elección depende de ti. Así que —parafraseando la escritura bíblica— “DIOS NOS HIZO SIN NUESTRO CONSENTIMIENTO, PERO NO NOS SALVARÁ SIN QUE LE OFREZCAMOS ESE CONSENTIMIENTO”. Es decir, nuestro permiso y autorización. El Señor es un caballero, y estará siempre a las puertas de nuestro corazón, para que le abramos y que pueda entrar para guiar nuestra vida y ofrecernos su santidad, gozo, alegría, discernimiento, sabiduría, y sus infinitos dones espirituales y materiales.





